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Llamado “el obispo negro”, Marcel Lefebre pugnaba por una prensa “bonita” que no lo “atacara” aquel domingo de mediados de los setenta cuando lo esperaban los católicos tradicionalistas de Atlatlahucan. El reporte de los inspectores de la Secretaría de Gobernación avisaba de una comida para cinco mil lefebristas de esa comunidad de Los Altos de Morelos así como de pueblos cercanos del Distrito Federal y el estado de México. Pero las tortillas “de mano” y las cazuelas de mole, arroz y frijoles se quedaron en los comales. Inspectores de Migración habían parado a Lefebre en la frontera de Tijuana, cerrándole el paso a territorio nacional… Durante muchos años Atlatlahucan permaneció dividido. De un lado los católicos tradicionalistas y del otro los progresistas, aquéllos aferrados al rito gregoriano de la misa en latín y éstos admitiendo la nueva misa en español. Cada bando con su templo y sus creencias respetables. Lo malo fue que la religión incidió en la política y la división se acrecentó. Unos desconocieron al presidente municipal legalmente electo y nombraron al suyo, de modo que hubo dos ejerciendo actos de gobierno: el que despachaba en el Palacio Municipal y otro que hacía lo propio en un domicilio particular. Casaron parejas, firmaron actas de nacimiento, registraron “fierros” de ganaderos, emitieron documentos circunstanciales que acabaron siendo reconocidos como oficiales. Dos décadas más tarde, con aquellas actas de matrimonio algunos se divorciarían, y usando las actas de nacimiento otros más obtendrían credenciales de elector y pasaportes. En esta historia no faltó la anécdota: como candidato a gobernador, en la primavera de 1982 don Lauro Ortega Martínez se encontró con un Atlatlahucan confrontado. Cada facción tenía su candidato para la alcaldía y nomás no había forma de ponerlos de acuerdo. Así que se reunió con los líderes de ambos grupos, por separado y en distintas ocasiones, pero en vano no obstante la urgencia del acuerdo pues se aproximaba la fecha del registro de candidatos a presidentes municipales. Entonces, habilidoso, hizo una “jugada”, vale decir, con un toque de perversidad y genialidad. Mandó traer a las cabezas de ambas facciones, una señora que era de los tradicionalistas y al alcalde saliente que estaba al lado de los progresistas. Don Lauro los había investigado y por eso sabía que aunque ahora eran enemigos irreconciliables en Atlatlahucan se recordaba que cuando jóvenes habían sido novios.  Los recibió en el lobby del hotel Casino de la Selva, era el mediodía y Ortega estaba acompañado de dos o tres sujetos de su equipo de campaña. Les pidió a los convocados que por la paz de su pueblo aceptaran un candidato de unidad para que fuera el alcalde de Atlatlahucan. Sin embargo, ninguno cedía; ella y él insistían en que tenían a la mayoría de la gente. Inflexibles, se mostraban seguros, pero ignoraban que Lauro Ortega les tenía preparada una “travesura”. Conducidos por uno de sus colaboradores, mandó que fueran encerrados en una habitación y les advirtió que no los dejaría salir sino hasta que se pusieran de acuerdo. Se resistieron, pero ante la “amenaza” de que en Atlatlahucan se sabría que habían compartido un cuarto de hotel, aceptaron a regañadientes un candidato a alcalde que no fuera ni de uno ni de otro grupo. Desafortunadamente, meses después de que el flamante presidente municipal tomó posesión del cargo y el pueblo celebraba su feria anual, el edil se emborrachó, trepó en la rueda de la fortuna y cayó desde lo más alto, matándose. Enterado, el para esos días ya gobernador dijo esbozando una sonrisa irónica: “Eso sí yo no lo puedo arreglar”… Junto con Emiliano Zapata, Atlatlahucan está cumpliendo 84 años de que fue erigido como municipio, el 19 de diciembre de 1932. Obligadas las ceremonias conmemorativas, fueron encabezadas por los respectivos alcaldes, Esteban Hernández Franco y Fernando Aguilar Palma. Atlatlahucan, la cuna del Chinelo cuya música de la danza de los enmascarados se compuso cuando aún era una comunidad de Tlayacapan. Es por eso que la danza del Chinelo quedó registrada en Atlatlahucan, donde en sus carnavales las danzas más comunes son las marotas o negras y la cuadrilla de los Tatais, aunque existen otras (la de los Vaqueros, Moros y Pastoras) que también participan en las fiestas religiosas. Y Emiliano Zapata, que antes de llevar el nombre del caudillo suriano se llamó Barrio de Zacualpan, San Francisco Zacualpan y San Vicente Zacualpan. Pura historia, pues… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]