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Fueron los secuestros de alto impacto el sello de cuatro de los seis años del último gobierno estatal priista, en 1994-98. La lista se volvió interminable, de empresarios plagiados por bandas criminales a algunas de las cuales se les probarían vínculos de protección con jefes policíacos. Sin embargo, el secuestro venía de pocos años atrás, vuelto famoso en todo el país a fines del sexenio 1988-94 Benito Vivas Ocampo, “La Víbora”, el bandido originario de Tlayca a quien le fueron adjudicados varios plagios en la zona oriente de Morelos así como los asesinatos de mandos de la Policía Judicial que, llegados de Cuernavaca, fueron emboscados en las cercanías del balneario Agua Hedionda de Cuautla a donde presuntamente habían ido a cobrar un soborno cuantioso. Con el nacimiento del siglo XXI comenzaron los gobiernos panistas, disminuyeron pero no cesaron los secuestros, pero mientras tanto maduraba el narcotráfico cuyo asentamiento en Morelos venía de fines del XX, con Amado Carrillo Fuentes haciendo de Cuernavaca su centro de operaciones. Muerto falsa o realmente “El Señor de los Cielos” en 1997 y apoderado diez años más tarde de “la plaza” de Morelos Arturo Beltrán Leyva, el gobierno panista 2006-12 sería caracterizado por el tiradero de cadáveres. La inseguridad, pues, no es de ayer. El aprisionamiento masivo comenzó por allá de fines de los ochenta. Debió ser en la avenida Plan de Ayala donde las vinaterías mostraron las primeras rejas, de noche para protegerse de los rateros que se llevaban las ventas y alguna botella “para celebrar”. De día no había mayores problemas; siguieron abiertas las farmacias de guardias nocturnas, las tiendas de barrio y todo tipo de comercios con manejo de efectivo. Sin embargo, la llamada delincuencia menor empezaba a volverse incontrolable, y las corporaciones policíacas a acusar incapacidad cuando no complicidades. Así que las familias residentes en privadas se enrejaron, con o sin permiso del Ayuntamiento, convertida paulatinamente Cuernavaca en una ciudad con rejas, como una prisión. Lo mismo ocurría en Cuautla, Jiutepec, Temixco, Cuautla, Jojutla… y la gente que hasta la década de los ochenta habíamos vivido con las ventanas y las puertas abiertas exclamábamos: ¡a dónde hemos llegado! Pero ni en la peor pesadilla imaginamos lo que vendría, que el siglo XXI llegaría con la guadaña del crimen organizado, sorprendidos los cuernavacences el día en que amanecieron los cadáveres colgados del puente del libramiento de la autopista, a poco vueltos comunes en la nota roja los cuerpos de ejecutados tirados en cualquier lugar, los ajustes de cuentas entre bandas rivales… y luego los secuestros, las extorsiones por “derecho de piso” y la emigración de familias enteras víctimas de los delincuentes. Colonias otrora tranquilas como Ocotepec, donde los usos y costumbres de la policía de rondas habían mantenido a raya a los delincuentes, se tornaron peligrosas. Y pueblos como Jojutla, con la vieja costumbre de las señoras y los señores que por las noches conversaban sentados en las sillas sacadas a las banquetas mientras los niños jugaban, fueron hechos rehén del crimen organizado donde las personas de bien no salen en las noches ni a la tienda de la esquina, por supuesto, enrejada. Los malos triunfaron sobre la autoridad, y los maleantes que un día sí y otro también agarran las fuerzas del orden han sobrepoblado las cárceles. Fue natural que la gente de buen vivir sopesara la opción de defenderse por sí misma. Lo hicieron en alguna comunidad de Temoac y en colonias de Cuautla, organizados en comités de vigilancia que buscaron ser capacitados por la Comisión Estatal de Seguridad en acciones de prevención contra la delincuencia. Pero en eso ha quedado parcialmente. No se trata de policías comunitarios iguales a los grupos vecinales de la Costa Chica de Guerrero que en un momento dado lograron que los índices delictivos descendieran hasta el 60 por ciento. No es el modo de Cuautla y otras comunidades de la zona oriente, en donde los patrullajes de hombres desarmados reportan sospechosos a la policía. Complejo por múltiples razones (desempleo, pobreza, pérdida de valores morales, descomposición social…), el problema de la inseguridad no lo ha resuelto el mando único policial; trascendido ahora mismo el caso de comerciantes de la Plaza 12 de Octubre de Cuautla que, víctimas de extorsiones por “derecho de piso”, están cerrando sus negocios y rentando sus locales. Sí: la inseguridad pública data de tres décadas ya, pero ello no consuela a los morelenses… MELEEN MAÑANA.