Pese a los intentos del PRI por convertirlo en un signo ideológico, partidario y de gobierno, los elementos del emblema de la Enseña Patria, a saber, el Escudo Nacional y los colores verde, blanco y rojo, mantienen en el ánimo de mexicanos y mexicanas su autonomía simbólica. Su valor simbólico se sostiene en la consumación de la guerra de la Independencia y la fundación de la ciudad de México-Tenochtitlan. Son la huella genética de nuestra mexicanidad, sin etiquetas, manipulaciones ni campañas patrioteras. Se trata del auténtico valor patrio del cual deberían al menos tener idea los políticos inescrupulosos y gobernantes prianistas vendepatrias. Antes de hacer un breve recuerdo de las diferentes banderas de México, centremos la atención en el escudo. El emblema del águila y la serpiente la adoptaron los mexicanos de la civilización tolteca que tuvo auge, primero en Teotihuacan y después en Tula, entre los siglos IX y XII, es decir, entre los años 900 y 1200 de la era cristiana. En la mitología tolteca que luego adoptaron los mexicas para darle sustento filosófico e ideológico a su imperio, el águila es la gemela o nahual del sol, o sea, la energía creadora que da luz y calor. La serpiente es gemela o nahual de la Tierra, la madre y creadora de todos los sustentos. Así es que nuestro Escudo Nacional invoca a la filosofía y la cosmogonía de las civilizaciones mesoamericanas que los mexicas condensaron, mágica y portentosamente, en esculturas vivas como la Piedra del Sol y la Coatlicue, que están en el Museo Nacional de Antropología de la CDMX. Al revalorar nuestro Escudo Nacional, invocamos a las fuerzas de la Tierra y el Universo para unificarnos con su energía, como lo hacían los toltecas dirigidos por Quetzalcóatl y los mexicas por Tlacaelel. El grito de guerra de los mexicas era coreado al son de los teponaztles, el caracol y las macanas erizadas de navajas de obsidiana, golpeando los escudos de los guerreros águila y ocelote: Mé-xi-co!, Mé-xi-co..! Los mexicanos y mexicanas somos herederos de esa filosofía y visión del mundo, de nuestra tierra y la energía del sol. El poder de los guerreros toltecas y mexicas al grito de ¡Mé-xi-co!, es una señal y demostración de poder espiritual para sacudirnos la apatía, la conformidad y la indiferencia. Pero no se crea que el grito surgió en los partidos de fútbol del lejano Campeonato Mundial México ’70; ésa fue una demostración popular que, bien vista y mejor encauzada, puede y debe tener mayor provecho que un festejo futbolero. Paso previo, por cierto, para derrocar a los vendepatrias y lacayos –no pueden ser llamados mexicanos– del fascismo de Estados Unidos. El Escudo Nacional forma parte de la herencia de la cultura mexica que dominó a gran parte de los pueblos mesoamericanos; la imagen de un águila parada sobre un nopal es la señal que los mexicas buscaron tras abandonar la tierra de Aztlán. El relato cuenta que Huitzilopochtli, su dios de la guerra, les ordenó fundar Tenochtitlán en el lugar donde hallaran a un águila parada sobre un nopal devorando una serpiente. Tal portento se encuentra plasmado en “la piedra que cuenta el nacimiento de México”. Se llama Teocalli de la Guerra Sagrada, y se puede visitar en la Sala Mexica del Museo de Antropología. Es un monolito del período Posclásico Tardío (1250-1520 d.C) que reproduce el mito de fundación de México Tenochtitlán… (Me leen después).

Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com