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Imprecisas pero altas las cifras de la desgracia, Oaxaca y Chiapas sufren daños en mil 304 planteles educativos y dos millones 279 mil 575 de habitantes damnificados. Y como si el temblor de la tierra no fuese suficiente para los padecimientos de tanta gente, el huracán Katia que golpeó a Veracruz, a Puebla y se abatió en tormentas torrenciales sobre Hidalgo, y Max, que puso bajo el agua al puerto de Acapulco. Considerado el movimiento telúrico más fuerte en la región durante al menos un siglo, el de la noche del jueves antepasado también se sintió en una gran parte de Centroamérica. Señalaron los expertos: fue de 8.2 grados, oscilatorio, doscientos por ciento más poderosos que el sismo del 19 de septiembre de 1985 y aquél trepidatorio, lo que, además de la proximidad del epicentro (el océano Pacífico mexicano, cercano a la desembocadura del río Balsas en la costa del estado de Michoacán) y el subsuelo fangoso de la Ciudad de México, facilitaron la destrucción en aquella mañana infausta. Ambos temblores sucedieron en jueves, y de los dos Morelos salió sano y salvo pero no así uno de sus hijos notables. Político y escritor, Francisco Javier Arenas fue diputado y procurador de justicia de Morelos en el sexenio 1964-70 del gobernador Emilio Riva Palacio Morales. Migrado a la capital nayarita en 1979 para hacerse cargo de la delegación del ISSSTE y luego nombrado delegado de la Sedue, a pocos días de haber renunciado a ésta Javier le dijo a su esposa Alicia: “No sé si llegaré al Principado o a otro hotel”. Era el mediodía del 18 de septiembre y estaban en el aeropuerto de Vallarta, llevado por Alicia de Tepic en donde vivían hacía seis años. Así que voló a la capital, para desayunar el día siguiente con su amigo Marcelo Javelly Girard, quien recientemente había renunciado al cargo de secretario de Desarrollo Urbano y Ecología (Sedue). Comentó que si tiempo le daba vendría a Cuernavaca para visitar a su mamá en la avenida Matamoros, en donde tenía una fonda, saludar a sus amigos en algún café del centro y por la noche regresar al Distrito Federal. Hombre de hábitos, Javier tenía la costumbre de alojarse en El Principado y aquella vez no la rompió. Eso lo sabía, pero no que tenía una cita fatal que cumpliría puntalmente. No vino a Cuernavaca, sus amigos no lo vimos. El 19 debió levantarse temprano, por ahí de las seis, pero apenas terminó de bañarse y comenzado a vestir el hotel colapsó; sus muros sepultaron a huéspedes y empleados. La tierra estaba sacudiéndose por un sismo de 7.5 grados (o de 8.01, como también se dijo) que segaba vidas, destruía edificios, causaba dolor y llanto. Faltaban pocos minutos para las 7.30 y Cuernavaca también temblaba, fuertísimo. Los papás y las mamás con niños de primaria se alistaban para llevarlos a la escuela, y a esa hora los chavos de secundaria y de preparatoria ya estaban en las aulas. Pero aparte del susto, en Cuernavaca y de hecho en todo Morelos no pasó nada realmente grave: alguna barda caída, cero muertos. La tierra tepetatoza nos salvó, no de esta manera la Ciudad de México, la del subsuelo gelatinoso que multiplicó el poder del sismo en la entonces ya una de las urbes más pobladas del mundo. De la magnitud de la tragedia los cuernavacences fuimos enterándonos conforme pasaron las horas. La radio y la televisión dieron cuenta de que se cayó el estudio del programa “Hoy mismo”, de Televicentro, y que de un edificio de once pisos sólo quedaron cuatro en los momentos en que trabajaban cientos de costureras. Por la tarde, el titular “¡Oh, Dios”, del diario “Ovaciones”, resumió la catástrofe. Con el transcurso de los días se especuló sobre el número de decesos, hasta hoy día no precisado, minimizado por el gobierno que habló del ilógico de solamente tres mil mientras la vox pópuli calculaba docenas de miles. Con mucho más devastador que el temblor de 1957 que en la capital del país tiró al Ángel de la Independencia y en Acapulco redujo a escombros el hotel Papagayo, de aquel sismo de 19 de septiembre hoy se cumplen treinta y dos años. Sin embargo, el planeta sigue sacudiéndose, y siempre le pega con más fuerza a los débiles, devastado en enero de 2010 el Haití pobrísimo de las casas de cartón, y en septiembre de 2015 zarandeado Chile por un sismo de 8.4 grados, muy poderoso pero afortunadamente sin causar grandes daños porque, frecuentes en la nación andina los sacudimientos de la tierra, aprendieron a construir casas y edificios antisísmicos, como ahora el Estado mexicano debe levantar las viviendas y edificios públicos que se perdieron en Chiapas y Oaxaca… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]