A las diez ya llevas tres o cuatro horas manejando y hace cinco que te levantaste. Es la hora de echarte un taco en el puesto de la calle donde haces terminal. Puedes gastar veinte pesos, aparte de los diez que ya le diste pal’ chesco al agente de tránsito. La cuota es de ley, no fían. Para las dos que te habrás echado otras dos vueltas, llega la hora de comerte el lonche que te llevó la señora, pero si no, de nuevo con la señora del puesto que sí fía. Terminas de comer, cotorreas con los cuates del juego de fútbol del domingo, del patrón que es ojete o de cualquier cosa y otra vez a camellar. Para entonces ya llevas ocho horas manejando. Lo de siempre: el chavo fresa que conduce un carrazo y te mienta la madre porque no te puede rebasar, el bache que sacude la “ruta” y el pasaje te reclama que manejas a lo loco, el viejito que exige descuento pero no se lo das, el checador que aunque es tu amigo te trae jodido porque ese es su trabajo, el inspector de Transporte al que también hay que darle pal’ chesco, el agente de vialidad que te ve hablando por el celular y te hace la señal de que te va a infraccionar. Dan las ocho y apenas sacaste para “la cuenta” del patrón y la gasolina, así que nomás te quedan dos horas para juntar lo tuyo. Vas haciendo cuentas cuando se para un chamaco junto a tu asiento. Lo ves rápidamente: debe tener unos veinte años y está armado. Te pone el arma en la cabeza, te ordena que le entregues el dinero y también te quita el celular. Pero no está solo. En medio de la ruta está otro y uno más atrás, mocosos los tres, dos armados de pistolas y uno con un puñal. Gritan a los pasajeros que no los vean, que bajen la cabeza o “se los carga la chingada”. El que está en medio ordena: “¡las carteras y los celulares en las piernas!”, y entre los dos comienzan a recogerlos. Todos obedecen, tienen miedo de que si les ven las caras empiecen a disparar, que el chamaco del puñal se aloque y pique a la señora que se puso histérica. El chavo que se paró junto a mí me dijo que manejara despacio. El asalto dura minutos. Los asaltantes bajan con dos bolsas con el dinero y los celulares. Corren, brincan el camellón y se suben a un taxi que los está esperando. Un señor dice que “son los mismos del otro día”, que se subieron a la ruta en El Polvorín, basculearon a los pasajeros y se bajaron en el puente de Palmira. Como quedé mal estacionado, al ratito se para una patrulla del mando único que iba pasando. Los pasajeros les dicen a los policías que nos acaban de asaltar, dos muchachas que calman a la histérica les gritan que nunca están cuando se les necesita. El comandante me dice que le diga para dónde se fueron los asaltantes y en qué. Le contesto que rumbo a Temixco y en un taxi, y luego, luego él habla por el radio para que sus compañeros busquen al taxi “con cuatro masculinos a bordo”, el chofer y los tres asaltantes. Les dice a los pasajeros que los que quieran poner su denuncia vayan a la Fiscalía. “Qué es eso”, pregunta un muchacho que iba en la ruta con su novia. “La Procuraduría, pues”, contesta el comandante, y casi todos contestan que para qué. “Lo que nos robaron no lo vamos a recuperar, y además nunca agarran a los asaltantes”. Toman otra ruta y se van a Temixco. “Nos acaban de asaltar; no les cobres”, alcanzo a gritarle al operador. Después le hablo a mi patrón y me ordena que me vaya a la Fiscalía, que allá me estará esperando el abogado para que pongamos la denuncia. Al otro día les cuento a mis compañeros que otra vez me asaltaron, que llevo tres asaltos en lugares y horarios diferentes. Y el compañero que siempre lee periódicos nos dice que desde cuándo estamos pagando por ser asaltados. “¡Ah, cabrón! ¿Cómo está eso?”, preguntamos en coro. Dice: cinco, seis mil o más varos por la licencia de “operador calificado”; otra lana por los exámenes de control y de confianza, los toxicológicos y psíquicos, dos mil y pico por habilidades, destrezas y conocimientos, la pura licencia un  quinientón y aparte la certificación como conductor del servicio público Eso se sabe, y que los diputados aprobaron una nueva licencia de conductor certificado a la Secretaría de Movilidad y Transporte”… “O sea”, concluye el operador asaltado, “que por un lado a los patrones les descuentan el sesenta por ciento en los pagos de renovaciones de concesiones y por otro a los choferes nos la dejan caer con las licencias”… (Me leen después).

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