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A Yautepec ya nadie lo menciona con su nombre completo: Yautepec de Zaragoza. Pasa lo mismo con Tetecala de la Reforma o con Jojutla de Juárez. Una lástima, referidos los vocablos íntegros por los viejos e ignorados por los jóvenes a propósito de hechos y héroes de la historia de México. Acostumbrado el uso de apócopes en la cultura popular de Morelos y del vecino estado de Guerrero, mientras allá “Chilpo” es Chilpancingo acá “Yaute” es Yautepec, “Jona” por Jonacatepec, “Joju” por Jojutla, “Tlaqui” por Tlaquiltenango, Cuerna por la capital y así. Hubo un tiempo en que los nativos de Yautepec alardeaban: “Yautepec de Zaragoza, donde se vive y se goza”. Digamos que eso hasta la década de los ochenta, cuando gobernaba Morelos el doctor Lauro Ortega Martínez y Agustín Cornelio Alonso Mendoza era el líder natural de la comunidad de San Carlos, municipio de “Yaute”. Conocido en el pueblo cuya entrada le da también el nombre de Los Arcos, en Cocoyoc, Oaxtepec, la cabecera municipal y en Cuernavaca, Agustín saltó a la fama un día en que Ortega iba de gira a alguna localidad del oriente y al llegar a San Carlos se topó con la carretera bloqueada por una barrera de piedras. Las había puesto Agustín, a quien nunca le gustó lo de Cornelio ni por la canción de “me caí de la nube que andaba” y estaba ahí con su gente. Bajó el Gobernador del autobús y preguntó, malhumorado: “¡Qué está pasando aquí!”. Y Agustín, que hasta hoy no se quita el sombrero ni para dormir, tampoco lo hizo en ese momento. Respondió que precisamente en ese sitio, en el costado de los arcos de la ex hacienda, eran frecuentes los accidentes y pocos días atrás un coche había atropellado y matado a una viejecita, por lo que hacía falta levantar un “tope” y por eso la barricada de piedras. El grupo de lugareños las retiró a regañadientes, el autobús continuó su camino, don Lauro preguntó quién era ese sujeto que había tenido el atrevimiento de bloquearle el paso al Gobernador, calló unos segundos y ordenó: “¡Pues pongan el tope!”. Agustín tardaría todavía para ser presidente municipal. No lo fue en 1997, cuando postulado por el PRI perdió por la diferencia oficial de tres votos y el gobernador Jorge Carrillo Olea impidió la defensa del voto. Lo fue hasta 2003-2006 como candidato del Partido de la Revolución Democrática, y por segunda vez en 2012-2015 por la coalición PRD-Partido del Trabajo y Movimiento Ciudadano. Fue en este lapso que Alonso Mendoza libró la lucha más importante de su existencia, contra el cáncer que superó echándole eso que los hombres tenemos, el apoyo de su esposa, hijos y nietos. Para entonces Agustín Chico (así le dicen en “Yaute” a Agustín Alonso Gutiérrez, el hijo de Agustín Grande) ya tenía algún tiempo haciendo política como ayudante de San Carlos y en otros menesteres. El chamaco traía por sí mismo, y aunque en efecto mamó de la política, posiblemente igual habría sido alcalde sin ser hijo de quien lo es. Algo curioso: Agustín Grande tiene un nieto al que trata como hijo propio, pues él lo crio. Coloquialmente hablando, es un cabroncito, listo, avispado e incluso irreverente pero carismático, de manera tal que así como en los ochenta nadie imaginamos presidente municipal a Agustín Grande, a lo mejor ese chamaco, que hoy apenas debe ir a la prepa, andando el tiempo resulta el tercer alcalde de la dinastía Alonso, en una especie de cacicazgo por nacencias pero sobre todo debido a condiciones y circunstancias específicas. Y en tanto Agustín Primero pinta para repetir en la alcaldía y Agustín Segundo para diputado fefderal por Morena, Fernando Guadarrama, de Movimiento Ciudadano, se mantiene agarrado de su líder, Jaime Álvarez Cisneros… y del plan con maña de éste mismo para hacerse de la gubernatura antes de 2018… LA explicación que el secretario de Desarrollo Sustentable, Topiltzin Contreras MacBeath, les debe a los automovilistas de Morelos pero no se las ha dado por razones que saltan a la vista: ¿por qué tan pocos verificentros, un monopolio de doce para todo el estado, y además, hasta la fecha algunos disfuncionales? Con una clientela cautiva de más de trescientas mil unidades vehiculares emplacadas en Morelos y dos rondas de verificaciones semestrales de 500 pesos cada una, representa un negocio de 150 millones de pesos anuales. Si hay políticos asociados o las concesiones causaron “moche”, puede que Topiltzin lo sepa. Y del calvario que sufren los cochetenientes en los locales de verificación, en la siguiente entrega… ME LEEN MAÑANA.

Por José Manuel Pérez Durán

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