Eran días de Jauja en Yautepec, ficticia, no para todos. Cerrado el ingenio de Oacalco en medio del sexenio de Carlos Salinas, muchos de los trabajadores de la vieja fábrica de azúcar que de pronto se quedaron sin ingresos emigraron a Estados Unidos, otros se emplearon en Jiutepec, Cuautla y Cuernavaca y unos más hallaron la opción de la “Casa de Ahorro Chavelas”. Su paisano Saúl Chavelas Vargas estaba pagando el diez por ciento de Interés mensual a los ahorradores. “La gente ya no trabaja”, me dijo aquel mediodía Agustín Alonso Mendoza en la marisquería de “El Pico”, en el Mercado Municipal. La expresión a sotto voce de quien había conocido diez años atrás, cuando era el ayudante municipal de San Carlos, se me hizo exagerada. Sin embargo, en sus palabras había cierta dosis de verdad. Lo comprobé la mañana siguiente, ocupadas las bancas del Zócalo por lugareños que conversaban despreocupadamente en horas laborables, como si efectivamente el trabajo les hubiera sido un asunto de atrás tiempo. Para la “investigación” debía hacerme pasar como un posible inversionista, así que crucé la plaza y encaminé mis pasos al Pasaje Botello ubicado en un costado del Palacio Municipal. La “cola” de hombres y mujeres empezaba en la planta baja y zigzagueaba por la escalera hasta el segundo piso. Todos llevaban en las manos unos cartoncitos tamaño cuarto de carta, las tarjetas de inversionistas que presentaban en la caja para cobrar el dinero de sus intereses. Como yo no iba a cobrar, no hice “cola”. Pregunté por el señor Chavelas. “No está”, respondió la empleada que me explicó cómo funcionaba el establecimiento: “Por ejemplo, usted invierte un millón de pesos (mil de ahora), desde este momento se le paga el diez por ciento, viene cada mes a cobrar o va reinvirtiendo sus intereses”. “¿Cómo es posible eso?”. Justificó: “Simple. Los ahorradores se apoyan unos a otros, con sus inversiones”. Concluí para mis adentros: el sistema piramidal que con el tiempo acaba colapsando, y regresé a Cuernavaca para redactar el Atril con el descubrimiento. Las reacciones gubernamentales negaron lo evidente y la época de bonanza continuó. Saúl, el ex obrero de la planta de Nissan en Civac era el ídolo de la gente de Yautepec. Contaban que le daba propinan generosas al bolero que le lustraba los zapatos en su oficina, o  que a una señora que no tenía para las medicinas de su marido enfermo le dio dinero para que corriera a comprarlas. Chavelas se desplazaba en una de esas Suburban que llegaron como símbolo de poder. Tenía chofer pero no más de dos escoltas. De su riqueza repentina decían que era porque se había sacado los pronósticos deportivos y puesto con el premio una agencia de viajes que a poco convirtió en casa de ahorro. El equipo Tigres de Yautepec tuvo su mejor época con Saúl, lo patrocinó, a los jugadores los dotó de uniformes como de primera división y construyó un palco para sus invitados en algo que pretendía ser estadio. En cierta ocasión que los Tigres fueron a jugar a Oaxaca, Chavelas invitó a un selecto grupo de amigos, pero, verdad o no, luego se murmuró que,  “edecanes” incluidas, no volaron a la ciudad de Oaxaca, sino a Huatulco, y que para ello el “filántropo” había rentado un avión de cuarenta plazas a la empresa Aeromorelos que operaba en el aeropuerto de Tetlama. Nadie imaginó entonces que unos cuantos meses después agentes fiscales apoyados por policías federales llegarían a Yautepec para clausurar la “casa de ahorro”, el 30 de mayo de 1991. El fraude fue calculado en 120 mil millones de pesos viejos, perdieron su dinero inversionistas engañados de Morelos, Puebla, Guerrero y el estado de México; de inicio Chavelas fue internado en un reclusorio del Distrito Federal y traído pocas semanas después a la desaparecida Penitenciaria de Atlacomulco donde cumplió una condena de no más de diez años para luego reinstalarse en Yautepec. Pero mientras el Gobierno Estatal se hacía cargo de la reparación, parcial, de los defraudados, ¿qué  pasaba con la cancha de Los Tigres? Equipos llaneros la siguieron usando, pero no era suya, de alguna manera fue a parar a la Comisión Reguladora de la Tenencia de la Tierra y no fue sino hasta el 22 de este mes cuando el alcalde Agustín II (Alonso Gutiérrez), hijo de Agustín I (Alonso Mendoza, quien ha sido dos veces presidente municipal de Yautepec), recuperó el predio de 23 mil metros. Una vez regularizado, proyecta hacer una unidad deportiva. Cosas de la política… y de la vida, datando de setenta años la historia de esta cancha…  ME LEEN MAÑANA.

Por:  José Manuel Pérez Durán  /  [email protected]

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