Aunque “rutinarios”, algunos hechos de violencia no dejan de sorprender al morelense común. No fue cualquier cosa el cuádruple asesinato en un restaurante de mariscos del poblado de la ex hacienda El Hospital de Cuautla, la tarde del sábado anterior, atacados a balazos por un grupo de sicarios clientes y trabajadores, muertos dos menores de edad –hombre y mujer– y dos adultos, y heridas al menos diez personas... No muy lejos de ahí, siguiendo por la carretera a Cuernavaca está Yautepec y aquí la colonia Paracas, donde aproximadamente a la misma hora sujetos que pasaron en un coche asesinaron a un hombre e hirieron a otro varón así como a una mujer que se encontraban a bordo de un Tsuru… Horas antes, en el pueblo de Cuautlixco el silencio de la madrugada fue roto por el estruendo de un disparo letal que recibió en el pecho un hombre de cuarenta y tantos años… Y así más o menos por el mismo tenor en la percepción social de la continuidad de crímenes con el móvil de la extorsión mediante el cobro del “derecho de piso” a comerciantes mayoritariamente modestos. Una rutina que no hay día no se repita. Creciente la cifra de víctimas mortales al extremo inédito de cuatro cada día, imperceptible en la opinión pública la preocupación de la principal autoridad del estado, ausentes o quedados cortos los recursos y las capacidades de los funcionarios responsables de este tema, José Antonio Ortiz Guarneros, titular de la Comisión Estatal de Seguridad, y el fiscal general, Uriel Carmona Gándara, no es este contexto la mejor promoción para el turismo de Semana Santa… Por ejemplo, promover el lago de “Teques. ¿Dónde hemos oído eso? Que resurja con mayor fuerza, pues hundido no está. Pero que nos digan algo realmente interesante: cómo, cuándo, con qué. Sólo entonces se les creerá. De la leyenda a la historia, la vida del lago de Tequesquitengo ha sido azarosa. El punto de partida de una y otra es la deliberada extinción de la comercialización de la arena de tequesquite, a finales del siglo XIX. No por conocida menos interesante, cuenta la leyenda que los propietarios de la Hacienda Vista Hermosa (al norte del antiguo valle de Jojutla) decidieron inundar las tierras del entonces llamado pueblo de San Juan Bautista Tequesquitengo, como represalia a los pobladores por negarse a trabajar en sus campos de caña de azúcar. Otra versión señala que alrededor de 1860 los hermanos Miguel y Leandro Mosso, dueños de la hacienda, propiciaron accidentalmente la formación del lago de Tequesquitengo, al construir un canal que terminó por rebalsarse o sobrepasar la capacidad de desfogue de la pequeña laguna que existía al norte del pueblo y terminó por inundarlo. En las postrimerías del siglo XX, la construcción de la Autopista del Sol facilitó a los defeños pasar de largo rumbo a Acapulco. Hoy a los de Cuernavaca nos queda a tiro de piedra, por “la pista” o la carretera federal, y a los de la Ciudad de México les bastan noventa minutos más para llegar. Tequesquitengo cobra vida en los “puentes largos” y la Semana Santa, como la que por estos días nos disponemos a cruzar millones de mexicanos, acicateado el asueto por la necesidad del esparcimiento de la gente chilanga y utilizadas acá las casas de descanso, llenos o a medio llenar los hoteles y restaurantes ribereños, surcado el lago por esquiadores y salpicado el cielo de avioncitos ligeros. Agua tibia y sol todo el año, qué más se puede pedir. Pero fuera de temporada “Teques” parece agonizar. Ya no es como antes, atestado de visitantes todos los fines de semana, sin tantos anuncios de “se vende” o “se renta”. Boyantes los clubes de playa en los setenta y hasta fines de los noventa, los sábados y domingos no cabía un alfiler. Valle de Bravo y Avándaro les quedaban lejos a los capitalinos y más a los cuernavacences, así que ni quién los volteara a ver, frío allá en otoño e invierno y cálido aquí los 365 días del año. Hasta que apareció la inseguridad. Corrió a los turistas, de por sí disminuidos por la Autopista del Sol que los acercó al Acapulco tristemente convertido hace años ya en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Compartido su territorio por los municipios de Jojutla y Puente de Ixtla, Tequesquitengo tiene el rostro de la realidad social que al visitante suele pasar desapercibido. Un gran porcentaje de su población vive del turismo: dueños de hospederías y restaurantes, lancheros, meseros, cocineras, músicos y tal y tal. Miles de personas que los últimos años la han pasado mal, en medio del triángulo riesgoso formado por Jojutla, Zacatepec, Tlaquiltenango y Tlaltizapán donde el crimen organizado lleva años apoltronado… (Me leen mañana).

 

José Manuel Pérez Durán
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