Lo que sabemos la gente común sobre el origen del carnaval es poco, antiquísimo, según lo que hemos leído o escuchado, probablemente remontado a las fiestas paganas como las que se realizaban en honor de Baco, el dios romano del vino. Según historiadores, los orígenes de esta festividad serían en la Sumeria y el Egipto antiguos, hace más de 5000 años, con celebraciones muy parecidas en la época del Imperio romano y que, expandida la costumbre por Europa, fue traída a América por los navegantes españoles y portugueses a partir de fines del siglo XV. Por tradición arranca un jueves (jueves lardero) y acaba el martes siguiente (martes de carnaval). El carnaval se celebra el cuarto viernes del mes de enero, y en México inicia con la procesión de “Las Viudas”, el mal humor que llevan a enterrar. En Morelos, el sábado y el domingo miles de carnavaleros brincan el chinelo. La víspera del carnaval da inicio el jueves por la noche, con el tradicional “show de las viudas”, que son –o eran, pues infortunadamente algunas tradiciones comienzan a perderse– personas disfrazadas de personajes de la farándula, políticos o simplemente hombres vestidos de mujer que dan al público un espectáculo de risa, en una parodia de velar al “mal humor” para luego enterrarlo y dar paso a la diversión en los próximos cuatro días. Sucederá pronto en Tepoztlán, Yautepec, Tlayacapan y por estos días ocurre en Jiutepec, entusiastas y coincidentes los testimonios de cuernavacenses que han ido, refiriendo a la fiesta de carnestolendas de “Jiute” como una de los más animados en los últimos años. Tal no obstante la sensación de inseguridad que de manera un tanto paradójica muy poco ha ahuyentado a visitantes de la zona conurbada, es decir, la capital, los municipios de Emiliano Zapata, Yautepec y Cuautla. Visibles los operativos de vigilancia que se sabe gestionó el alcalde Rafael Reyes Reyes, por una parte obedecen al ánimo de conservar esta tradición antigua, apreciada por propios y extraños, y por otra, al objetivo sustancial de procurar seguridad y al derecho a la diversión de las personas. Vale… Por cierto: personaje de la segunda mitad del siglo XX, José Gutiérrez Sandoval vivió su tiempo y su circunstancia. Del fundador del periódico “La Voz” se decían muchas cosas y más decía él de sí mismo. Se presumía boxeador en sus años jóvenes y luego entrenador del deporte de Fistiana, no le gustaba mucho que le recordaran sus días de vendedor de agua fresca en el Zócalo de Cuernavaca, pero tampoco negaba su origen humilde. De cuna precaria y carácter audaz, los martes de los sesenta conducía el programa “La hora del pueblo”, de su creación, en el Jardín de los Héroes (la Plaza de Armas de hoy). Alimentaba a los leones del pequeño zoológico del parque Chapultepec que en vano impulsó. Inquieto, emprendedor, organizó el último carnaval de Cuernavaca, con “Moi”, el billetero del cine Morelos como el rey feo que era más bueno que el pan, y ofreció un show para adultos muy adultos, valgan las redundancias, en el centro del centro histórico de Cuernavaca con las bailarinas del cabaret “El Bohemio” de la zona roja de Acapantzingo que costó el final del carnaval. Casi medio siglo después, un día de febrero de 2002 don Pepe enfermó y, recluido en su casa de la colonia Satélite, canceló el café del mediodía que por décadas acostumbró tomar en “La Universal” o en “Los Arcos”. Entonces muchos lo dejamos de ver, lo refirieron delicado de salud y pocos días después no faltó quien contara que los años le habían ganado la partida. Había muerto uno de los organizadores del carnaval de Cuernavaca, y desde entonces carnaval no volvió a haber en la capital de Morelos… RESUMO la charla con jóvenes ambientalistas: Las ciudades pa’rriba, a los lados no pueden seguir creciendo, no deben. El crecimiento de Cuernavaca no da más que para las lomas del poniente, ya no más al sur, al norte y al este, pegada tabique con tabique como se halla a Santa Catarina, ya en territorio de Tepoztlán, a Temixco, Jiutepec y Zapata, extendida la mancha poblacional de la zona conurbada a Yautepec y Xochitepec, casi rosando tierra de Puente de Ixtla y antes torciendo a Zacatepec y Jojutla, en la zona cañera. Exclaman los viejos: ¡qué tiempos aquellos, de pueblos pequeños y ciudades medianas! No como hoy, invadidas por el hombre la flora y la fauna, nada qué ver con los sesenta cuando algún bisabuelo platicaba que de joven iba a cazar venados en el Cerro Pelón, de Emiliano Zapata, y rara vez regresaba con las manos vacías a su casa del pueblo de Acapantzingo. ¡Ay!.. (Me leen después).

 

José Manuel Pérez Durán
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