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Tepoztlán, Temixco, Jiutepec, Xochitepec, Ayala, Cuautla, Tepalcingo, Miacatlán, Tlaquiltenango, Puente de Ixtla, Cuernavaca, Amacuzac, Mazatepec, Zacatepec y Jojutla. Quince municipios declarados este lunes en alerta permanente por el Subcomité de Fenómenos Hidrometeorológicos porque no parará de llover los próximos días. Los daños han sido inevitables y pueden continuar, reportado por la Coordinación Estatal de Protección Civil un joven de 25 que murió al intentar cruzar un puente peatonal en Tepoztlán, aguaceros del fin de semana que llevaron al tope los ríos Chalma, Apatlaco, Yautepec y Amacuzac; inundadas quince casas en el centro de Puente de Ixtla y evacuadas varias familias en la colonia Las Ánimas de Temixco. El agua que no cayó en junio, cae ahora. Algo pocas visto y sentido por los morelenses. Sn embargo no es la primera vez que sucede. Hace dieciocho y trece años fue el río Yautepec, y en 2013 el desbordamiento del Amacuzac. Con diferencias apenas notables dadas las afectaciones por los desastres, de 2009 a 2013 se registraron severos daños por inundaciones. De acuerdo a los especialistas del clima, el tiempo para la crecida de los ríos en temporadas “normales” de lluvias eran ciclos de diez años. La más grande inundación que recordamos data de 1998, en la que el nivel del río Yautepec sobrepasó dos metros y los perjuicios fueron gravísimos pero no al grado de once años después, cuando en agosto de 2009 el caudal rebasó los diez metros sobre las orillas del cauce. El del 14 y 15 de septiembre de 2013 se consideró como un “desbordamiento histórico” del río Amacuzac: dejó en seis comunidades de ese municipio, de Puente de Ixtla y Jojutla decenas de familias sin hogar, pérdidas de ganado, cultivos y múltiples averías en caminos y carreteras. Cajones y Huajintlán (Amacuzac), El Coco y El Estudiante (Puente de Ixtla) y Tehuixtla, Chisco Río Seco y Vicente Aranda (Jojutla) fueron golpeadas por el agua. El reporte de daños incluyó el puente La Fundición que enlaza las comunidades de Tilzapotla, La Tigra y El Zapote, en la sierra de Huautla… La crecida que no olvidan en Yautepec, donde el desastre se acumuló en cinco horas. De las 11 de la noche del martes 25 a las 4 de la mañana del miércoles 26 de agosto de 2009 la intensa lluvia y el torrente acumulado desde Los Altos de Yautepec provocaron una “crecida histórica”, alcanzando 10.80 metros. En 300 minutos pasaron como caballos desbocados 108 mil litros o 108 metros cúbicos por segundo. Incontenible, la corriente inundó dos mil casas, el mercado municipal, cientos de comercios en el centro de la población así como una veintena de escuelas. Mientras en el centro el aluvión alcanzó quince calles cubiertas por 60 centímetros de lodo, nueve colonias se perfilaban al desastre: Santa Lucía, Flores Magón, Itzamatitlán, Jacarandas, Ixtlahuacán, Felipe Neri, Centro Rancho, San Juan y Cuauhtémoc. Y eso que nueve días antes hubo un aviso del incremento del cauce de 7.8 metros. En Tlaltizapán, donde desde las dos de la mañana se dio la voz de alerta por la crecida del río, resultaron dañadas trescientas viviendas en la cabecera municipal, Temilpa Viejo y Ticumán. Poco más de un año después, el martes 7 de septiembre, otra inundación dañó un centenar de viviendas en Jiutepec y Yautepec. Desde entonces y antes la furia del dios Tláloc no ha parado. Además del luto por los familiares desaparecidos y las pérdidas materiales, quedan el daño psicológico y las enfermedades infecciosas. Lo común es que en clínicas y hospitales del sector salud atiendan a pacientes con hongos en los pies, ronchas y comezón en el cuerpo, ardor en los ojos, temperaturas altas, dolores extraños en el estómago, diarreas en los niños y demás enfermedades que proliferan después de inundaciones y desbordamientos. Lo cual es difícil que suceda en Cuernavaca, salvada de inundaciones grandes por sus colinas y barrancas que llevan las aguas pluviales a los ríos del sur. Ello aunque cuando llueve en Cuernavaca parece que caen sapos del cielo. Los relámpagos iluminan el horizonte, los truenos suenan más fuerte por el eco de las barrancas, el agua corre caudalosa en las calles de bajada. A los diluvios estamos acostumbrados los cuernavacenses, nos preocupan pero no nos asustan. No así a los fuereños, como el turista sonorense al que recién vio el columnista aterrado, hincado, implorando que cesara el aguacero, platicando entre rezos que en su tierra suele llover tan poco que los sapos aprenden a nadar a los diez años… ME LEEN MAÑANA. 

Por José Manuel Pérez Durán

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