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El presidente Antonio López de Santa Anna debió estar “locochón”. Famoso hasta el día de hoy por ponerle impuestos a la tenencia de ventanas, puertas y zaguanes, en octubre de 1853 también decretó impuestos a los dueños de perros y caballos. Pero no sólo eso: por el sólo hecho de serlo, los hombres de 16 a 60 años igualmente debían pagar un impuesto. Por cada can un peso, divididos en tres categorías: los que servían para cuidar casas, los que cuidaban rebaños de ovejas y los “de lujo”, o sean, los que los ricachones o no empleaba para ir de cacería o por el sólo gusto de tenerlos, Por cada equino uno o dos pesos, pero no así los que eran propiedad del mismo presidente, del ejército y de los curas, es decir, la burocracia dorada de entonces, exceptuados por lo tanto los hombres del poder político de las multas por infringir aquellas leyes de veinte pesos –un dineral para la época– hasta el decomiso o muerte de los animales. El chiflado, que prácticamente gravó con impuestos el aire que los mexicanos respiraban en sus casas, empezaba sus decretos así: “Antonio López de Santa Anna, Benemérito de la Patria, General de División, Caballero Gran Cruz Real y Distinguida Orden Española de Carlos III y Presidente de la República Mexicana, a los habitantes de ella, sabed…”. ¡Una locura! “Asantanado”, el gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez, incluyó en el Proyecto de Presupuesto de Egresos para el año próximo un impuesto a la carne asada con carbón mediante el cual los dueños de restaurantes deberían pagar 10 mil 900 pesos anuales. Destapada por diputados la ocurrencia loca del que llegó a la gubernatura por la vía de la candidatura independiente y desmentida por el secretario de Desarrollo Sustentable, Roberto Russildi, fue demasiado tarde; los regiomontanos ya están encabritados con “El Bronco”, pues repudian el dicho impuesto considerándolo un atentado a su tradición culinaria…  Cosas de la voracidad recaudatoria, o la necesidad de jalar recursos en el caso del Ayuntamiento de Cuernavaca que al igual que la mayoría de las comunas morelenses está más pobre que una rata en estado de pobreza extrema. Por eso los 700 cortes al suministro del líquido vital que el pasado fin de semana reportó el director del Sistema de Agua Potable y Alcantarillado de Cuernavaca (SAPAC), José Pérez Torres, para que los morosos se pongan a mano. Notificada el viernes una parte de los usuarios que no han pagado hace cinco años, solamente les abrirán la llave si firman convenios de pagos en el SAPAC. Esto por un lado, y por otro, la corrupción que en el organismo acuífero es “desde endenantes”, tradicionalmente vendidas por funcionarios transas tomas de agua a negocios como si fueran domicilios particulares para que paguen menos por el consumo. Según Torres, de estas “tomas” irregulares los inspectores han encontrado más de 300 en hoteles, restaurantes y otros establecimientos comerciales. Y por otra parte, una corruptela más a la que no hace referencia el funcionario: las tomas de agua ocultas en residencias de lujo que con esta maniobra tienen dos entradas de agua pero sólo un medidor y pagan la mitad o menos del consumo en jardines y albercas. Todo lo cual sintetiza estos datos del tesorero del gobierno municipal de Cuernavaca, Alejandro Villarreal Gasca: el Ayuntamiento de Cuernavaca enfrenta pasivos superiores a los dos mil millones de pesos; las participaciones federales que recibe de la federación se hallan muy disminuidas, pues deben pagar créditos de administraciones anteriores, de manera tal que las participaciones que sin tantas deudas serían de 35 millones de pesos mensuales son de solamente 13 millones, insuficientes para saldar la “droga” con el  Instituto de Crédito para los Trabajadores al Servicio del Poder Ejecutivo, adeudos a proveedores, al servicio de recolección de basura, a los seguros de trabajadores por fallecimientos, etc., etc. Una desesperación por recaudar dinero que justifica la crisis financiera del Ayuntamiento de Cuernavaca… pero no al grado de la locura como para que al alcalde Cuauhtémoc Blanca se le ocurra “decretar” un impuesto al pozole y otro a los tacos acorazados. Podría argumentar en semejante irracionalidad: “si el presidente Enrique Peña Nieto pudo ponerle el IVA a la comida de perros y gatos, ¿por qué yo, que soy más famoso, no voy a poder?”… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]