Trampa letal, el tramo Zempoala de la carretera federal Cuernavaca-Toluca es uno que ha cobrado cientos de vidas, asesinadas unas y accidentadas otras. Las bandas de salteadores de caminos que ahí operan son de tercera generación; impunes los más y apresados de vez en cuando los menos, roban, matan, vejan, asustan. Cueva de lobos apenas se oculta el sol, sinuosa la carretera bordeada por el bosque espeso, en el atajo a la capital mexiquense transitan transportes de carga, de pasajeros y vehículos particulares. Evitando la ida a la Ciudad de México, ganan en tiempo pero pierden en seguridad, ponen en riesgo sus vidas. Lo saben los viajeros de Cuernavaca, y la gente prudente de Huitzilac y de Tres Marías tampoco se atreve a cruzarlo de noche porque a quienes lo ignoran o conscientemente deciden retar a la suerte la osadía suele costarles la existencia. Listos los depredadores para caer sobre su presa, están agazapados en medio de la oscuridad y la soledad de la selva. Se mueven armados, ponen piedras o troncos en la carretera, emboscan a hombres y mujeres, les roban cuanto de valor llevan y muy seguido matan. En Huitzilac los conocen pero no lo dicen. Regularmente los policías brillan por su ausencia, ocupados los de la Federal de Caminos extorsionando a camioneros y conductores de automotores particulares en el crucero de Tres Marías. Ausentes los gendarmes de la Comisión Estatal de Seguridad Pública e insuficiente el número de elementos del mando único en la cabecera municipal, cuando llegan al escenario del atraco es demasiado tarde, los malhechores han desaparecido y, si vivas salieron, las víctimas pasan por el otro calvario de la declaración ministerial, el reporte de los celulares robados, la frustración de que no recuperarán los objetos y el dinero perdidos más el coraje por la certeza de que los asaltantes rara vez son encarcelados. Si el bosque y las lagunas hablar pudieran, contarían historias espantosas. Por ejemplo, esta perlita: En julio de 2016 fue de terror fue una noche de domingo para tres mujeres, madre e hijas, atacadas sexualmente por un grupo de dementes encapuchados, heridas a balazos, una de ellas muerta y el novio desaparecido cuando iban de regreso a su pueblo del estado de México luego de disfrutar una fiesta familiar en Cuernavaca. Provenientes de comunidades mexiquenses que colindan con suelo morelense, dos de cada tres familias de “barbacolleros” que los fines de semana vienen a Cuernavaca a vender coinciden: “A nosotros ya nos tocó”. De vuelta a sus comunidades, llevan el efectivo de la venta, los salteadores lo saben y los dueños de los puestos de barbacoa pagan la cuota de la impunidad. Los robos y los asaltos no son nuevos en Huitzilac, tal vez la localidad más insegura de Morelos desde hace décadas. Recurrentes los hechos sangrientos, en julio de 2011 en el tramo siniestro de Zempoala fue asesinado por sujetos desalmados el comunicador y catedrático de la Universidad Iberoamérica de la Ciudad de México, José Manuel Vargas Reynoso, y lesionada su acompañante Daniela Huda Tahrumi Navarro. Historias que no es igual imaginarlas que atestiguarlas, y peor aún, protagonizarlas. Si hablar pudieran los árboles, las cañadas y la maleza gritarían que el antídoto eficaz para que no sigan repitiéndose es la prevención del delito, permanente, ininterrumpida, llueva o truene, de día y de noche, patrullando ida y vuelta las corporaciones preventivas estatales y federales y haciendo trabajo de inteligencia la Policía de Investigación Criminal de la Fiscalía Estatal. Confiaba no hace mucho tiempo al columnista un lugareño: “aquí todos sabemos a qué se dedica cada quien. Hay familias que siempre han tenido negocios de barbacoa, muchos siembran maíz y otros se dedican a la madera (tala clandestina). La mayoría de la gente es chambeadora, pero también hay mañosos; los conocemos pero nadie dice nada por miedo”. Y justificaba su indiscreción: “es que en Huitzilac no hay trabajo, no tenemos ni una fábrica de nada, no hay tiendas grandes (“súpers”) como en Cuernavaca”. Será porque la inseguridad no sólo se combate con balas, policías y soldados; también y sobre todo con empleos suficientes y bien remunerados. Pero de éstos no hay. Que le pregunten, si no, a la directora de la Policía de “Huitzi”, Catalina Laurel, atacada a balazos la tarde del lunes por maleantes que se desplazaban en un Nissan-Tiida cuando les marcó el alto a la altura del pueblo de Fierro del Toro… (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]

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