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Domingo antepasado. Jóvenes, dos motociclistas de la Ciudad de México hacen motocross en un paraje de Tres Marías cuando son interceptados por cuatro sujetos que los someten con armas de fuego. Se los llevan al bosque en donde les ordenan que se comuniquen con sus familiares, para que les digan que están secuestrados y que sólo los soltarán si pagan cuarenta mil pesos de rescate por cada uno. Cuatro horas más tarde, los secuestradores reciben el dinero y dejan  libres a los motociclistas, no sin antes advertirles que si los denuncian con la autoridad y los vuelven a ver en su pueblo los volverán a “levantar”… Ubicado en Tres Marías, municipio de Huitzilac, entre la noche del martes y la madrugada del miércoles es saqueado el depósito de armas del mando único policíaco; desaparecen unas treinta armas, cortas y largas. Mediante un comunicado, la Comisión Estatal de Seguridad confirma la desaparición del armamento e informa que han sido detenidos dos personas que estaban a cargo del depósito…  Madrugada del viernes anterior. Armados con pistolas, tres bandidos asaltan a un chofer en el crucero de  la misma población, Tres Marías; le quitan dinero, objetos de valor y se llevan el camión de carga que conducía. Solitario el lugar, no hay quien auxilie al trabajador del volante, así que debe caminar varios kilómetros hasta las seis de la mañana que ve a una patrulla y pide apoyo a los policías, quienes emprenden la búsqueda pero para entonces el camión y los asaltantes se han volatizado… Los robos y los asaltos no son nuevos en Huitzilac, tal vez la localidad más insegura de Morelos desde hace décadas. “Aquí”, le confiaba un lugareño hace veinte años al columnista con la condición del anonimato, “todos sabemos a qué se dedica cada quien. Hay familias que siempre han tenido negocios de barbacoa, muchos siembra maíz y otros se dedican a la madera (tala clandestina). La mayoría de la gente es chambeadora, pero también hay mañosos; los conocemos pero nadie dice nada por miedo”. Y justificaba su infidencia: “es que en Huitzilac no hay empleos, no tenemos ni una fábrica de nada, no hay tiendas grandes (“súpers”) como en Cuernavaca”… Con otra sobre lo cual el columnista ha sido persistente: la zona de las lagunas de Zempoala. Trampa letal, ese tramo de la carretera federal Cuernavaca-Toluca es uno que al cabo de años ha cobrado cientos de víctimas, unas asesinadas y otras accidentadas. Las bandas de salteadores de caminos que ahí operan son de tercera generación. Impunes los más y apresados de vez en cuando los menos, roban, matan, vejan, imponen  el terror. Cueva de lobos apenas se oculta el sol, sinuosa la carretera bordeada por el bosque espeso, en el atajo a la capital mexiquense transitan vehículos de carga, de pasajeros y automotores particulares. Evitando la vuelta por la Ciudad de México, ahorran tiempo pero ponen en riesgo sus vidas. Lo saben los de Cuernavaca, la gente de bien de Huitzilac y de Tres Marías que tampoco se atreve a cruzarlo de noche, sabedores de que a quienes lo ignoran o conscientemente deciden retar a la suerte su osadía puede costarles la existencia. Ocultos los depredadores para caer sobre su presa, se agazapan en medio de la oscuridad y la soledad de la selva. Actúan armados, ponen piedras o troncos en la carretera, emboscan a hombres y mujeres, les roban cuanto de valor llevan y a veces los matan. En Huitzilac los conocen pero no los delatan por temor a sufrir represalias, y regularmente los policías brillan por su ausencia, ocupados los de la Federal de Caminos extorsionando a camioneros en el crucero de Tres Marías. Insuficientes los gendarmes de la Comisión Estatal de Seguridad Pública, cuando llegan a los escenarios de los atracos es demasiado tarde; los malhechores han desaparecido y, si vivas salieron, las víctimas pasan por el otro calvario de la declaración ministerial, el reporte de las cosas robadas, la frustración porque no recuperarán el dinero perdido y el coraje de que los asaltantes rara vez serán atrapados. Si el bosque y las lagunas pudieran hablar, contarían historias espantosas. Históricamente han sido tantos los delincuentes, que la autoridad no ha podido contenerlos. Tampoco Alberto Capella, el jefe del mando único que en gran parte del territorio estatal ha logrado disminuir los llamados delitos de alto impacto (secuestro y extorsión) pero no en Huitzilac, en donde tal vez sólo la presencia permanente de un grupo especial de policías federales y estatales ahuyentaría a los delincuentes. Resume un barbacollero de “Huitzi”: ¡urge!.. ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]