Faltaban pocos minutos para las 7.30 a.m. y en Cuernavaca también temblaba, fuertísimo. Los papás y las mamás con niños de primaria se alistaban para llevarlos a la escuela, y a esa hora los chavos de secundaria y de preparatoria ya estaban en las aulas. Pero aparte del susto, en Cuernavaca y de hecho en todo Morelos no pasó nada realmente grave: alguna barda caída y cero muertos, no así en la Ciudad de México, la del subsuelo gelatinoso que multiplicó el poder del sismo en la entonces ya una de las urbes más pobladas del mundo. De la magnitud de la tragedia fuimos enterándonos conforme pasaron las horas. La radio y la televisión dieron cuenta de que se cayó el estudio del programa “Hoy mismo”, de Televicentro, y que de un edificio de once pisos sólo quedaron cuatro en los momentos en que trabajaban cientos de costureras. Por la tarde, el titular “¡Oh, Dios”, del diario “Ovaciones”, resumió la catástrofe. El transcurso de los días especuló sobre el número de decesos, hasta hoy día no precisado, minimizado por el gobierno que habló del ilógico de solamente tres mil mientras los defeños calculaban docenas de miles. Con mucho más devastador que el temblor de 1957 que en la capital tiró al Ángel de la Independencia y en el puerto de Acapulco redujo a escombros el hotel Papagayo, tras el sismo del 19 de septiembre de 1985 fueron creadas las dependencias oficiales de protección civil. México superaría otros movimientos telúricos, por fortuna ni siquiera parecidos al de hace 32 años. Sin embargo, el planeta sigue sacudiéndose, y siempre le pega con más fuerza a los débiles, devastado en enero de 2010 el Haití pobrísimo de las casas de cartón que a hasta esta fecha no ha podido reponerse, y el miércoles 16 de septiembre de 2015, zarandeado Chile por un sismo de 8.4 grados muy poderoso pero afortunadamente sin causar grandes daños porque, frecuentes allá los sacudimientos, aprendieron a construir casas y edificios antisísmicos. En diciembre de 2010, de paso a Buenos Aires el columnista hizo escala en Santiago. El aeropuerto internacional Comodoro Arturo Merino Benítez era reparado: hacía ocho meses que había soportado un temblor de 8.8 grados. Los daños se apreciaban menores, los miré incrédulo y el santiagueño que me sorprendió observándolos presumió: “nosotros hacemos construcciones contra sismos”. Yo pensé: si en Chile pueden, por qué no en México. Y me contesté a mí mismo: porque en México solemos tapar el pozo después del niño ahogado… Lo cual trae a cuento la insistencia de la Dirección de Protección Civil de Cuernavaca, para que las familias que habitan en zonas de riesgo las abandonen antes del inicio de la temporada de lluvias. Intenta tapiar el hoyo antes de que lo inunden los chaparrones que poco tardarán en caer y que ya le dieron una probadita al vecindario de las colonias Lázaro Cárdenas, Mina 2 y Mina 5, derrumbada en esta última una barda la noche del sábado antepasado.
Pero estos no son los únicos asentamientos humanos ubicados en sitios inseguros, habituados miles de personas a convivir con el peligro en las casas que por años y años la corrupción, o al menos la indolencia de la autoridad, prohijaron en las barrancas, y ahora mismo las viviendas que quedaron prendidas con alfileres en las paredes del Paso Exprés. Cuando llueve en Cuernavaca parece que caen sapos del cielo. Los relámpagos iluminan el horizonte, los truenos hacen eco en las barrancas, el agua corre caudalosa en las calles. A los diluvios estamos acostumbrados los cuernavacenses, nos preocupan pero no nos espantan. Sabemos que aquí llueve de noche, que brilla el sol de día… y que las historias se repiten. Tras el chaparrón de la noche del domingo 12 y la madrugada del lunes 13 de junio del año anterior, los reportes de Protección Civil detallaron afectaciones en Cuernavaca, Emiliano Zapata, Temixco y Xochitepec; que el nivel del río Apatlaco subió 1.80 metros; que, auxiliado por los bomberos, en una colonia de Zapata la crecida arrastró a un hombre borracho, y que sólo en Cuernavaca se inundaron treinta y tres casas. Pasada por agua gran parte del territorio estatal, como siempre sucede las lluvias se extendieron hasta septiembre, memorables las inundaciones de Yautepec, en 1998, y del desbordamiento del río Amacuzac, en 2013, que causaron daños gravísimos. Hoy, el llamado de Protección Civil, para que la gente que vive en zonas riesgosas abandone sus viviendas, es oportuno pero demagógico. Tanta gente que no tiene otro lugar dónde vivir, se ve obligada a hacerle cosquillas al tigre, y no por gusto sino por necesidad… ME LEEN EL DOMINGO.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]