La primera vez que estuve en La Habana me llamó la atención el letrero de frente al edificio de intereses de Estados Unidos: “Señores imperialistas, no les tenemos absolutamente ningún miedo”. No pregunté el porqué de la advertencia; hubiera pecado de cándido ese verano de 1993. Supuse: debe ser por el fracaso de la invasión de cubanos exiliados apoyados por EUA a la Bahía de Cochinos, en 1961, tardados más en desembarcar que en ser derrotados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. De la colina de Miramar, con sus mansiones blancas y jardines prolijamente cuidados, a la Habana Vieja de fachadas ruinosas y ropa tendida en los balcones, en la avenida que va al Capitolio de mármol ennegrecido por el tiempo hasta las playas del Este conduciendo por el Malecón donde el monumento ecuestre del general Máximo Gómez saluda a turistas y lugareños, en todos lados los habaneros hablaban de Fidel Castro con los mexicanos. En otro viaje me sorprendió el paso de un convoy por la Quinta Avenida, de dos o tres automóviles precedidos de un motociclista. Por la noche un mesero del restaurante “Papas” del hotel Marina Hemingway me diría: “Era Fidel”. Todos los habaneros hablaban de él (“Fidel hizo un hospital para curar a los niños de Chernobyl”, “Fidel hizo los edificios para los estudiantes de provincia”), pero nadie presumía saber dónde vivía; las ubicaciones de su oficina y su casa eran un tema de seguridad. Los viejos rememoraban que de México zarpó el yate Granma, en 1956, precisamente de Tuxpan (Veracruz) para hacer la revolución que triunfaría sólo tres años después, el 1 de enero de 1959. Y por supuesto evocaban al Che Guevara porque con Fidel estuvo desde México, por tantas cosas y porque en México se casó la primera vez. Hablaban de Ernesto Guevara de la Serna, el joven médico argentino que descubrió su vocación revolucionaria conviviendo con la miseria de los mineros esclavizados en Chile, palpando la pobreza del Perú, y porque después intentó hacer la revolución en Bolivia, donde, abandonado o no a su suerte por Fidel o porque acaso ese era su destino, sería asesinado en octubre de 1967 y la foto de su cadáver difundida por la CIA en todo el mundo para que no quedara duda alguna de su muerte. Hallados treinta años más tarde en una fosa común de Valle Grande, sus restos fueron trasladados al memorial de Santa Clara, en donde en diciembre de 1958 el comandante Guevara ganó una batalla crucial al ejército del dictador Fulgencio Batista. Detallaban que el Che se casó en México, naturalmente nomás por lo civil, con la peruana Hilda Gadea Acosta a quien conoció en Guatemala, y precisaban que el casorio fue en Tepotzotlán, de la entidad mexiquense, y no en Tepoztlán, estado de Morelos, mientras en Cuernavaca y quizá por el parecido de los nombres la confusión de algún cronista despistado refería a Guevara en un viaje de bodas en Cuautla, lo cual no sucedió. Atrapados los cubanos en el período especial de los apretones del cinturón, en los noventa las y los habaneros jóvenes no se imaginaron que el 14 de agosto de 2015 verían ondear la bandera de Estados Unidos en el edificio próximo al malecón,  sede desde esa fecha de la embajada de EUA que mira (o miraba) el letrero de “no les tenemos ningún miedo a los imperialistas”. Y a Fidel cumpliendo 90 años el sábado13 de agosto pasado, publicada hacía un año ya su carta en la que sugirió que EUA debía pagar a Cuba “cuantiosos millones de dólares” por los daños causados por el embargo brutal a la isla. Entonces treintañero, de Fidel se ha dicho en Cuernavaca que antes de la expedición del Granma en una o varias ocasiones tomó café en La Universal. Pudo ser, pero de esto no hay pruebas plenas. Tantas personalidades venían en aquellos tiempos, que su presencia habría pasado desapercibida. María Félix, entre muchas otras, con su esposo en turno Agustín Lara a quienes los lugareños solían ver sentados en la terraza del hotel Bellavista, estacionados los carrazos acharolados en el costado norte del Jardín Juárez, el de las tardes domingueras con la música y los muchachos caminando en sentido contrario a las chicas de las que se hacían novios. Días aquellos de las noticias en la radio que informaban de un grupo de hombres barbudos peleando la revolución en la Sierra Maestra, uno o dos años antes de las supuestas o reales visitas a Cuernavaca de Fidel, el ícono del siglo XX que derrocó al sátrapa Batista en cuya dictadura fueron asesinados más de 20 mil cubanos… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]

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