En años recientes la venta de bebidas alcohólicas en la feria de Tlaltenango se pudo reducir a las “micheladas”. Puede que sí, y que por eso la Ayudantía Municipal informe que puestos con brebajes etílicos no habrá, para salvaguardar la seguridad de los miles de feriantes. Pero, ¿cómo cómo celebrábamos los de Cuernavaca esta que al ser una de las festividades católicas más antiguas de México en este septiembre estará cumpliendo la friolera de 295 años? La tradición era caminar de noche hacia el festejo, chavos y chavas, papás y mamás en los sesenta, los setenta, los ochenta. La caminata iniciaba por ahí de las dos de la madrugada, del centro a Tlaltenango. Subiendo en grupos por Morelos y Zapata, llegabas, te subías a los juegos mecánicos, “ligabas” novia nueva o te citabas con la que ya tenías; combatías el frío calentándote con el faje en lo oscurito o saboreando un atole champurrado, desayunabas más temprano que de costumbre tamales verdes, rojos y de dulce, a poco de que amaneciera dabas “Las Mañanitas” a la Virgen y te metías a misa… En los albores de la década sesentera un camión de la línea “Ometochtli” al que se le “chorrearon” los frenos se precipitó sobre la cuesta de la avenida Emiliano Zapata. Venía de Tepoztlán rumbo a su terminal que estaba en la calle Leandro Valle, cerca de la esquina de Matamoros que señalaba la estatua de los Niños Héroes. Pero no llegó. Esta historia me la contó el  desaparecido billetero Sámano. El autobús sólo detuvo su loca carrera banqueteando, recargándose en un taller mecánico que estaba una cuadra abajo de la esquina de Obregón y Ávila Camacho. Murieron todos los pasajeros, y una hija del ícono tepozteco don Ángel Bocanegra, quien formó parte del Escuadrón 2001 que fue a la Segunda Guerra Mundial, resultó gravemente lesionada. Sámano aseguraba que se había bajado en lo que hoy es la Glorieta de la Paloma de la Paz. Luego de una noche de parranda, atraído por el “brinco” del Carnaval de Tepoztlán el popular billetero que entonces era un jovenzuelo abordó el camión trompudo en el pueblo de los cerros míticos, pero como vivía en Domingo Diez ahí se bajó para dirigirse a su casa, asearse e ir a trabajar. El accidente sucedió en los primeros años de los sesenta, y por fortuna no estaba celebrándose la feria. La ubicación de tiempo es porque los tres poderes se hallaban en el Palacio de Cortés; todavía no se había estrenado el Palacio de Gobierno cuya edificación concluyó el gobernador Emilio Rivapalacio Morales en 1965 ó 66… Cosa rara: en estos días no se ha reeditado la discusión por el escenario de la feria, riesgosa la bajada empinada donde desde hace casi tres siglos es realizada. ¿Por qué no dos o tres calles adentro, en la avenida San Jerónimo, para que la resbaladilla de Emiliano Zapata quede libre de puestos y gente? O que al menos Tránsito municipal desvíe la circulación en la glorieta de Buena Vista y la enfile por Heroico Colegio Militar. Inevitable el caos vial en las laterales de Zapata, la feria genera molestias al vecindario y trastornos a conductores de vehículos particulares y de servicio público. Pero aparte de mascullar maldiciones y cubrir los trayectos que en días normales les toman diez o quince minutos y durante la fiesta una hora o más, automovilistas y pasajeros desesperados de “rutas” y taxis nada pueden hacer, imposible como ha sido cambiar la sede del festejo antiquísimo aunque cercano al templo se encuentre disponible el parque Tlaltenango. Con el respeto a la tradición hay que admitirlo: además de insalubre, el tramo donde se celebra es proclive a accidentes… A propósito de la “ley seca” en la feria que comenzó anoche: ahí una vez no sólo corrió el alcohol, también taconearon mujeres a las que se les decía “de la vida alegre”, pues el pudor de entonces prohibía la definición de sexoservidoras. Sucedió a mediados de los sesenta, en una carpa exprofeso instalada justo enfrente de la iglesia por el lenón más famoso de esa época remota. Aquello fue un escándalo, la gente se indignó y quién sabe si al alcalde Ramón Hernández Navarro haya ordenado o no clausurar el lenocinio, pero el caso fue que el periodista Nicolás Reyes Hernández, que editaba el semanario policíaco “Colt 45”, encaró al dueño del burdel y éste se atrevió a bofetearlo. Ya existían los influyentes que “se mochaban” con las autoridades... ¿Por qué el tema y las historias? Pues porque la feria de Tlaltenango es una de las tradiciones más arraigadas en la cultura popular de los cuernavacences. ¿Se han fijado que a ella casi no asisten chilangos?.. ME LEEN EL DOMINGO.

 

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]