La primera vez que se está en la ciudad de Panamá, llaman la atención los edificios que bordean la bahía: altos, con plusvalías de millones de dólares como los hay en otras tantas partes del planeta pero levantados en un país que no es pobre ni rico, con una población de poquito más de 4 millones de habitantes y el canal que une al Atlántico con el Pacífico y la zona libre de comercio en la ciudad provincial de Colón como sus principales fuentes de ingresos. Fangosa la bahía en las horas que baja la marea, no huele a lodo sino a lavado dinero, algo que le causa risa al taxista que lleva de compras al columnista a Colón, distante cuarenta kilómetros sobre la carretera en medio de la selva tropical y letreros de “cuidado con los animales” referentes a los perezosos que suelen cruzar la cinta asfáltica y ser muertos por conductores descuidados. Ilustra el ruletero al que como todo allá se les paga en dólares, oficial la moneda de curso que lleva el nombre del descubridor del continente americano pero casi inutilizada: “El fango es hondo. Varios paracaidistas de Estados Unidos se hundieron arriba del pecho y fueron rafagueados”. Su comentario alude a la invasión de militares estadounidenses que en diciembre de 1989 volaron a Panamá para detener al dictador Antonio Noriega, muerto, por cierto, a los 83 años de edad el 29 de mayo pasado en el hospital Santo Tomás de allá mismo... Las postales son traídas a la memoria por la aprehensión del ex gobernador de Quintana Roo, Roberto Borge Angulo, anteanoche en el aeropuerto internacional de Panamá cuando se disponía a viajar a París. Imputado por la Procuraduría General de la República (PGR) de los delitos de enriquecimiento ilícito y asegurado gracias a una ficha roja de la Interpol, el angelito se hospedaba en la Torre Trump donde la noche cuesta treinta mil pesos. La noticia de su detención fue dada a conocer en la vorágine política a la que dieron lugar los primeros jaloneos por las encuestas de salida de la elección de gobernador del estado de México, así que no generó el mismo impacto mediático que el arresto del ex mandatario de Veracruz, Javier Duarte De Ochoa, el 15 abril anterior en un hotel de Panajachel, una ciudad turística de Guatemala. Puestos “de moda” en este sexenio los encarcelamientos de ex gobernadores corruptos, también acusado de lavado de dinero y además de delincuencia organizada, Tomás Yarrington Ruvalcaba, de Tamaulipas, estuvo prófugo desde 2012. Puso tierra de por medio hasta refugiarse en Florencia, Italia, en donde presuntamente protegido por un cartel mafioso fue apresado el pasado 9 de abril. Otros ex gobernadores han corrido la misma suerte, algunos puestos en prisión y otros libres por medio de maniobras jurídicas; pero todos con el mismo perfil de corruptos: Rodrigo Medina de la Cruz (Nuevo León), Guillermo Padrés (Sonora) y etecé, etecé. Unos priistas y otros panistas, ¿quién sigue? Contra César Duarte Jáquez, de Chihuahua, la PGR tiene una orden de aprehensión. Huido a El Paso, Texas, en donde testimonios de lugareños recién lo ubicaban comiendo en restaurantes o paseando a su perro en las cercanías de las dos casas que se dice habitó o aún habita, de acuerdo a la actual administración de la entidad fronteriza se enriqueció haciendo pagos a empresas fantasma por bienes y servicios nunca entregados y adjudicando contratos directos a proveedores por más del 85 por ciento del presupuesto que ejerció… ¿Y Morelos? Que recuerde el columnista, a pocos días de estar en la condición de ex gobernador y apenas sustituido por Lauro Ortega Martínez, en 1982 Armando León Bejarano Valadez estuvo a punto de vestir el traje a rayas que entonces se les daba a los presos. Al principio la noticia trascendió escueta: “Bejarano tuvo que ir a declarar en la PGR”, y sólo al paso de los días se supo más: que había evadido el pago del impuesto por la venta de su residencia en la colonia Reforma (desde aquellos días y a la fecha, la Casa de Gobierno), pero que libró la cárcel echándole la culpa a su contador. Enriquecido al amparo del poder y acosado por Ortega, Bejarano se refugió temporalmente en Costa Rica, cobijado por su yerno Rafael Ángel Calderón Fournier, quien de ese país centroamericano sería el presidente en 1990-1994. Muerto cuando contaba un siglo de edad, el 6 julio 2016, Bejarano no vino ni de visita a Cuernavaca sino hasta que don Lauro le entregó la gubernatura a Antonio Riva Palacio López, el 18 de mayo de 1988. No le tocó la época de los ex gobernadores aprisionados, la película del ahora que continuara en el 2018 y quién sabe cuántos años más…ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]

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