La situación que atraviesa la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) es inédita. Preocupa a miles de estudiantes, a sus padres, a catedráticos y trabajadores administrativos. Crecientes la matrícula, históricamente el aumento de su presupuesto no ha sido al parejo de sus necesidades económicas. Los salarios, las pensiones de jubilados, el mantenimiento de instalaciones lo tienen hoy día al borde del colapso. Esto con todo y que el actual Gobierno Estatal ha presupuestado más recursos para nuestra máxima casa de estudios que administraciones anteriores, marcadamente los gobiernos de la derecha por ser proclives a la privatización de la educación pública. El anuncio del sí o el no a la huelga del sindicato de trabajadores administrativos, ayer, y la declaración de la secretaria general de la UAEM, Patricia Castillo España, advirtiendo que la tesorería no tiene para pagar la nómina de octubre, contrastan con la bonanza de los de arriba. Altos, los sueldos y las prestaciones del rector Alejandro Vera Jiménez, del secretario de comunicación, Javier Sicilia, y demás funcionarios de primer nivel los mantiene en una condición de riqueza sobre los de abajo. Para nadie es un secreto la existencia de individuos pensionados por el Gobierno de Estado y por la propia Universidad que duplican e incluso triplican sus ingresos fungiendo como maestros en activo. Los excesos son una parte de la crisis presupuestal que enfrenta la comunidad universitaria, y otra, una administración errática por parte del Rector. Los recursos de la UAEM son públicos, provenientes de los impuestos, y por lo tanto su manejo debe ser revisado; pero ante la auditoría especial que realiza la Entidad Superior de Auditoría y Fiscalización, Alejandro Vera se queja de que ello es un “ataque” a la autonomía universitaria cuando ésta se refiere al trabajo académico, no a la disposición de recursos públicos. Por cosas así la UAEM está como está… CADA 19 de septiembre es lo mismo: simulacros de sismos en edificios de gobierno, declaraciones de funcionaros públicos, recordatorios de los temblores de 1985, exaltaciones de las funciones de las dependencias oficiales de protección civil, etc., pero nadie se acuerda de la gente que vive en condiciones peligrosas. Cuernavaca y más de una población del interior del Estado están benditas por sus barrancas que drenan el agua casi al mismo tiempo que la lluvia va cayendo. Pero también tenemos zonas de alto riesgo, las riberas de los ríos proclives a las inundaciones y las paredes de las barrancas en donde cuelgan materialmente casuchas de familias que, si arriesgan la vida, es porque no tienen para vivir en otro lado, por ignorancia o porque  piensan que la desgracia jamás las alcanzará. Gobiernos municipales van y vienen que optan por la indiferencia y solamente en tiempos de aguaceros torrenciales anuncian medidas de prevención que caen en el olvido apenas cesa de llover. Los ayuntamientos cargan una buena parte del fardo de la responsabilidad, por soslayar los asentamientos irregulares en zonas riesgosas y, lo peor, por permitir en éstas la edificación de conjuntos habitacionales. Un ejemplo entre otros abundantes: las “Casas Feo” de Acolapan, cuya construcción hace años autorizó algún secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas asociado en el “moche” con el alcalde respectivo, el negocio del uso del suelo y la licencia de construcción. Las que no tienen cuate son las viviendas del pomposamente llamado Jardines de Xochitepec, que algún edil autorizó fueran construidas en el agujero que forman el precipicio de la carretera y el río que cruza el balneario Palo Bolero. Nunca debieron ser construidas ahí, se han inundado más de una vez y sus moradores viven con el Jesús en la boca temiendo que un cafre pierda el control en las curvas de arriba y “vuele” hasta caer sobre las casitas. Endeble la “protección” en el acotamiento de la carretera sinuosa, desde cuándo el gobierno hubiera hecho un muro alto de contención. Y al igual que éstas muchas más, como la Ciudad Gobierno que proyectó la construcción de treinta y hasta cincuenta mil viviendas en Temixco, habitado ya el conjunto de casitas abigarradas a los pies de la colina donde el agua baja a raudales, obligados los vecinos a rodear por la colonia Rubén Jaramillo y el aeropuerto de Tetlama para poder ir y regresar a sus casas, escuelas y trabajos porque el puente que les prometió la empresa cuando le compraron es levantado a paso de tortuga, en el costado poniente de la Autopista del Sol. Y luego por qué se encabrona la gente… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]

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