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Sometida la ciudad a bloqueos del tránsito de personas y vehículos automotores, afectada la actividad económica de Morelos, ante el desorden de los últimos días el diputado federal panista Javier Bolaños Aguilar sugiere una mesa de diálogo. Lo hizo proponiendo un punto de acuerdo a la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, para que sea la Secretaría de Gobernación la que “construya un espacio de diálogo ante la crisis social y política que se vive en la entidad”. No lo dijo y no hizo falta que lo dijera, dada la obviedad de que los principales interlocutores de la mesa sean el gobernador Graco Ramírez y el rector de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Alejandro Vera Jiménez. Escondido en la comodidad del silencio, en ese intento para destrabar el conflicto político también debería participar el alcalde Cuauhtémoc Blanco, puesto que procurar el bienestar del municipio que gobierna está entre sus obligaciones constitucionales. Pero más allá de las diferencias políticas el quid del estado de cosas es de índole económica, no es nuevo, viene de años atrás y en múltiples sentidos es nacional. La crisis económica no existe en el discurso del gobierno federal respecto a la tasa de inflación, la perspectiva de crecimiento (en realidad decrecimiento) y demás tecnicismos que la población no cree pues lo mismo le vienen diciendo hace ya muchos años. La verdad está en la realidad de todos los días: el alza constante de precios y servicios, la erosión constante del ingreso familiar, el pasmo de los pocos que tienen dinero para invertir pero no invierten porque no ven condiciones óptimas para arriesgar sus capitales. El Morelos real lo lamenta el viejo agente de bienes raíces que vio pasar mejores tiempos pero no dice nada novedoso cuando insiste en que medio Cuernavaca está en venta, que hay muchos vendedores pero escasean los compradores de casas, apartamentos, terrenos. Y como Cuernavaca el resto del estado en el túnel largo, negro, al que no se le ve la lucecita que señale el final de la oscuridad. El termómetro de la crisis se halla en la cotidianidad del todo sube y  nada baja, la reetiquetación sistemática de precios de las tiendas de autoservicio en su juego perverso de a mí me suben un peso la mercancía y yo la subo tres a la clase trabajadora atrapada en los salarios que no aumentan al ritmo del costo de la vida. Ocurre a todo lo largo y ancho del territorio nacional, del Suchiate al Bravo, del Pacífico al Golfo, en el centro, el sur  y particularmente en Morelos. Lo mismo los changarros que las empresas medianas y grandes  despiden empleados. En taquerías, puestos de plazas públicas, mercados municipales y tianguis itinerantes, tiendas de barrio, fondas, reparadoras de llantas hay trabajos informales, así que si no están registrados en el Instituto Mexicano del Seguro Social no existen cifras precisas sobre la espiral del desempleo. Lo que la gente común siente y padece es que la crisis llegó para quedarse un tiempo largo y quién sabe hasta cuándo durará. La sustantividad  se expresa con toda su crueldad en millones de hogares mexicanos con ingresos achicados por la inflación o ninguno, y precios cada vez más altos no sólo de la canasta básica sino de todo, absolutamente todo cuanto la gente requiere para subsistir. Este, el deterioro constante de la economía popular, es el verdadero problema, incluso más sentido por las grandes mayorías que la inseguridad pública. Pero no hay una política de estado eficaz para combatirlo, y si la hay no se nota en el día a día, imposible de tapar el sol con un dedo tendiendo cortinas de humo como la estrategia peñanietista que tampoco le funcionó a Felipe Calderón: ora la aprehensión de capos del narcotráfico por parte de fuerzas federales, mañana y pasado la repetición del discurso de que la reforma petrolera beneficiará a los mexicanos, ayer y cada vez que la estrategia mediática lo amerite presumiendo que México ha alcanzado niveles de atracción turística nunca antes vistos. Eso y más, mucho más, mientras el dólar araña los veinte pesos y hoy como en el pasado el gobierno culpa de la crisis económica a causas internacionales. Que Vera quiera o no ser candidato a gobernador en 2018 es su problema, si no diera la sensación de que haciendo política se vale del cargo de rector de la máxima casa de estudios de Morelos. Las diferencias políticas que Graco tenga o no con Alejandro no le conciernen a la población. Lo que Morelos necesita es que mejoren las  condiciones económicas. Pues sí, pero hasta cuándo… ME LEEN EL DOMINGO. 

Atril
José Manuel Pérez Durán
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