Apenas los del PSD lo presentaron como su candidato a la alcaldía de Cuernavaca, en círculos políticos lo cuestionaron. Dijeron, advirtieron, criticaron: Cuauhtémoc Blanco nunca ha vivido en Cuernavaca, no es de aquí, no cumple el requisito constitucional de haber residido los últimos cinco años en la ciudad que pretendía gobernar. Y desde entonces hablaron de un contrato de varios millones de pesos, de que los hermanos Roberto y Julio Yáñez lo firmaron para que aceptara la nominación del Partido Socialdemócrata, de que en esa “jugada” que juzgaron inteligente estaba, por supuesto, el presidente de esa organización política, Eduardo Bordonave. Si Cuauhtémoc no ganaba la elección a los candidatos del PRI (Marisela Sánchez Velázquez), del PRD (Jorge Messeguer Guillén) y del PAN (Luis Miguel Ramírez), por lo menos el PSD conservaría el registro electoral, metería a algunos regidores y diputados. El contrato se percibió como una inversión para un negocio de los Yáñez y Bordonave, en ganando su presunto contratado la presidencia municipal se meterían en los bolsillos los “entres” millonarios por las concesiones a constructores de obra pública y proveedores de insumos. Las sospechas de corrupción estaban razonadas en la fama de los carnales Yáñez. Una vez apoltronado el ex futbolista profesional en la silla edilicia, electo Julio diputado y designado Roberto secretario general, todo les parecía ir como miel sobre hojuelas. Estaban felices, metían en puestos clave a su gente y el dicho contrato no era su tema; negaban que hubiera existido. Cuauhtémoc parecía un títere que hacía lo que le ordenaban sus contratantes, pero mientras tanto la pasaba bien. Custodiado durante unas semanas por una escolta de militares y luego por policías federales, paladeaba el poder político, distinto al poder de la fama que ya tenía y conserva; posaba sonriente para las fotos que le pedía la gente dondequiera que se presentara, como de hecho lo sigue haciendo, y parecía no importarle que lo tildaran de pelele. Pero nomás se estaba haciendo, esperando el momento de dar el zarpazo que soltó el 11 de julio, sacudiéndose primero a Roberto, destituyéndolo no como el segundo de a bordo de la Comuna, pues en este papel estaba y está José Manuel Sanz Rivera, sino del puesto de secretario general, y sólo doce días después sacando a los que habían metido los Yáñez: Israel Yúdico Herrera, de Desarrollo Social; Jorge Sánchez Becerril, de Infraestructura, Obras y Servicios Públicos Municipales; Jesús Jiménez Abad, de Asuntos Jurídicos, y Jaime Rosas Jiménez, de Comunicación Social. Designado Samuel Sotelo en lugar de Yáñez, duró un suspiro pues renuncio cruzando la primera semana de agosto. Cuauhtémoc y Sanz pintaron su raya y, deslindados del PSD por sécula seculorum, el clan de los Yáñez reaccionó acusando a Sanz de que, español de origen naturalizado mexicano, perdió la ciudadanía de este país usando un pasaporte estadounidense, pero como no pegaron su chicle la semana pasada sacaron a la luz pública lo del contrato que naturalmente Cuauhtémoc no solamente negó, afirmando que le fue falsificada su firma; también aseguró que denunciará la usurpación en la Fiscalía General del Estado, donde, si de veras recurre el alcalde, la pericial de grafoscopía determinará si la firma del “Cuau” es falsa o verdadera… ¿esta semana? En el ínter, Sanz se dio un batacazo, chocada la camioneta en la que viajaba con el periodista Juan José Arrese, el chofer y un ayudante con otra que se desplazaba en sentido opuesto cerca del fraccionamiento Montecasino en la carretera federal México-Cuernavaca. El encontronazo fue tremendo, por poco no lo cuentan, no llevaban puestos los cinturones de seguridad, estrellado el rostro de Sanz contra el parabrisas, fracturado Arrese del peroné, así que andará en muletas varios meses, milagrosamente ileso el chofer quien tampoco llevaba el cinturón y sin que a la fecha se sepa el nivel de las lesiones de las personas del otro vehículo. Imponderables aparte (los accidentes lo son), de todo esto se habla en Cuernavaca; es la comidilla del día en mesas de políticos y empresarios. Dada la incógnita de qué seguirá en esa política vulgar que no merecen los cuernavacences por el juego de “venciditas” entre Cuauhtémoc y Sanz versus los Yáñez, hecho el comentario cuasi generalizado de que la reputación de estos últimos no es precisamente de personas decentes, la conclusión es que el “Cuauh” parecía pendejo pero resultó más cabrón que bonito… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]