compartir en:

De las fosas ha hecho un espectáculo el rector de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Alejandro Vera Ocampo. Él y los políticos que se han apersonado en el predio El Maguey de Tetelcingo. Van por los reflectores de los medios de comunicación, dan ruedas de prensa, hacen declaraciones, ponen caras compungidas, posan para los camarógrafos, les gusta ser “noticia”. Ofrecen una puesta teatral que le falta al respeto a los muertos, a los mismos difuntos para los que los mismos protagonistas exigen respeto en la diligencia de las exhumaciones. Oportunista, así lleva una semana el Rector, no a ratos sino permanentemente como si el cargo que desempeña no le demandara tareas de su obligación, académicas y administrativas. Él y los políticos que se valen del show irreverente se asumen “justicieros”. Siendo pésimos actores, creen que la gente les cree y habrá unos que sí pero también muchos que no. Gritan, gesticulan, esgrimen el tema de la inseguridad pública porque “eso vende”. Actúan ahora y no antes. Sólo cinco años atrás, ¿dónde estaban sus reclamos contra la barbarie del crimen organizado que tapizaba de muertos el territorio morelense? Nada dijeron que pudiera contrariar a los entonces presidente Felipe Calderón y al gobernador Marco Adame. Enmudecieron y se quedaron “ciegos” cuando toda la gente veía noticias aterradoras, como éstas: 13 de octubre de 2010. Son encontrados los cadáveres de tres hombres colgando del puente de la plaza Galerías. Dantesca la imagen, la presencian automovilistas madrugadores que circulan por el libramiento de la autopista México-Cuernavaca. Estaban vendados de los ojos y atados de pies y manos, y según los primeros reportes de la policía dizque eran prófugos del penal de Atlaholohaya… El cártel de Arturo Beltrán Leyva, “El Jefe de Jefes”, mandaba en Morelos. Sergio Enrique Villarreal Barragán, “El Grande”, capturado en septiembre de 2010 por la Marina Armada de México en el fraccionamiento residencial Puerta de Hierro en Puebla, declararía con el nombre de “Mateo” como testigo protegido de la Subprocuraduría Especializada en Delincuencia Organizada que Beltrán le ordenó que asesinara a Mario Pineda Villa, “El MP”, hermano de María de los Ángeles Pineda Villa, la esposa del ex alcalde de Iguala, José Luis Abarca, quienes acabarían presos por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Asentada su declaración en el expediente PGR/SIEDO/UEITMIO/0992010, confesó Villarreal: “A ese marrano yo mismo lo levanté. Se creía muy sanguinario y además no era de mi agrado. Lo amarré y le di de patadas hasta que perdió el conocimiento. Le dije: ‘Ya ves pinche marrano, no que muy cabrón’; posteriormente ordené que lo subieran a un vehículo y que fuera trasladado por la carretera vieja que lleva a Cuernavaca y a la altura del poblado de Huitzilac ordené que lo bajaran y descargué una ráfaga de cuerno de chivo en contra de él estando amarrado.  Después Arturo me ordenó que ejecutara a todos los que tenían relación con El MP o sencillamente (a) quien fuera su amigo, aunque no tuviera que ver con el negocio de las drogas. Así se procedió en esos días, levantando más o menos a 90 personas, mismas que eran golpeadas y ejecutadas”. Extraditado el 23 de mayo de 2012 a Estados Unidos, para cuando “El Grande” fue detenido Arturo Beltrán ya había roto con Édgar Valdez Villarreal, “La Barbie”, quien a su vez sería aprehendido en agosto de 2010, en Lerma, estado de México, e igualmente enviado al país del norte el 1 de agosto de 2015… Fue la época en que “El Jefe de Jefes” operaba y paseaba en Cuernavaca impunemente. Antes de que el 16 de diciembre de 2009 fuera abatido por la Marina en su departamento de los edificios Altitude, era un cliente frecuente en restaurantes de su predilección. Los comensales lo veían, menos la autoridad. No lo decían por temor, pero después lo vinieron contando; les constaba o alardeaban para hacerse los “interesantes” pero las versiones coincidían. Aseguraban haberlo visto comiendo en restaurantes con nombres, estilos y ubicaciones conocidas. También al en ese momento jefe de sicarios del capo sinaloense, Edgar Valdez, apoltronado en cierto restaurante de Cuautla. “Güero él, azules los ojos, fornido, ocupó una mesa arrinconada con el que parecía su segundo. Sus hombres tenían sobre las piernas estuches de bastones de golf de los cuales asomaban los cuernos de chivo, y afuera del local, las suburbans con sujetos vigilantes… Pero en esos días no había un show político como el de Tetelcingo… ME LEEN MAÑANA.

 

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]