A lo mejor para que los reporteros no lo molesten con preguntas “incómodas” es por lo que el comisionado estatal de Seguridad Pública, Alberto Capella Ibarra, ahora hace declaraciones video grabadas en la privacidad de su oficina. Usa las redes sociales, le sirven para salir en la televisión local y nacional, y promover, si es el caso, su aspiración a ser diputado o alcalde cuando regrese a su querida Tijuana. Desde el lunes está apareciendo su imagen, alertando a la gente de la región oriente a propósito de una banda de extorsionadores y asesinos a la cual menciona como “Los Colombianos”. Precisa el modus operandi de esta organización presuntamente criminal: presta dinero con intereses atractivos, sin condicionarlos al buró de crédito, pero cuando la personas que les deben se atrasan en los pagos “les cobran, obviamente con atentados u homicidios”. Asegura que una pareja de “Los Colombianos” fue detenida en los municipios de Atlatlahucan y Villa de Ayala, luego de un par de homicidios que ocurrieron allí. La alerta del jefe policíaco está bien; es útil para que las personas urgidas de préstamos fáciles y rápidos de dinero no caigan en la trampa y no se expongan al peligro de ser extorsionadas o peor aún: asesinadas… Pero la delincuencia actúa en otros escenarios que la autoridad parece subestimar o no hacer lo suficiente para contenerla. Las personas esperan turno para pasar a las cajas. Hacen “cola”, parados, o aguardan sentados a que aparezca su número en la pantalla. Las cajeras no se dan abasto, apenas acaban de atender uno y ya se acerca otro cliente. Trabajan mucho, sus salarios son cortos y grandes sus responsabilidades; los empleados de bancos sufren explotación laboral, tienen prohibido organizarse en sindicatos, pero ese es otro tema históricamente soslayado por el gobierno. Variada la gama de gente que espera, se encuentra el señor de edad avanzada, enojado porque hace una hora que llegó y según ve las cosas le llevará media más hacer su trámite. Hay señoras y señores, jóvenes y viejos, empleados y dueños de negocios, clientes habituales que saludan por sus nombres al personal, alguna muchacha que intenta pasarse de lista pasando directamente a una de las cajas. Gorras y lentes oscuros están prohibidos; también recibir o hacer llamadas por el celular. Sin embargo, varios “watsapean”, checan sus “feices”. Al menos eso parece. ¿Pero qué tal si la jovencita que aparentemente teclea un mensaje inocuo en realidad le está avisando a su cómplice que un cuentahabiente acaba de retirar una fuerte suma? Imposible saberlo, pero de ser así estará describiendo a la víctima en curso: su edad aproximada, si es alto, chaparro o de estatura regular; cómo está vestido, los colores del pantalón y la camisa, si del banco ha salido solo o acompañado y si lleva el dinero en uno de los dos bolsillos del jean, en un portafolios o en un “vaspapú”. Todos los datos para que los bandidos no fallen el golpe. Desprevenido, el señor es interceptado cerca del banco, si caminando va para abordar su automóvil, o seguido cuando ya conduce y parado cuadras adelante. Los asaltantes lo amedrentan con sus armas, le arrebatan el dinero, huyen en un vehículo usualmente con reporte de robo y nada han hecho los testigos para evitar el atraco, pues temen por sus vidas. Al rato llegan los policías, preguntan cuántos eran los delincuentes, para dónde y en qué se fueron, arrancan la patrulla, prenden la sirena y se van en busca de los rateros a los que rara vez atrapan. Sus modos de operar es un cartabón que el gobierno conoce, tal y como recién ocurrió a una chica de la colonia Lomas de Ahuatlán; despojada al llegar a su casa de su camioneta y de150 mil pesos que acababa de sacar de una sucursal del Banamex  por dos sujetos que la amagaron con armas de fuego. Una película mil veces vista, impunemente repetida, ausente en la percepción social la imagen de la Policía de Investigación Criminal echándole el guante a los delincuentes especializados en este tipo de crímenes, limitado la reacción de la autoridad a la llegada de la patrulla al escenario del atraco, persistentes las sospechas de las víctimas sobre presuntas complicidades de empleados bancarios dando santo y seña a los asaltantes de clientes que retiran sumas grandes de dinero. Tal vez mejor serviría otro video de Capella, recomendando a la gente que no acuda sola a los bancos si a lo que va es a retirar algunos miles de pesos. Porque de que los dueños de los bancos, mayoritariamente extranjeros, gasten en la seguridad de sus clientes y sus empleados, ni hablar… ME LEEN MAÑANA.

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