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El baile es de números. Cuarenta y nueve millones de pesos costará la remodelación de la Plaza de Armas, citada la inversión por la secretaria estatal de Obras Públicas, Patricia Izquierdo, el 15 de febrero cuando arrancaron los trabajos. Y de lamentos por parte de las cámaras de Comercio en Pequeño (Canacope) y la de Comercio, Servicios y Turismo (Canaco-Servitur), porque los comerciantes informales del centro histórico les causan ventas bajas a sus agremiados. Recurrente el lloriqueo pero inútil, pues la autoridad simplemente “no los pela”. Soslayado este problema por el ex alcalde Jorge Morales y bateado por el actual, Cuauhtémoc Blanco, los dirigentes de ambas organizaciones repiten la perogrullada de que el comercio informal ha crecido. Algo, disculpando el lector la expresión, que saben hasta los perros zocaleros. Lo de menos sería que los dirigentes de ambas organizaciones no se pongan de acuerdo en las cifras: el de la Canacope calcula cuarenta por ciento de aumento de ambulantes y semifijos en los últimos cuatro meses, y el de la Canacope-Servitur estima un cincuenta en 2015 comparado con años anteriores. Uno “amenaza”: enviará un oficio al Congreso Estatal con el fin de que exhorte al Ayuntamiento para que éste atienda el reclamo de sus más de 800 comerciantes afiliados, y otro pide directamente al gobierno de la ciudad que aplique un programa de regularización “de los negocios que están fuera de la legalidad”. Una “novedad” que seguramente les quita el sueño a los diputados y al presidente municipal  no le permite leer la revista “TV Notas”. Comprensible el enojo de los dueños de negocios en el corazón de Cuernavaca, lo es si no fuera porque la eventualidad de los desalojos en la Plaza de Armas y el Jardín Juárez deberían ser acompañados de la reubicación. ¿Pero dónde? Desperdiciado el terreno de la ex Arena Isabel, en donde alguna vez el extinto alcalde Jesús Giles bocetó la posibilidad de construir un pasaje para los plateros instalados en la placita del “Morelotes”, quedaría el predio de los edificios de Clavijero, hace años abandonados, supuestamente disponible  pero al parecer objeto de un litigio. O la idea hasta hoy irrealizable de echarle dos pisos a la Plaza Lido, financiada la construcción con un crédito de Banobras para acomodar en el segundo nivel a la informalidad del Zócalo y en la azotea un estacionamiento vehicular que hiciera costeable el proyecto.  Un sueño guajiro ante la realidad de que por sí mismos no se irán los comerciantes que un día sí y otro también se apostan en la Plaza de Armas, el Jardín Juárez, las calles de Guerrero, No Reelección, Degollado y Tepetates, invadida la explanada central y sus andadores por puestos de libros, ropa, sombreros, helados, dulces típicos y no; aderezado de vez en cuando el paisaje del caos absoluto con carpas de dependencias oficiales u organizaciones privadas para la promoción de programas de gobierno, servicios y mercaderías. Atrás de todo esto, la necesidad de los vendedores y el poder del líder del llamado Nuevo Grupo Sindical, Ben Hur Hernández Bringas, que les vende protección amparándolos federalmente hablando. Y en el fondo, la historia varias veces contada en este espacio. Data de mediados de los ochenta. “Los fayuqueros”, les decían. Vendían chácharas de manufactura nacional y artículos de contrabando, estaban en Tepetates y en la banqueta de la Woolworth. Se hicieron tantos que debieron sacarlos de la calle y meterlos en el Pasaje Degollado construido durante la administración municipal del priista  Juan Salgado Brito. Pero como el monstruo del desempleo siguió vomitando fenicios a la vía pública, en el ocaso de los noventa el primer alcalde panista, Sergio Estrada Cajigal, edificó el Pasaje Lido para meter ahí a los mercaderes callejeros que del centro histórico se habían apoderado, repetido el fenómeno en las glorietas de la Luna y del Niño Artillero. Eso fue ayer, y hoy la permanencia de los comerciantes casi fijos y los vendedores caminantes en la Plaza de Armas después de que antes del “grito” del 15 de septiembre sea reinaugurada. A no ser que alguna madrugada de estas Cuauhtémoc se aviente el tiro de desalojarlos por medio de un operativo policíaco. Esto les fascinaría a los dirigentes del comercio formal pero “El Cuau” es incapaz de hacerlo. No por el conflicto social en el que se metería, sino porque, creado en Tepito, comulga con el comercio callejero. Ni modo: Cuernavaca seguirá teniendo el récord del Zócalo más cochambroso de México… ME LEEN MAÑANA. 

 

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]