En algunas zonas y ciertos horarios, puedes escoger; hay tantos que a diferencia del ex De Efe lo puedes hacer. Así que buscas uno de modelo reciente pero te toca uno viejo. Subes y al instante aprietas la nariz, penetrante el desodorante de vainilla. Saludas al chofer y, precavido, preguntas cuánto te costará la dejada. Evitas una discusión o un abuso. Roto, del asiento trasero se asoma la punta de un resorte. Se justifica el taxista: “el patrón no quiere invertir en una funda”. Observas a tu alrededor y piensas que el dueño del taxi tampoco gastará en tapetes ni en las tapas de las portezuelas. La suspensión, que no deja de tronar, parece desarmarse cuando pasa un bache. Según suena, hace meses que el mofle cumplió su función de silenciar el motor. Repite el taxista, apenado: “el patrón no quiere invertir”. Por fin llegas a tu destino, pagas lo convenido y te juras que la próxima vez usarás un taxi menos viejo o aprenderás a usar la aplicación de los uber. De las rutas no quieres saber nada. ¿Están limpias? Regular. ¿Manejan bien los operadores? No, conducen como locos, rebasando, parando a media cuadra, hablando por celular, llevando la música a todo volumen, reemprendiendo la marcha cuando los usuarios aún no acaban de bajar. ¿Son corteses? Para nada. ¿Les dan un trato especial a las personas de la tercera edad, les respetan el descuento en el pasaje, son cuidadosos con las señoras embarazadas y la gente minusválida? No. Pero sabes por pláticas de amigos que son un buen negocio, mejor que los taxis; que los choferes pagan “cuentas” de ochocientos pesos pa’rriba, y que más que por rutas o derroteros se significan por familias que poseen varias. Sin embargo, la gran mayoría también se niega a invertir en unidades nuevas. Hoy mismo los concesionarios de taxis y rutas exigen dos cosas: que el Gobierno del Estado les financie la adquisición de vehículos cero kilómetros y les condone el cobro del 1.25% por las altas de automotores nuevos. Entonces la gente no tardará en reclamar: ciudadanos de tercera, a los automovilistas particulares nada les es condonado, y si negocio no son las rutas y los taxis, que los permisionarios renuncien a las concesiones y éstas les sean adjudicadas a personas dispuestas a invertir en la cacareada “modernización del transporte”. Recantada o utópica, aunque más o menos de esta manera debe ser: ni microbuses ni combis, sino unidades de tamaño intermedio como camionetas para doce pasajeros sentados. Que paren en las esquinas, pero no todas, distribuidos los derroteros de las mismas calles o avenidas en paraderos distintos. Ejemplo: las rutas números dos, tres y cuatro abordadas por los usuarios en lugares para ello señalados, y en otros las cinco, seis y siete. Naturalmente, el usuario debe caminar una o dos cuadras, pero el desplazamiento vehicular es ligero, no denso por el apretujamiento de los microbuses o combis dejando y levantando pasaje en solamente una “parada”. Los taxis sólo paran en las esquinas, equipados con taxímetros que precisan el costo del servicio e identificado el conductor por un gafete tamaño media carta que lo hace instantáneamente visible, con el nombre y la fotografía del operador así como el número económico, las placas de la unidad, el nombre y el teléfono del sitio al que corresponde. Los autobuses de pasaje foráneo, ubicadas sus terminales en las afueras de la ciudad, de modo que no entorpecen la circulación ni contaminan el aire que respira la gente. El transporte de carga, camiones tipo “torton” y tráileres, cargando y descargando las mercancías a partir de las diez de la noche para que no estorben el tránsito de personas y vehículos. Y los camiones de la basura, recolectándola de las 22.00 a las 6.00 horas, cubriendo más recorridos que de día y sin aportar al caos vehicular. ¿Es esto una fantasía? No. Grosso modo así funciona el transporte en ciudades inteligentes, con funcionarios públicos eficientes, organizaciones de transportistas subordinadas a la autoridad y ciudadanos demandantes del servicio por el que pagan, que debe ser bueno y al alcance del bolsillo popular. Qué hacer entonces. Simplemente ordenar el transporte de personas con el que contamos, sacar de circulación a las “rutas” y taxis” carcachas, obligar a los permisionarios a que los cambien por modelos de no más de diez años de antigüedad, que los choferes tomen cursos de buen comportamiento, y si no, que les cancelen las licencias. Seria sensacional. ¿Pero sabe o puede el secretario de Movilidad y Transporte, David Martínez Martínez? ¿Alcanzó a enseñárselo Jorge Messeguer?.. ME LEEN MAÑANA.

Atril
José Manuel Pérez Durán
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