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Manejar a Acapulco tomaba seis horas a partir del tramo de la “autopista”, de dos carriles nomás, Amacuzac-Iguala, y de ahí en adelante por la carretera federal hasta llegar al puerto dorado. Saliendo de la cuna de la bandera a Chilpancingo, pocas rectas en las que se podía acelerar, lento en las curvas antes de la sabana de la entrada al destino de playa más concurrido de entonces, comunes las imágenes de costeños vistiendo shorts dando la bienvenida en la  planicie que en su descenso ofrecía vistazos fugaces al azul de la mar. Había, pues, que ponerse al volante a las seis de la mañana para poder estar al mediodía rodando en la avenida costera, inexistente el túnel que años más tarde desembocaría arriba de La Diana e inevitable el tráfico vehicular en la avenida Cuauhtémoc que ya era denso. Desesperados los automovilistas que habían topado con filas de camiones fastidiosos en las curvas carreteras, el peligro era rebasarlos y estrellarse de frente con el vehículo que se desplazaba en sentido contrario. Pero eso se acabó cuando en 1993 fue abierta la Autopista del Sol que a los cuernavacenses nos empezó a poner en Acapulco en sólo tres horas y en cuatro a la chilanguiza del Distrito Federal. Para bien de los porteños, pues les aumentó el turismo que una década después y hasta hoy ahuyenta la violencia de la inseguridad. Y para mal de Cuernavaca, porque los turistas que solían quedarse aquí comenzaron a pasarse de largo hasta las playas de la bahía de Santa Lucía. Antes ya estaba el libramiento de la México-Cuernavaca, convertido paulatinamente por el crecimiento del parque vehicular en una calle más, construidas cientos de viviendas en sus costados, a poco levantadas las gasolinerías en ambos sentidos e invadido el derecho de vía por más edificaciones. Así se hizo necesaria la ampliación del libramiento, proyectada no a cuatro carriles más sino a seis para un total de diez… que dentro de poco tiempo serán insuficientes ya que el número de automotores continúa creciendo. Una obra que en estos días avanza no con la rapidez reclamada por miles de automovilistas, y lo que es peor, latente el riesgo de que en cualquier momento sea frenada porque el gobierno federal no pague a precios justos los inmuebles derrumbados. Doscientas once viviendas, decía meses atrás el delegado de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), José Luis Alarcón Ezeta, y no cuatrocientas ochenta merced a modificaciones al proyecto pero escondido hasta hoy el resumen de propiedades afectadas como locales comerciales, etc., etc. Y el quid en el que el columnista ha insistido: que los afectados sean indemnizados con sumas que siquiera se acerquen a precios comerciales, sabido que el gobierno federal paga a precios de miseria la tierra y las construcciones expropiadas “por causas de beneficio común”. Según una declaración del propio director del centro Morelos de la SCT, el “procedimiento constructivo” (método de expropiación) integra expedientes que se supone ya fueron enviados al Instituto de Administración de Avalúos de Bienes Nacionales, éste los regresa con un precio de la tierra y construcciones,  la SCT los entrega a Banobras para que emite los expedientes de pago, los afectados cobran y listo. Fácil para la burocracia cuadrada, impositivos los números de los dichos expedientes que señalan indemnizaciones de cien, doscientos y quinientos pesos por metro de tierra y cifras parecidas por metro de construcción que los expropiados no aceptarán porque en la zona del libramiento el precio comercial por metro cuadrado de tierra ronda los dos mil pesos y más. Habrá que estar atento a la reacción de los colonos, de los propietarios de estaciones gasolineras y de otros tipos de predios comerciales. Al ser posible que se amparen, y que como en el caso de Tepoztlán que obtuvo un amparo que a la fecha mantiene suspendidos los trabajos del ensanchamiento de la autopista La Pera-Cuautla en el tramo tepozteco, la “socialización” del libramiento de Cuernavaca debería ir mucho más allá de la tecnocracia de la STC. Y otra vez la idea machacada en este espacio como la solución de fondo que no fue contemplada: el segundo piso en lugar de la ampliación con carriles superficiales, por arriba de norte a sur y viceversa por abajo. Que costaría más, hubiera sido lo de menos. Lo aconsejan los ambientalistas que de esto saben: las ciudades inteligentes deben crecer hacia arriba, no a los lados… ME LEEN MAÑANA.

 

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]