“Casa natal Che Guevara”, reza un letrero en la intersección de las calles Entre Ríos y Urquiza, en el centro histórico de la ciudad de Rosario, Argentina. Paso por ahí en automóvil un mediodía de enero pasado, volteó a mi derecha y alcanzo a ver el edificio de estilo neo francés, coronado el último piso por lo que desde abajo parece una de esas pizarras que he apreciado en el barrio Recoleta de Buenos Aires. El vistazo es obligadamente rápido; no hay tiempo para detenernos. El verano debería estar matándonos de calor, gracias a Dios lo aligera un chipichipi pero pocas horas pasarán para que la radio y la televisión avisen que una sucesión de tormentas torrenciales ha inundado un trecho grande de la autopista que el día anterior me llevó de la capital porteña a la ciudad natal del Che.

Las presunciones de los rosarinos y el señalamiento oficial aseguran que en un departamento de ese edificio nació el niño Ernesto Guevara de la Serna, y otras versiones, que su mamá Celia De la Serna lo parió en una clínica de la misma ciudad y sólo vivió unos meses en el dicho inmueble. Se antoja lógico que, embarazada de ocho meses, Celia y su marido Ernesto Guevara Lynch iban en un barco de la provincia de Misiones por el río Paraná hacia Buenos Aires, pero que no contaban con que la iban a agarrar los dolores de parto y tuvieron que bajar en Rosario.

Diez minutos bastan para que Marcelo Turcato, primo de mi mujer Stella, nos ponga en el Monumento Nacional a la Bandera, a orillas del río Paraná en donde el general Manuel Belgrano enarboló por primera vez la bandera argentina. Librada por éste en el llano cercano una batalla importante en la guerra por la independencia argentina, pienso en el sitio de Cuautla que por la misma época pero a ocho mil kilómetro de distancia rompieron las huestes del generalísimo José María Morelos, en mayo de 1812. Llamada esta explanada por obvias razones Parque Nacional de la Bandera, los rosarinos le adjudican al futbolista Lionel Andrés Messi, quien también vio la luz primera en Rosario, la propiedad de un restaurante ubicado a tiro de piedra en el lomo de una colina.

Capturado El Che por el ejército de Bolivia y ejecutado por una orden de la CIA el 9 de octubre de 1967 en un aula de la escuela de la comunidad serrana de La Higuera, fue enterrado de manera clandestina en el aeropuerto de Vallegrande, donde debieron transcurrir casi tres décadas para que sus restos fueran encontrados y llevados a la ciudad de Santa Clara, Cuba. Fue ahí, en el último bastión del dictador Fulgencio Batista, que al frente de un grupo de guerrilleros con no más de trescientos hombres, el 28 de diciembre de 1958 Ernesto Guevara derrotó al ejército del gobierno cubano. Aun cuando era superado en número de hombres y armamento, ganó, se hizo del tren de pertrechos militares y apenas lo supo Batista huyó la noche del 1 de enero hacia la República Dominicana.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con Morelos? Bastante, anunciada para este día la presencia en Yautepec de una de las dos hijas que tuvo El Che, Aleida Guevara Coss. (La otra fue Hilda Beatriz Guevara, hija de su primera mujer Hilda Gadea, con quien se casó en Tepotzotlán, estado de México. Nacida en nuestro país, Hilda Beatriz moriría en agosto de 1995, y su hijo Canek Sánchez, un escritor de oposición al régimen castrista, en enero de 2015 en la Ciudad de México). También vendrán uno o ambos: el embajador de Cuba en México, Pedro Núñez Mosqueda, y el consejero cultural de la propia sede diplomática, Waldo Leyva. Por gestiones del alcalde Agustín Alonso Gutiérrez y el respaldo de la diputada federal Marisela Contreras con respecto a la atracción de recursos de la federación por cinco millones de pesos, la delegación isleña estará aquí para la ceremonia en la que será formalizada la construcción del Museo de Cuba en “Yaute”. Y se le ocurre al columnista esta idea: qué tal si aprovechando la ocasión, Agustín hijo y su padre Alonso Mendoza proponen que Yautepec y Rosario se conviertan en ciudades hermanas. Que, a propósito del antimexicanismo de Donald Trump, pongan un letrero grande en el Zócalo de Yautepec igual al que está o estaba en el malecón de La Habana y diga: “no les tenemos ningún miedo a los imperialistas”. O que se hermanen Rosario y Ciudad Ayala, por el hecho irrebatible de que tanto el rosarino Guevara como el morelense Emiliano Zapata fueron revolucionarios armados en sitios y etapas diferentes del siglo XX del cual surgieron a la historia como íconos universales de libertad, justicia e igualdad… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán  /  [email protected]

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