¡El verdadero milagro es sobrevivir a tanta calamidad! –escuchamos al vuelo en una concurrida calle del centro. Puede ser en la nuestra o en cualquier ciudad, pueblo, colonia o barrio del país. Tal exclamación vino propósito de que ayer sábado, en muchos puntos aledaños a la Ciudad de México y más allá, arrancaron las peregrinaciones para celebrar, mañana lunes 12, los 485 años de la aparición de la Virgen de Guadalupe. 

Milagro es, en efecto, salir adelante en medio del manejo desastroso de la economía nacional, como también es un verdadero portento que, con tan bajas y reprobatorias calificaciones de aceptación, el grupo en el poder se mantenga contra viento y marea en su propia ineptitud y mediocridad.

Otro milagro, y no necesariamente guadalupano, será para uno de los obispos que se mencionan como candidatos a suceder a Norberto Rivera al cargo de arzobispo primado de la Ciudad de México. Un tema que ya ocupa a buena parte de la grey católica de Morelos, al ser incluido en el póker de los nominados Ramón Castro y Castro, el obispo de Cuernavaca. 

Entre tanta maravilla, este dominical espacio no se puede sustraer al poder de convocatoria de la Virgen del Tepeyac, sea o no milagrosa la aparición, sea o no pintada la imagen en el ayate de Juan Diego. Lo que sí es un auténtico milagro, es el aguante de mexicanas y mexicanos ante monumentales pifias gubernamentales, por decir lo menos. Para nutrir la memoria, vamos a recordar argumentos a favor y en contra del milagro guadalupano en tanto esperamos el favor divino que nos dé fuerza para aguantar lo que queda del 2016, el 2017 y…    

 

CONTRA ARGUMENTOS

La imagen original de la virgen de Guadalupe es originaria de Extremadura, España. No por nada Hernán Cortés y muchos de sus soldados eran extremeños. Uno de ellos traía una imagen de dicha virgen con todo y marco, la cual tuvo que abandonar en el campo por estar herido durante el fragor de la famosa persecución mexica conocida como “La noche triste”.

La virgen de Guadalupe española se “apareció” en la sierra de Guadalupe (Extremadura) poco más de doscientos años antes que la mexicana, hacia 1322. La leyenda española es muy similar a la mexicana: la virgen se le aparece en el cerro a un humilde pastorcillo y pide que se le construya allí mismo una iglesia. El pastor lleva la petición a los clérigos, que no le hacen caso. La aparición y la petición se repiten. Un hijo del pastor resucita después de ser dado por muerto. Los clérigos van al lugar de la aparición con el pastor y encuentran oculta una escultura de la virgen, “esculpida sin intervención humana”. Levantan el santuario y a la virgen se le conoce también como “morenita de las Villuercas” (un pueblo cercano), porque la imagen de madera es morena. El primer documento que relata la leyenda extremeña de la aparición de la virgen y la escultura es de 118 años después de la supuesta aparición, por allá de 1440.

Fray Juan de Zumárraga, obispo de México, no conoció a Juan Diego. En sus múltiples relatos, archivos y cartas el primer obispo de México –a quien se pone como el testigo presencial de la aparición milagrosa de la imagen de Guadalupe en la tilma de Juan Diego– no menciona a Juan Diego, ni al milagro ni a la virgen milagrosa, ni siquiera da un indicio de que hubiera oído hablar de ellos.

Existe en cambio un sermón del mismo Zumárraga, posterior a la supuesta o real aparición, que habla de que “ya no hay milagros en su época, ni son necesarios para creer en Cristo”.

Por lo anterior, a la imagen de Guadalupe no se le consideraba de origen milagroso. Hay documentos que prueban que la imagen de Guadalupe y la capilla del Tepeyac existían desde antes de 1556 y los indios la consideraban “milagrosa” en el sentido de que hacía milagros. Pero no se menciona la aparición, ni al indio Juan Diego, ni el plasmado sobrenatural de la imagen.

El sucesor de Zumárraga, el obispo Fray Alonso de Montufar, en un sermón de 1556 se suma a los rumores de que la Virgen hace milagros para atraer una mayor devoción de los indios hacia ella, lo que le trae severas críticas de los franciscanos, enemigos de la idolatría.

En el mismo año de 1556, Fray Antonio de Huete pide al arzobispo que por lo menos deje de llamarla “Nuestra señora de Guadalupe”, sino de Tepeaca (Tepeyac), puesto que en España ya había una virgen con ese nombre por el lugar que se llamaba así, Guadalupe.

Fray Francisco de Bustamante señala en un sermón que “decirle a los naturales que una imagen pintada ayer por el indio llamado Marcos Cipac de Aquino hacía milagros, era sembrar gran confusión”. Y el arzobispo Montufar ordena más tarde que “no se haga reverencia al lienzo, ni pintura, ni palos de las imágenes, sino a las imágenes por lo que representan”, lo que no deja de ser una contradictoria forma de llamar al producto de tan portentoso milagro.

Considerado el primer etnólogo de México, en 1570 Fray Bernardino de Sahagún califica de fe la “invención satánica para ocultar la idolatría, a la adoración a la virgen de Guadalupe que sólo disfraza la adoración a la diosa Tonanzin, como también llaman los indios a Nuestra Señora de Guadalupe”.

Para mayores complicaciones, en 1574 le cae a la ermita una inspección del monasterio de Guadalupe de Extremadura por el asunto de las limosnas que debía entregar la casa Guadalupana de México a la casa Matriz en Extremadura. Algo así como los derechos de uso o regalías de la imagen original. O sea, cobraron la renta por el uso de la franquicia “Guadalupe”. Ni más ni menos. 

 

EL MILAGRO 

Un siglo después, algunos documentos empiezan a mencionar el “milagro guadalupano”. Pocos dan la fecha de 1531 como el año del milagro, varios citan 1555 y 1556, es decir, más de veinte años de la fecha manejada hasta hoy. 

En 1648, el predicador Miguel Sánchez publica un libro con el relato que le da su forma actual a la leyenda guadalupana. Es ese libro donde se dan todos los detalles que ahora conocemos. Resulta que el primer sorprendido con el relato de Miguel Sánchez es el vicario de la capilla de Guadalupe, Luis Lasso de la Vega, quien tiene a su cargo la capilla y la imagen guadalupana pero ignoraba todo sobre el portentoso estampado de la virgen del Tepeyac antes de leer a Sánchez, como él mismo lo escribe en 1649.

En un arrebato piadoso, el vicario Lasso decide adaptar el difícil texto a un lenguaje sencillo y lo traduce al náhuatl. A este relato se le conoce como “Nican mopohua...”, y es considerado por muchos como la mayor evidencia del milagro guadalupano.

 

ARGUMENTOS

Antes de la llegada de los españoles, el Tepeyac era el centro del culto a la diosa de la Tierra. Es la famosa efigie de Coatlicue de la cultura mexica correspondiente al Posclásico Tardío, en los siglos 1100 y 1400.

Desde la época prehispánica, el Tepeyac había sido un centro de devoción religiosa para los habitantes del valle de México. En esta eminencia geográfica, localizada en lo que fuera la ribera occidental del lago de Texcoco, se encontraba el santuario más importante de la divinidad nahua de la tierra y la fertilidad. Esta diosa era llamada Coatlicue o cóatl-cuéitl, ‘”señora de la falda de serpientes’ en náhuatl, que por otros nombres también fue conocida como Teteoinan (téotl-nan, “dios madre” (o madre de los dioses en náhuatl), Tocci o Tonantzin (to-nan-tzin, “nuestra adorable madrecita” en náhuatl, nombre que le fue dado posteriormente por los indígenas). El templo de Toci fue destruido como resultado de la Conquista.

Suspicaces y bien enterados de la importancia religiosa del santuario indígena del Tepeyac, los franciscanos decidieron mantener en el lugar una pequeña ermita. La decisión de darle continuidad a una ermita se dio a pesar de una intensa campaña de destrucción de las imágenes de los dioses mesoamericanos, a los que los españoles veían como una amenaza para la cristianización de los indígenas.

Se cree que uno de los primeros registros sobre la existencia de la ermita corresponde a la década de 1530, muy cercana a la fecha de las “apariciones”. Los indígenas se dirigían al lugar siguiendo la tradición prehispánica. Dos décadas más tarde, no sólo los naturales acudían a la ermita del Tepeyac para venerar –según documentos de la época– la imagen aparecida de la Virgen María. En efecto, a mediados del siglo XVI la devoción hacia la imagen se había extendido entre los criollos.

La tradición católica cree que la aparición de la imagen de la Virgen de Guadalupe fue en 1531, diez años después de la caída de México-Tenochtitlan a manos de los españoles. Esta fecha aparece registrada en el Nican mopohua, uno de los capítulos que integran el Huei tlamahuizoltica, obra en lengua náhuatl publicada por el ya mencionado Luis Lasso de la Vega y que la tradición atribuye al indígena Antonio Valeriano.

En el siglo XVII, el chalca Domingo Francisco Chimalpahin Quauhtlehuanitzin recogió los primeros documentos en sus Relaciones de Chalco Amaquemecan, en los cuales ubica el suceso en 1556. 

INCONTROVERTIBLE

De regreso a los méritos del obispo de Cuernavaca para suceder a Norberto Rivera, la semana pasada en el semanario “Proceso” se incluyó el diagnóstico del especialista Rodolfo Soriano, quien apuntó: “El obispo Ramón Castro ha tenido mucha cercanía con las comunidades urbanas y rurales morelenses que están peleando por sus derechos y enfrentándose, incluso, con el gobernador Graco Ramírez”. Agrega que Castro lo mismo abre centros de apoyo a víctimas de la violencia que encabeza manifestaciones contra el matrimonio gay, permitido por el Congreso local a instancias del jefe del Ejecutivo. Una posición que no va en la línea progresista y “comprensiva” del Papa Francisco sobre el tema, lo cual restaría puntos a Castro y Castro para ocupar el obispado de la CDMX. Punto.

La autenticidad de la pintura del ayate y los supuestos portentos que éste registra dan para media docena más de comentarios dominicales. Pero así lo dejamos por hoy. Incontrovertible, el hecho es que la fe de aquellos mexicas la heredamos los mexicanos de hoy y mantenemos el fervor a la Tonantzin Guadalupe. Así sea… ME LEEN MAÑANA. 

Atril Dominical
José Manuel Pérez Durán
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