Los conflictos Iglesia-Estado son parte sustancial y van al parejo de la historia de sendas instituciones. Los ámbitos de una y otra quedaron bien delimitados cuando en el renacentista siglo XVI, uno de los fundadores de la ciencia política, Nicolás Maquiavelo, separó la moral de la actividad de gobernar y el ejercicio del poder. 

Ggroso modo, aquélla es el conjunto de reglas que rigen el comportamiento de la gente hacia un ideal religioso o espiritual, y la segunda es una actividad “intrínsecamente perversa” que explota lo mejor y lo peor de la naturaleza humana para conseguir fines no siempre por medios no necesariamente escrupulosos cuyos resultados no son necesariamente para el bien común, sino para el lujo y confort de unos cuantos.  

Es decir, algunos jerarcas católicos no se resignan al papel que les corresponde como ministros de culto y llevan su activismo social, que como representantes de una iglesia les toca desempeñar sin duda, hacia los confines del proselitismo político. Esto claro, para apoyar “moralmente” a políticos con aspiraciones de gobernantes que son afines a la moral católica de ultraderecha y contraria a la pragmática división Iglesia-Estado. 

Sin entrar en los archiconocidos detalles del asunto Ramón Castro vs Graco Ramírez que ya se convirtió en un “culebrón” al más puro estilo telenovelero, es pertinente resaltar algunos episodios históricos de la no bien avenida relación del poder eclesial con el poder político. 

Para ponernos en contexto, es necesario recordar la Guerra de Reforma y la Cristiada como dos episodios clave que dan luces sobre la vigencia de la controversia protagonizada por aquellos personajes en nuestros días. Y de paso, dar algunos detalles que hasta cierto punto podrían explicar la beligerancia del obispo de Cuernavaca contra un gobierno estatal auto considerado como progresista y liberal.

LA REFORMA 

Todo parte en México con la Guerra de Reforma de México, también conocida como la Guerra de los Tres Años que tuvo lugar del 17 de diciembre de 1857 hasta el 1 de enero de 1861, con la entrada del presidente Benito Juárez a la capital del país. Fue el conflicto armado que enfrentó a los dos bandos en que se dividió la sociedad mexicana: liberales y conservadores y cuyo “pique” prevalece. 

Las Leyes de Reforma establecieron al fin la separación de la Iglesia y el Estado, y consistió en cuatro leyes que fueron un gancho al hígado del poder eclesial mexicano: Ley de nacionalización de los bienes eclesiásticos, matrimonio civil y del registro civil y sobre el estado civil de las personas. El decreto abolió toda intervención del clero en cementerios y camposantos y la prohibición de la asistencia oficial a las funciones de la Iglesia. Un año más tarde, el 4 de diciembre de 1860, se expidió la ley sobre libertad de cultos. 

Este conjunto de ordenamientos fueron el inicio de una nueva era en la política, la economía y la cultura en México, y también la pérdida de los millonarios ingresos que obtenían los príncipes de la iglesia y que, al parecer, tiene un capítulo más en el pleito por las limosnas del santuario de Tepalcingo, protagonizado desde 2015 por el titular de la diócesis de Cuernavaca contra los mayordomos organizadores de la feria del señor Nazareno. 

RAMÓN

Si nos atenemos al perfil de sus antecesores, podríamos especular que Ramón Castro Castro, por su cercanía a la gente que comparte con el Papa Francisco, es una mezcla de ciertos rasgos de don Sergio Méndez Arceo –obispo de 1952 a 1982–, quien impulsó la controvertida Teología de la Liberación y las Comunidades Eclesiales de Base, el ala progresista de opción por los pobres y tachada de “izquierda y marxista”. La gran diferencia es que Méndez Arceo nunca dio “asilo” a aspirantes a la gubernatura so pretexto de “escuchar todas las voces”, lo cual da tela para otro tema dominical. 

Por el otro bando, Castro cumple el perfil ultraderechista y ortodoxo de Juan Jesús Posadas Ocampo (1982-1987), Luis Reynoso Cervantes (1987-2000), Florencio Olvera Ochoa (2002-2009) y Alfonso Cortés Contreras (2009-2012). 

Algunos datos de la biografía de don Ramón hablan por sí solos de las posturas que lo enfrentan con el poder público. Hay que recordar que el 8 de abril del 2006, Castro fue nombrado obispo de Campeche por Benedicto XVI. Ahí permaneció hasta mayo del 2013, cuando fue trasladado a la diócesis de Cuernavaca por el papa Francisco, de la cual tomó posesión el 10 de julio del 2013.

Desde julio de 2015, el obispo de Cuernavaca ha enfrentado diversas acusaciones. La comunidad de Tepalcingo interpuso una demanda judicial contra el párroco y el obispo por el robo de una custodia valiosísima así como por el manejo de los ingresos procedentes de la feria de esta comunidad. Además, el ex seminarista Felipe Izquierdo acusó judicialmente a Castro de proteger a dos sacerdotes pederastas que abusaron de él en Campeche entre el 2007 y el 2008.

Considerado uno de los pocos obispos que en el ejercicio de su trabajo se acercan al modelo descrito por el Papa Francisco, en cuanto a la cercanía con la gente, el XII obispo de Cuernavaca es considerada en medios de comunicación de la Ciudad de México como “una personalidad pública en ascenso”.

Un segundo aspecto que podría influir en las posturas del Obispo de Cuernavaca es que estuvo fuera de México entre 1985 a 2004, años de profundos cambios sociales y políticos en México. Ramón no vivió las batallas de la Iglesia por los cambios constitucionales, ni la de apertura política, la alternancia de partidos, la emergencia de la guerrilla,  la debacle económica de 1995, las luchas por las mujeres en su derecho a decidir y de los grupos de preferencias sexuales diferentes, lo cual no quiere decir que, de conocerlas, las hubiera aceptado pero al menos podría ayudarle a moderar una realidad social que rebasa la ortodoxia de la iglesia católica y que su mismo jefe, el Papa Francisco, ha aceptado.  

Ramon Castro Castro, a cambio de su ausencia de casi veinte años de México, tuvo la oportunidad de conocer a los altos jerarcas de hoy en la Santa Sede, lo que le valió ser el coordinador de la visita de los obispos al papa en el 2014 y, al parecer, le da confianza para erigirse como punta de lanza de posturas ortodoxas a las que la iglesia católica no puede renunciar, muy a pesar del progresismo de Francisco.  

Con respecto a su labor como obispo de Campeche, fue muy productivo en el terreno pastoral, ya que el número de sacerdotes ascendió de 54 a 114, más de la mitad de origen local; las parroquias pasaron de 34 a 62 y se contuvo el avance de las sectas. En contra tiene el hecho de ser señalado como tenerle afecto al lujo, pues construyó en Campeche una residencia de más de 10 millones de pesos, y de proteger a curas pederastas procedentes de otras diócesis. Además, en 2012 llamó a los fieles a “no votar por los partidos que impulsarán la legalización del aborto y el matrimonio igualitario”, o sea, contra el PRD.

Con dicho antecedente no debe extrañar que, desde su inicio, la relación con el gobierno estatal se enfriara cuando el Obispo optó por acompañar a la sociedad civil en su reproche al gobernador Graco Ramírez y encabezar cuatro marchas por la seguridad. También por ir a contracorriente de las iniciativas del Ejecutivo de Morelos a favor de los matrimonios igualitarios y la despenalización del aborto.

LA CRISTIADA 

Para retomar el aspecto histórico de las confrontaciones Iglesia -Estado, hay que considerar la Guerra Cristera, guerra de los cristeros o Cristiada, de 1926 a 1929. Ésta se dio entre el gobierno y milicias de laicos, presbíteros y religiosos católicos que se resistían a la aplicación de legislación y políticas públicas orientadas a restringir la participación de la Iglesia católica sobre los bienes de la nación así como en procedimientos civiles. Igualito que ahora Ramón se opone a políticas sociales de Graco. 

Confrontada con esta situación, la Iglesia intentó reunir dos millones de firmas para para echar atrás las Leyes de Reforma. Obvio, la demanda fue rechazada. Los católicos de entonces llamaron y realizaron un boicot para no pagar impuestos, minimizar el consumo de productos comercializados por el gobierno, no comprar billetes de la Lotería Nacional, ni utilizar vehículos a fin de no comprar gasolina. 

En enero de 1927, empezó el acopio de armas; las primeras guerrillas estuvieron compuestas por campesinos. El apoyo a los grupos armados fue creciendo, cada vez se unían más personas a las proclamas de ¡viva Cristo Rey! y ¡viva Santa María de Guadalupe! lanzadas por quienes fueron conocidos como los cristeros. El origen del sustantivo “cristero” es polémico. Hay quienes consideran que fueron ellos mismos quienes primero utilizaron el nombre, para identificarse, pero también existen investigadores que deducen que, en sus orígenes, era una expresión despectiva usada por agentes del gobierno.

Los alzamientos siguieron durante 1926 en Jalisco, Nayarit, Zacatecas, Guanajuato y Michoacán. Luego se sumó casi la totalidad del centro del país. Sin embargo, obispos mexicanos con muy contadas excepciones se distanciaron rápidamente del movimiento armado, desconocieron a la Liga y trataron de negociar la paz con el gobierno de Calles mediante la mediación del gobierno de los Estados Unidos.

AL CÉSAR…

Claro que la beligerancia del titular de la diócesis de Cuernavaca no va a llegar a los extremos de los católicos de los años veinte del siglo pasado. Pero ello no lo exime de ser percibido, junto con los políticos de derecha cobijados bajo su sotana, como una especie de los neo-cristeros que se oponen sistemáticamente a todo a lo que huela a libertades individuales. Es así que se mantiene vigente la advertencia del rabí judío, crucificado –no hay que olvidarlo– por su rebeldía a la ortodoxia de su tiempo y de los fariseos del templo: “Dar a César lo que es del de César…”. ME LEEN MAÑANA.

Atril dominical
José Manuel Pérez Durán
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