En Xochitepec la tormenta “Javier” mató una mujer que quedó atrapada en  su auto en un paso a desnivel,  provocó derrumbes en la carretera federal Cuernavaca-Cuautla e inundó 150 casas habitadas por 800 personas. Como pocas veces ha sucedido, la semana pasada grandes cantidades de agua se abatieron sobre la capital, Jiutepec, Yautepec, Tepoztlán, Emiliano Zapata, Tlaltizapán, Temixco y “Xochi”. Y a su paso por Puebla, Veracruz e Hidalgo el huracán “Earl” dejó una estela de muerte y destrucción, contabilizada una cincuentena de decesos, laderas de cerros desgajados, miles de personas desplazadas a refugios temporales y afectaciones a la infraestructura carretera. Una desgracia que como siempre se cebó en los más pobres.
Implacable, contra la naturaleza nadie la talla. Un juego recurrente que suele ir del frío de la lluvia al calor de las llamas.  A diferencia del trienio 2011-2013, durante 2014 y las dos cuartas partes del año pasado la cifra de incendios bajó drásticamente debido a la abundancia de lluvias que sin embargo no dejaron de ser irregulares. Con interrupciones por semanas que convirtieron a la canícula –ese intenso calor húmedo después de una noche de la lluvia– en factor de otros riesgos, uno de ellos se tradujo en patente peligro con la plaga del llamado “pulgón amarillo”, cuya inicio de acción destructora sobre los cultivos de sorgo se detectó el 20 de julio de 2015. Este insecto apareció o recrudeció sus voracidad a partir de 2010, en India y Oceanía, y desde aquellas latitudes avanzó hasta entrar por Norteamérica a México a través de Tamaulipas, a finales de 2013, donde generó una catástrofe entre los sorgueros de aquella entidad. 
Siempre sujeta a múltiples variables, la producción agrícola es una actividad de alto riesgo. El éxito de las cosechas no sólo depende de la calidad de la tierra, los financiamientos y los fertilizantes, también está el factor del clima. Los abruptos cambios del estado del tiempo tienen con el Jesús en la boca a campesinos y autoridades del sector. Para identificar algunos de los numerosos  daños presentes y por venir en Morelos, revisemos a uno de ellos conocido como El Niño así como un listado de sus consecuencias durante los últimos años.
  
CHAMACO
Es un fenómeno climático cíclico que provoca estragos a nivel mundial. Debido al calentamiento de las aguas del Océano Pacífico, las zonas más afectadas están en Centroamérica  y América del Sur. El nombre del fenómeno de El Niño se debe a que ocurre cerca de Navidad, por las costas oeste del sur. La denominación oficial es “Oscilación del Sur El Niño”, un síndrome o alteración climática con más de 7 mil años de registro pero que ha intensificado sus efectos por la elevación de la temperatura del planeta y las aguas costeras durante las últimas décadas, a causa, entre otras, de la quemazón del petróleo en industrias y automóviles. En otras palabras, El Niño no es el causante en sí de los desastres, sino que su potencial peligrosidad lo ha desatado la polución y el uso de combustibles fósiles.
Además de megahuracanes de magnitudes pocas veces vistas, existen especies que no sobreviven al cambio de temperatura, con enormes pérdidas para el mercado de los alimentos. El Niño y su cambio de régimen climático propicia epidemias como el cólera y el dengue, muy difíciles de erradicar.

LLAMAS 
El aumento de los incendios es también consecuencia del recrudecimiento de las “travesuras” de El Niño. Cada década se presentan condiciones favorables a la incidencia de incendios forestales. Los buenos temporales precedentes favorecen la reproducción de árboles, pastizales y hierba, lo que luego, con la resequedad cíclica, se convierte en pasto de fuego. Fue así que 2014 y 2013 fueron críticos en materia de conflagraciones. 
En 2013, durante los meses de estío el humo se coló al interior de viviendas y negocios en Jiutepec, Tepoztlán y Tlayacapan; la visibilidad era escasa y el ardor en ojos y garganta una constante. No se tiene memoria en Morelos de incendios de tal magnitud, aunque especialistas indican que son ciclos de diez años, con la secuela de altas temperaturas y sequías. Es cuando los termómetros en Cuernavaca oscilan entre los 33 y 35 grados, mientras en municipios de la zona sur y el poniente llegan a 40 y 42. Una verdadera hornaza. 
Factores como el incremento de motores de combustión interna, el uso de combustibles fósiles –petróleo, gasolinas, diesel y carbón, principalmente–, pavimentación y falta de recargas en mantos freáticos, deforestación y un largo etcétera de elementos se confabulan para recrudecer las periódicas sequías de cada década. Entonces, cualquier chispa enciende la hojarasca, pastizales y hierbas secas, la tierra reseca y ardiente. Una colilla arrojada con negligencia, un envase de vidrio que hace las veces de lupa, un descuido en la quema de la hierba en un terreno de cultivo, una fogata mal apagada pueden desatar el infierno y la pérdida de cientos o miles de hectáreas de bosques y pastizales con daños a la flora y fauna de esos parajes.
Como paliativo a la crisis del aumento de los incendios, el 2011 en México fue declarado Año Internacional de los Bosques. Paradoja: ese mismo periodo se registró una oleada de incendios forestales que no se había visto en doce años. Por ejemplo, la conflagración en la sierra de Coahuila que duró un mes, afectó pastizales y bosques en la frontera con Estados Unidos, en una extensión de 98 mil hectáreas. Esa cifra fue el 85% de todo lo quemado durante 2010 en el país. Además de Coahuila, el estado de México, Puebla, Chihuahua y Guerrero registraron un aumento de incendios forestales. Fueron las entidades más afectadas durante ese año, en tanto Sonora se declaró en “estado de emergencia”. La Comisión Nacional Forestal  atribuyó a la oleada de calor de El Niño el incremento de siniestros en el norte del país, pero detrás de todo está la mano de la irrefrenable contaminación. 

DAÑOS
Entre 2013 y 2014 se documentaron 5 mil 095 incendios forestales en todo el país, afectando una superficie de 92 mil hectáreas, de las cuales el 94.62% correspondió a vegetación hierbas y arbustos y arbustivo y el 5.38% a los bosques. Entre las entidades con mayor número de incendios en ese bienio estuvieron Edo-Mex, Distrito Federal, Michoacán, Puebla, Hidalgo, Chihuahua, Tlaxcala, Jalisco, Chiapas y Veracruz, que representan el 85.52% del total nacional. Los estados con mayor superficie quemada fueron Baja California Sur, San Luis Potosí, Guerrero, Oaxaca, Jalisco, Puebla, México, Michoacán, Veracruz y Chihuahua, que significan el 76.73% del total nacional. 
Los incendios forestales han contribuido en todo el mundo al deterioro de los recursos naturales, a pérdidas económicas (directas o indirectas) y de vidas humanas. En México esta situación no es la excepción. De acuerdo con las condiciones climáticas y meteorológicas, cada año se presentan incendios forestales de diversas magnitudes. 

PULGÓN
Gracias a la alerta fitosanitaria del 22 de julio de 2015, ante el reporte de la aparición del pulgón amarillo –un insecto que se reproduce velozmente y es muy voraz– en los campos del sorgo en Morelos se preservaron 36 mil de las 42 mil hectáreas cultivadas, lo que permitió el control de la plaga por una acción en la que participaron 2 mil 229 productores de 25 municipios.
En coordinación con alcaldes y ejidatarios, la respuesta de las dependencias federales y estatales y del Comité Estatal de Sanidad Vegetal fue hacer recorridos por los campos de cultivo y toma de muestras para determinar la distribución del brote del bicho, además del adiestramiento de aplicación del insecticida para su eliminación.
Aportada por el gobierno, parte del apoyo a los productores fue el 50 por ciento del gasto para la adquisición del producto químico y el resto cubierto por los sorgueros.  En la revisión y aplicación del insecticida se detectaron parcelas afectadas por sequía y plantas deterioradas por las granizadas de principios de agosto. En esos casos los productores consideraron no gastar ya en la eliminación del pulgón, pero a algunos productores le llovió sobre mojado pues encima les cayó la plaga. 
 El pulgón amarillo apareció en el oriente y el sur de Morelos durante el periodo de la canícula, condición de calor que estimuló el desarrollo de la plaga. Sin embargo, las últimas lluvias contribuyeron a que, junto con el control químico implementado, se detuviera el desarrollo de los insectos. La explicación es que el bicho es muy agresivo, pero relativamente sencillo de eliminar por la lluvia o el agroquímico aplicado. 
Las brigadas de productores y técnicos del sector agrario estatal y federal  mantuvieron la vigilancia sobre los campos de sorgo. El del pulgón amarillo  había atacado como desde hacía décadas no había ocurrido en décadas en Morelos. 

ENCOMIENDA 
La conclusión de este recuento de los daños del calentamiento global sobre el fenómeno de El Niño, y de éste sobre los cultivos, es que 2015 fue un mal año para la agricultura de Morelos. Pocos días después de la aparición del pulgón amarillo, en mil 300 de las 40 mil hectáreas cultivadas de sorgo n 2015 hubo insólitas granizadas en campos de Popotlán, municipio de Temoac, Cuautla, y Tlaquiltenango que arrasaron con parcelas completas. La mayoría estaban aseguradas, pero eso no evitó la grave afectación a los productores. 
El Niño –el cambio climático y la calentura de la Tierra que todos propiciamos con nuestros hábitos de consumo y la emisión de contaminantes– ha transformado a Morelos. Hoy la nuestra es una entidad de alto riesgo climático con sequías recurrentes, zonas agrícolas en constante riesgo de inundación y, derivado de estos abruptos cambios, en cultivos aparecieron o se recrudecieron plagas y enfermedades antes inicuas. 
Los pobladores del México antiguo encomendaban y agradecían al dios Tlaloc las lluvias propicias y le pedían alejar las granizadas y sequías. Hoy, como dijo un agricultor en una de las reuniones de emergencia por los siniestros: 
“Campesinos, ejidatarios y las autoridades hemos hecho nuestra parte para evitar los siniestros en los cultivos”. Pero ni así se pueden evitar tremendos daños. Con tanto cambio del clima no nos queda sino mantener la fe y encomendarnos a Dios… ME LEEN MAÑANA.

Atril dominical
José Manuel Pérez Durán
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