Mientras la atención nacional se debate entre el arranque de la Copa Confederaciones de fútbol, el espionaje telefónico a periodistas y a activistas, si la PGR se va a investigar a sí misma, a la Sedena y al CISEN para determinar cuál de las tres espía incluso  a Enrique Peña Nieto –después de admitir éste, el jueves pasado, que “hasta yo mismo me he sentido espiado”–, bajito, sin hacer ruido, aunque las más enteradas son las jefas de familia, la inflación cumulada en este año ya se ubicó en 6.3 por ciento. Esta cifra que no se había alcanzado desde 2009.
No se trata de aquellas hiper inflaciones de dos o más dígitos, ni de las espantosas devaluaciones que se vieron por allá de los años ochenta del siglo pasado, pero aparte el análisis económico-financiero a cargo de los expertos es de sentido común deducir que el índice de aumento de precios de productos básicos y un crecimiento de apenas el 1.2 por ciento del PIB nacional le pegan directamente a las clases populares.
Recordemos que el bajo crecimiento determina la muy baja producción de empleos, la insuficiente realización de obra pública y el dinamismo económico que ésta representa en la caída de la calidad de vida de la gente. Si a esto le agregamos que lo único que no baja es el índice de los delitos de alto impacto (extorsión, secuestro y asesinatos) así como secuela de robos de autos, a casas habitación, al transporte público y los feminicidios, la pesadilla que quita el sueño a los mexicanos es qué han hecho mal para tener un gobierno.
Obvia la respuesta, demos un repaso comparativo de lo que fue la inflación entre 1982 y 1988, la más alta registrada en la historia de México y algunas circunstancias políticas y sociales que se vivieron en aquel período para contrastarlas con las dificultades del actual gobierno y la forma en que las enfrentaron los presidentes de entonces y ahora. Esto, antes de entrar en materia aclaremos, recordemos qué es la inflación y el por qué algunos economistas argumentan a favor del fenómeno como un detonante de una “economía sana”.

DEFLACIÓN
‘Ora sí que para empezar por el principio, hay que anotar que a diferencia de la inflación –caracterizada por el incremento creciente y sostenido de los precios–, la deflación es un proceso en el que los precios bajan sostenidamente ante señales de baja productividad, consumo raquítico y debilidad económica. O sea, exactamente los síntomas que presenta la economía mexicana. En otras palabras, el mundo ideal de la deflación es un descenso de los precios con demanda y consumo en ascenso. Pero ese logro, hasta ahora ningún país lo ha obtenido. Japón es la nación que más experiencia tiene para detener la deflación, al acumular 15 años con tendencia negativa en los precios el costo fue pasar del segundo al tercer lugar en la economía global. Por eso se dice que Japón es el país con mayor tasa de suicidios entre ejecutivos y empleados.
Por otra parte, aseguran los especialistas que el planeta registra un periodo de inflación históricamente baja. Todo indica que se consolidó la lucha antiinflacionaria de hace 25 años, cuando el crecimiento de precios llegó a considerarse como una auténtica “epidemia económica”, es decir, en los años en que México –entre 1992 y 1994– se recuperaba de la hiper inflación de los ochenta. Hoy, es casi imposible hablar de tasas de inflación cercanas siquiera a 5 por ciento en condiciones normales; las nuevas generaciones no conciben un crecimiento de precios tan “elevado”. Pero ya vimos que en México es donde la puerca tuerce el rabo, con ese 6.3 de inflación de este año.

INFLACIONES
América Latina es región reconocida en la lucha contra la inflación., A finales de la década pasada, se registraron tasas inéditas de crecimiento de los precios: México tenía entonces una tasa anual, 3.5 por ciento (hoy casi duplicada), Chile de 3.86 por ciento, Perú de 3.75 y Colombia de 3.92, mientras que la nación con peor desempeño es Brasil, con una lectura anualizada de 6.28 por ciento al cierre de abril en el crecimiento de los precios, junto con Argentina, que tiene una tasa realmente elevada para los estándares globales: 18.37 por ciento. Un galope inflacionario sin considerar el caso de Venezuela, que sale de toda proporción y vive una situación en extremo crítica.
¿Por qué se registró un viraje mundial de tal magnitud?, ¿Por qué el mundo “necesita” inflación cuando el fenómeno fue combatido hace 25 ó 30 años?

Otra vez, según los especialistas, la respuesta está en el bajo crecimiento económico y las conexiones globales que acortan las distancias, sobre todo en términos económicos. En otras palabras, las economías de cada país cada vez dependen más unas de otras. Están estrechamente ligadas, por ejemplo, los procesos internacionales de producción, la apertura de las mismas economías y los tratados de libre comercio.
Para no hacer el cuento largo, el crecimiento global se ha derrumbado. Hace 15 años el promedio del PIB en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) estaba en 5.3 por ciento, una década atrás se ubicó en 4.35 por ciento y actualmente promedia 2.75 por ciento. La desaceleración económica global golpea la productividad y lógicamente el consumo; la gente ya no compra tanto como lo hacía hace dos o tres décadas, a pesar de que en México los supermercados y plazas comerciales aparecen como hongos y se ven están llenos, aparte de las tiendas de los “pagos chiquititos” en las que el consumidor termina por pagar el triple del precio si comprara al contado.  
La baja inflación y los periodos de deflación son consecuencia del cambio de percepción de los consumidores en todo el mundo: “no es necesario gastar ahora en un producto o servicio si mañana estará más barato”. La inflación de hace 25 años estaba determinada por una carrera entre la demanda y la oferta, hoy ya no es así o de plano hemos dejado de ser tan gastalones. Pero eso sí: en abril, México se colocó en el tercer lugar de las economías con más alto índice de inflación, sólo después de Turquía y Chile. ¿Dónde está la conducción de la economía de Peña Nieto?

‘82-‘88
Hace poco más de treinta años, después del desmadre de la economía de José López Portillo, Miguel de la Madrid dio marcha atrás a la nacionalización de la banca y al control de cambios mediante la devolución de un 33% de las acciones a manos privadas y la eliminación parcial de ese control. Pero siguió el cierre de las pequeñas y medianas empresas (principales generadoras de empleo) e inclusive algunas grandes, para el inicio fuerte de la economía informal. Se agudiza la crisis, y mientras en 1982 la inflación anual ascendió a 98 %, en los años siguientes siguió para arriba: en 1987 llegó al 159.2 %, la más alta tasa de inflación registrada en la historia de México.
Mediante el Programa Inmediato de Recuperación Económica (PIRE), De la Madrid congeló los salarios, liberó los precios y devaluó el peso hasta en 2,700 por un dólar en 1987, la menor paridad de la historia, para lograr “competitividad”. Las tasas de interés se ubicaron en 159.78% anual y se alentó la especulación bursátil, por lo que la bolsa de valores sufrió la mayor caída de su historia en octubre de 1987.
Además, duplicó las tasas impositivas vigentes e hizo justes fiscales para paliar los efectos de la inflación en los créditos y obligaciones de los contribuyentes, lo que disminuyó el déficit fiscal, pero a un gran costo político y social. Ante el descontento general, el 15 de diciembre de 1987 De la Madrid se sacó de la manga el Pacto de Solidaridad Económica con organizaciones de trabajadores y de empresarios para subir las tarifas y precios del sector público; aumentar el 15% a los salarios y el 20% a los mínimos, con la indexación de éstos últimos al costo de la vida. Los empresarios, por su parte, se comprometieron a “la moderación de los precios”. A partir de 1988, la inflación y las tasas de interés comenzaron a ceder.
Al final del sexenio, el déficit del sector público regresó a niveles similares a los de 1982: la inflación ascendió a 131%, sólo el 35% de la fuerza de trabajo que estaba empleada en el sector moderno de la economía, los salarios reales eran 40% menores a los de 1980, la deuda externa aumentó en más de un 30% y se pagaron más de 12,000 millones de dólares anuales por concepto de intereses.
En el ámbito social, el gobierno de Miguel de la Madrid enfrentó los sismos del 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, que ante la pasividad e ineficacia gubernamental provocaron la organización popular. Casi al final del sexenio, también tuvo que enfrentar las afectaciones a Cancún, Quintana Roo, por el huracán Gilberto en 1988.

LA BUENA
A reserva de habernos reído este fin de semana con los memes endilgados a EPN, por la candorosa expresión de que alguno de aquellos transformó la shekperiana de “ser espiado o no ser espiado, he ahí el dilema”, ante el nuevo escándalo por el espionaje y del que ya se sabe que “no va a pasar nada”, es notorio que a tres décadas de distancia el PRI sigue siendo el mismo partido de siempre, y los mandatarios surgidos de sus filas cortados por la misma tijera del pasmarse ante las dificultades. Si a De la Madrid le estalló el país en las manos por la tragedia del terremoto del 85 y el fraude electoral para entronizar a su discípulo neoliberal, Carlos Salinas de Gortari, a Peña Nieto le han reventado una docena de escándalos, mientras las mexicanas y los mexicanos pagan los platos rotos de la carestía, la inseguridad, periodistas asesinados y ahora espiados.  
Y para concluir el rollo inflacionario, la mala noticia: los productos que registraron mayores alzas de precios en abril fueron el chayote, transporte aéreo, jitomate, papa y otros tubérculos. La buena, si decirlo es valedero, que bajaron el tomate verde, uva, lechuga, col y el chile poblano. ¿Llegará el día en que comamos puro chile?.. ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]

 

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