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Este martes 8 será el cumpleaños 138 del general Emiliano Zapata, y motivo de hacer una recopilación de algunos episodios de la obra y carisma del único jefe revolucionario cuyos restos no están en el Monumento a la Revolución, entre otras razones, porque su pueblo no permitió que reposaran al lado de quien lo mandara asesinar, el presidente Venustiano Carranza.

La fiesta. En la misma época de la tregua no pactada entre carrancistas y zapatistas de 1915-16, en agosto de este último año los allegados de Zapata –afecto por igual a la fiesta brava, carreras parejeras, peleas de gallos y al baile– aprovecharon para organizar el festejo de cumpleaños del General. Echando a volar un poco la imaginación, este espacio recrea algunos detalles del jolgorio, históricamente como está confirmado en las crónicas del Cuartel General de Taltizapán que tal celebración efectivamente tuvo lugar: 

“Ese día domingo ocho de agosto 1916 hubo, como parte del programa preparado, marcha de los niños de Tlaltizapán y Anenecuilco, vestidos todos de blanco y con banderitas tricolores, algunos portaban reproducciones de la foto del Jefe, solo o con su esposa Josefa Espejo. Después vino el discurso de la directora de la escuela de Anenecuilco, lectura de poesía alusiva y, para cuando estaba programada la interpretación del Himno Nacional, arribó a tambor batiente la banda de Tlayacapan. Los acordes de ‘La toma de Cuautla’ se dejaron oír desde el camino de entrada al pueblo, muy cerca del cuartel. El grupo musical de Cristino Santa María había salido antes del amanecer a lomo de caballo y mula y otros a pie; hicieron el recorrido desde Tlayacapan, pasando por Oaxtepec, El Hospital, Santa Inés, las orillas de Cuautla, almorzaron en Villa de Ayala  para llegar con bríos a Tlaltizapán. Después de terminar la popular pieza que recrea una de las primeras acciones de guerra de los zapatistas, fuera de la escuelita de Tlatizapán, el General los recibió en la entrada y estrechó fuertemente a Cristino y sus hermanos. Iba también el mayor de los hijos de Cristino, Brígido, de once años, quien año más tarde heredaría la dirección de la banda. 

Emocionado, el General pidió los jarros de agua fresca para los recién llegados, quienes de inmediato se acomodaron de nuevo los instrumentos y, a petición de la directora de la escuela, tocaron el Himno Nacional que fue cantado con devoción. Al final, de nuevo los cohetones cimbraron al pueblo y anunciaban a todo el Plan de Amilpas que iba en grande la fiesta en honor del General Zapata. 

“Una vez cumplida la ceremonia en la escuela, llegó la hora de la comida. Dentro y fuera del Cuartel se acondicionaron cuanta silla se pudo conseguir, vigas y murillos con piedras de soporte en cada extremo completaron los asientos, tablones de corrales y mesas salidas también de aquella casa y de ésta otra, fueron insuficientes para dar cabida al mismo tiempo a los comensales. Las tandas de platos se sucedían unos tras otros. Las jovencitas de Tlaltizapán, Anenecuilco y Ayala que habían asistido con la esperanza del baile, primero tuvieron que acomedirse a servir, recoger platos y otras más  –por instrucciones de doña Juana Albear, jefa de cocina del Cuartel General– a  lavar con lejía y polvo de piedra pomez los cientos de platos de barro para seguir sacando los guisados.

“A los postres y con una copa de coñac, el General pidió a su secretario Antonio Soto y Gama dar, en su nombre, el agradecimiento a hombres y mujeres asistentes, y a quienes trabajaron en la organización del banquete y el baile. Contrario a lo esperado por los integrantes del Estado Mayor y otros asesores como Gildardo Magaña y Paulino Martínez, en esta ocasión el iracundo orador anarquista fue cauto y parco, pero sin perder su emocionada elocuencia. Casi nada de aquel Soto y Gama incendiario y anarquista quién, durante la Convención de Aguascalientes, un año atrás, exigió a los asistentes quemar la bandera nacional, lo que casi le cuesta ser ahí baleado por villistas y carrancistas: 

–Señoras y señores: me pide el señor General sea yo su conducto para agradecer tanto agasajo, tanto trabajo realizado para llegar a este bonito festejo. El señor general Emiliano Zapata Salazar me pide resalte el asunto que para él, como jefe de la Revolución en  Morelos, es muy importante. Más que el festejo por el cumpleaños del General, él considera que este agasajo es para todos ustedes, señoras y señores. Para cada señorita y joven, para cada niño y niña, para cada anciana y anciano que lleva dentro de sí, un morelense, un guerrero y guerrera de Tamoanchan y que con su sacrificio, con su lucha, hicieron posible llegar a estos felices días en que Morelos es de ustedes: de los zapatistas, de sus pobladores. Y a  todos  ustedes, es a quienes este domingo ocho de agosto, celebramos. ¡Que Dios los bendiga hijos a hijas de la Madre Tierra de Morelos! Es todo cuanto quiere decirles el señor General Zapata, quien sólo es su hermano, su hijo. Él los obedece porque ustedes zapatistas  son los amos de su propia tierra que trabajan con sus manos…  Servido mi General, concluyó Antonio Díaz Soto y Gama. La mayor parte de la gente aplaudió con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta”.

Es lugar común para los persistentes detractores del sistema establecido y para los nostálgicos de los grandes hombres, exclamar diatribas del tipo “¡si el Presidente Juárez viviera..!”, “¡si el Tata Cárdenas estuviera..!”. Especialmente aquí en Morelos, la consigna recurrente es al mismo tiempo hombría propia y resguardo en la figura del macho emblemático: “Si mi General Zapata viviera no permitiría tantas chingaderas..!”. Prevalece tal convicción, sobre todo entre agrupaciones campesinas y comunidades suburbanas y rurales que toman legítima o ilegítimamente (caso este último de Antorcha Campesina) el carácter del General como ejemplo a seguir en la intransigencia contra los poderes instituidos. No por nada el héroe de Anenecuilco fue emboscado arteramente, quedada su obra como la más legítima e íntegra de todos los caudillos revolucionarios, aunque ahora no falten lidercillos de a peso en mala copia del auténtico caudillo. 

EMPRESARIO

En la obligada baja de hostilidades del Ejército Federal contra los pueblos de Morelos, entre 1915 y 1916, el Ejercito Libertador del Sur controlaba toda la entidad y partes de Puebla, Guerrero y el sur de la Ciudad de México. A la cabeza estaba Zapata. En lo que fue conocida como la “Comuna de Morelos”, las masas campesinas llevaron a cabo lo que la burguesía con Francisco I. Madero fue incapaz de cumplir, a pesar de ser parte del Plan de San Luis Potosí: el reparto de la tierra en manos de hacendados de todo el país. 

Hace una centuria y expulsados los hacendados, Zapata puso el frente de ingenios como Coahuixtla, El Hospital, Chinameca, entre otros, a generales de su Estado Mayor para reiniciar la molienda de la vara dulce. “Miliano” estaba convencido de que las comunidades campesinas no podrían seguir en el sistema de siembra de subsistencia, ante el vasto potencial económico de la industria cañera. Por ello fue que en ese bienio creó las primeras Comisiones Agrarias y estableció el Crédito Agrícola, además de inaugurar la Caja Rural de Préstamos en Morelos para financiar la reactivación de los ingenios en manos de los jefes campesinos. 

Plasmado en el Plan de Ayala, el criterio de Emiliano Zapata giró sobre la realidad de que la enorme riqueza generada por los ingenios no debía concentrarse en unas cuantas manos, como hicieron los hacendados por siglos. Ideas que en los hechos se vieron reflejadas en la expropiación de los ingenios azucareros, puestos bajo control del ejército campesino y trabajadores agrícolas. 

 

EMILIANO Y PORFIRIO

Paradojas de la Historia de México: acérrimos enemigos en vida, sólo en una ocasión intercambiaron palabras. Uno le llevaba al otro casi 50 años. El viejo militar fue héroe de la Guerra de Reforma y contra la intervención francesa y el Imperio de Maximiliano de Habsburgo. El segundo, caudillo agrarista y social de la Revolución que en sus inicios contribuyó a derrocar al primero. El único rasgo político en común entre ellos fue la admiración por el presidente Benito Juárez. Porfirio Díaz y Emiliano Zapata llevan su antagonismo un siglo después de muertos. 

Un contrasentido más allá de vidas y obras de El Dictador y El Caudillo: el primero cumplió, el 2 de julio de 2015, un siglo de fallecido en el exilio francés del panteón Montparnasse de París; el segundo, arribó a los 97 de haber sido asesinado por órdenes de aquel y sepultado en la tumba-monumento del atrio del Señor del Pueblo de Cuautla. 

Porfirio Díaz murió plácidamente en su departamento del bosque parisino de Boulogné, por los achaques de la vejez, a los 85 años, añorando Oaxaca y a los dos amores de su vida: Delfina Ortega, la sobrina a quién hizo su mujer, y Rafaela Quiñones, madre de su hija Amada Díaz a quien le amargó la vida al casarla con el hacendado homosexual Ignacio de la Torre. 

A Zapata, las balas del pelotón del coronel Jesús Guajardo le hicieron morder el polvo de la hacienda de Chinameca. Al fin y al cabo por la tierra de Morelos peleó y sigue abrazado a ella, la Madre Tierra del encanto de Morelos en su tumba de Cuautla, a unos pasos de su natal Anenecuilco, lejos del retórico Monumento a la Revolución en la Ciudad de México y en las antípodas –tal como lo fueron en vida– de la tumba de Díaz en Montparnasse. 

Bajo la consideración de las contradicciones de un personaje de tal magnitud histórica y popular, el hecho es que con Emiliano Zapata se comprueba la solidez de la ideología. En el caso de los morelenses de ayer y hoy se trata de la pertenencia a la tierra como rasgo de identidad, por lo que los hechos y el carisma del Caudillo continúan vigentes en la memoria colectiva.

Sobrevivir a los actuales escándalos, corrupción, cinismo, violencia y gasolinazos es asunto de convicciones. A su modo cada morelense y cada mexicano hace suya la vigencia del grito de batalla cívica: “¡Zapata vive, la lucha sigue!”.. ME LEEN MAÑANA

Atril dominical
José Manuel Pérez Durán
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