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Con 193 años de diferencia en el inicio de sus respectivos motivos de culto, las ferias de Tepalcingo y y Tlaltenengo son de las más añejas del país. Además del sincretismo de las religiones del México antiguo y el cristianismo medieval español, uno de los elementos significativos de tal mezcolanza es el hecho “aparicionista” de una imagen, para sustituir la adoración a los dioses toltecas y mexicas, por vírgenes y crucificados. 

En plena conquista espiritual, los frailes de las diversas órdenes religiosas provenientes de España estaban obligados a propagar la nueva fe, y para ello recurrían a los milagros de las apariciones o bien éstos se iban creando en el imaginario de los súbditos indígenas de los Borbón y Hansburgo en la Nueva España. Hechos que no le quitan el valor místico y devocional a tales portentos que hasta hoy se mantienen como factor de identidad y tradición. 

Aun con la importancia de las cuatro apariciones de la virgen de Guadalupe, en diciembre de 1531 en el corazón de la derruida capital del poder mexica, no hay que pasar por alto que ocho años antes, en 1523, fue el hallazgo del Señor de Tepalcingo. Es decir, el recurso de adoctrinamiento es copiado e implementado en el Tepeyac, pues de lo que se trata es de catequizar a numerosas naciones indígenas desde el centro administrativo de la Nueva España. 

Para no quedarnos con la reduccionista crítica a las molestias que provoca cada año, en los primeros días de septiembre, el cierre de la principal arteria del norte de Cuernavaca, recuperamos la memoria del origen del santuario de Tlatenango y el Tepalcingo, este último, quizá, como el primer milagro aparicionista de México.

TLALTENANGO

Cuando doña Agustina Andrade recibió en una de las mejores habitaciones de su  posada del pequeño pueblo de Tlaltenango, al norte de la entonces Cuernavaca,  a dos cansados forasteros que cargaban un pesado arcón, por supuesto que nunca se imaginó las aglomeraciones que años después provocaría el  contenido del misterioso baúl. 

El cumplimiento de las peticiones hechas por los devotos creyentes convirtieron al Santuario de Nuestra Señora de los Milagros en uno de los más concurridos de la entidad –similar a la afluencia que registra el Santuario del Santo Señor de Chalma–, llegados al de Tlaltenango peregrinos del Distrito Federal, especialmente de los poblados de Ixtapalapa, Xochimilco, Almoloya del Río, San Pedro Altapulco y San Francisco Tlaltelco  así como de     comunidades del estado de México, Puebla, Guerrero y Oaxaca. 

En el 2020 será la conmemoración del tricentenario de la advocación de la virgen María de Tlaltenango. Tal vez le corresponda a las actuales autoridades municipales y estatales prever si antes de esa fecha toman una decisión que satisfaga por igual las exigencias de los comerciantes de la zona, que objetan la drástica baja en sus ventas por la obstaculización de sus negocios durante la feria; a los estudiantes, empleados y trabajadores del sur y el centro de la ciudad que tienen sus ocupaciones en el norte y viceversa; a los automovilistas y pasajeros foráneos quienes de igual manera no están en contra de la tradicional feria de Tlaltenango pero no asimilan los trastornos viales que les  ocasiona. A esos miles de personas no les queda más remedio que levantarse temprano y tomar vías alternas ineficientes”, de por sí colapsadas por las marchas y los trabajos del Paso Exprés, De la muerte o Paso Tortuga. 

EL ARCÓN

De regreso a nuestra historia, hay que empezar por precisar que en sí el 8 de septiembre no se celebra la aparición de la Virgen de los Milagros, sino la conclusión del novenario con el que se inició su devoción en la pequeña capilla que está aledaña a la parroquia principal. Es decir, los nueve días de rosarios comenzaron un 30 de agosto del ya mencionado año de 1720. Esto ocurrió una vez que las autoridades eclesiásticas y civiles de Cuernavaca atestiguaron y confirmaron el prodigio del arcón “olvidado” por unos forasteros que, meses después de estar guardado y sin abrir, de su interior comenzaron a brotar música, luz y aromas de flores. 

Un testimonio escrito para los sucesos que casi trescientos años después implicaría la posibilidad de llevar a la feria de Tlaltenango a otro escenario y dejar la devoción, misas y “mañanitas” en su añejo templo. Cuenta la tradición que una tarde del último día de mayo –mes de las flores–, cargando una bien guarnecida caja o arcón de madera se presentaron dos muchachos que, según el rumbo de donde llegaron, al parecer provenían de Acapulco. De una de las casas del poblado se oían voces y carcajadas, canciones andaluzas y cantos flamencos. Un grupo de españoles y mestizos jugaban a los naipes y apostaban tarros de generoso vino, con lo cual celebraban la llegada de unas barricas procedentes de Valencia, Murcia, Málaga y Alicante que hacía más de un año estaban en el puerto de Veracruz debido a que el dueño de tales delicias no encontraba la forma de pagar el transporte de las barricas de Veracruz a Cuernavaca. 

No queriendo interrumpir el jolgorio, los dos jóvenes que cargaban el arcón tampoco se decidieron a pedir un vaso de agua para mitigar el calor y la sed que a leguas se les notaba. Descansaron unos minutos de su carga y enseguida preguntaron por un hospedaje para pasar la noche. Los celebrantes de bailes y cantos, incluso ocupados en las barricas que recién habían llegado se acomidieron a informar a los jóvenes cargadores sobre la casa de doña Agustina Andrade, quien les alquiló una habitación amplia y bien iluminada donde se dispusieron a descansar. Mientras, colocaron el arcón dentro de la misma habitación sobre una mesa de madera. 

Al amanecer los jóvenes se prepararon para marcharse, pidiendo a doña Agustina les cuidara el arcón en tanto resolvían otro asunto en un pueblo cercano. Pasaron varios días y doña Agustina estaba muy intrigada, pues los dos jóvenes no regresaban, de modo que decidió guardar el baúl y esperar el regreso de sus dueños. Una de esas noches, la posadera pasó por la habitación y escuchó una música muy suave, despertó a sus hijos e hijas y todos la oyeron. Poco después notaron un resplandor y perfume de sándalo saliendo de la misteriosa caja. 

Pasados tres meses de la llegada del baúl, de una u otra manera los vecinos se enteraron del portento. Entre dudas y temores, la mayoría del pueblo y la misma doña Agustina acordaron notificar del extraño caso de la caja abandonada que exudaba música, luz y aromas florales. 

En aquel año estaba al frente de la orden franciscana del monasterio y templo de la Asunción de María (hoy Catedral de Cuernavaca) Fray Pedro de Arana, quien buscó al alcalde mayor de Cuernavaca para que  juntos verificaran los hechos que les reportaron los habitantes de Tlaltenango. Pueblerinos, autoridades civiles y eclesiásticas llegaron hasta la casa de doña Agustina, ocuparon la pieza donde estaba el para entonces ya famoso arcón, cerraron puertas y ventanas…y se verificó de nueva cuenta el portento de música, luz y aromas florales brotando de la caja. Fray Pedro de Arana se sintió designado    por el cielo para abrir el arcón. La expectativa crecía entre los concurrentes. Grande fue la maravilla al abrirlo y mostrarse su contenido que resultó ser la imagen de la Virgen María, a  la cual de inmediato se le nombró De los Milagros por el magnífico despliegue de portentos que precedió a su aparición. De inmediato se procedió a organizar una fiesta de bienvenida para la Señora del Cielo, por lo que el 30 de agosto de 1720 se inició un novenario para consagrar tan dichosa aparición. 

Por la historia anterior y los milagros que la fe popular le atribuye a la Santísima Virgen de los Milagros de Tlaltenango es que está para  pensarse si es viable llevar la feria a otra parte y mantener los actos litúrgicos en el templo y atrio del Santuario. Faltan sólo cuatro años para el tricentenario y es necesario tener, al menos en perspectiva, una alternativa para mantener la tradición sin afectar a los reclamantes…  

TEPALCINGO

La historia del Señor de Tepalcingo es más sencilla. Una niña se encontró en un apantle la figura de Jesús, de 20 centímetros, se adjudicó y certifico el milagro por las autoridades eclesiásticas y comenzó el culto al Señor de Tepalcingo. Esta práctica de adoración no sustituyó al tianguis que se realiza desde tiempos de los toltecas en Tamoanchan (hoy Estado de Morelos), es decir, unos dos mil años antes de Cristo. Tepalcingo era un mercado donde confluían rutas de mixtecos y zapotecos, toltecas de Teotihuacan y después Tula, mayas de Veracruz y Chiapas y de Tenochtitlan y, claro, de los reinos tlahuica de Cuauhnáhuac y Oaxtepec. 

Conocida como el “tianguis del trueque”, por conservar el uso del comercio de intercambio de productos, es la feria de más tradición en Morelos. Su fiesta inicia el Tercer Viernes de Cuaresma, y a la celebración llegan peregrinos de Oaxaca, Guerrero, Puebla, Tlaxcala, estado de México, Jalisco y Michoacán. Se representan las danzas de los Conduros, los doce pares de Francia, los Tecuanes y los Chinelos. Hay  venta de ganado mayor y menor. Las artesanías le dan color y policromía a la feria, resaltan las figuras, vasijas y cajitas de Olinalá, Guerrero, trabajadas con habilidad en la madera aromática de linaloe. 

La feria está dedicada al Señor de las Tres Caídas o Jesús Nazareno, es el acontecimiento más importante del año, y además de ser la primera feria religiosa-comercial del estado de Morelos, la cuarta más importante de México y la primera feria popular más grande del país tipo tiaquixtli o tianguis.

Conclusión: aparte el taponamiento vial, la conservación de estos elementos culturales y de identidad morelense bien vale la alteración durante una semana de la vida cotidiana en el otrora pueblito de Tlaltenango y en Tepalcingo… ME LEEN MAÑANA.

Atril Dominical
José Manuel Pérez Durán
[email protected]