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Si la vida da muchas vueltas, la Historia no se queda atrás. Es necesario conocer detalles de la biografía de hombres y mujeres del pasado para explicarse conductas, al parecer, incongruentes. De la archiconocida “traición” de Malitzin contra su raza al convertirse de princesa esclava indígena a traductora y amante de Hernán Cortés, al grado de que “malinchista” es un vocablo que significa “preferencia por lo extranjero”, la historia de México está plagada de actos de incongruencia y traiciones. 

Las interpretaciones de la historia de la conquista la satanizan  de “malinchistas”. Fueron los tlaxcaltecas, mazahuas, otomíes y demás naciones cansadas del cruel cacicazgo de los aztecas, imperio que además de cobrar elevados tributos exigía la realización de las “guerras floridas para surtir de corazones a su dios tutelar Hutzilopochtli. 

Como veremos más adelante, un irredento malinchista y conocido además como nuestro “mejor vendedor de bienes raíces”, fue el general Antonio López de Santa Anna, “gracias” a quien México perdió la mitad  de su territorio ante los texanos. 

Desde esta óptica, malinchista fue el mixteco Porfirio Díaz con el afrancesamiento al que llevó a la crema y nata de los riquillos, petimetres y científicos que procreó al calor del positivismo del “orden y progreso”, a costa del hambre de pueblo, y el restringir las libertades elementales. El militar liberal que peleó contra el Imperio del usurpador Maximiliano y sus esbirros mexicanos, contra el despotismo de los conservadores y las pretensiones de dictador de Benito Juárez, terminó pragmática y traicioneramente convertido en aquellos que más combatió. 

La traición es consustancial al ejercicio del poder y pocos son los guerreros, militares y políticos que se precien de su condición y no caigan en la tentación de dar la espalda a antiguos amigos, colaboradores o subordinados o hasta sus mismas convicciones e ideales. 

IMPERIALISTA

El espinoso tema viene a este espacio dominical por la efeméride de ayer sábado 30, conmemoración del 252 aniversario del nacimiento del generalísimo José María Morelos y Pavón, hecho ocurrido en la antigua Valladolid y después rebautizada Morelia, precisamente en honor al insurgente ideólogo y genio militar que no vio concretada la independencia pero sentó la bases jurídicas para la que años después sería la Nación Mexicana.

No es la biografía y obra de Morelos de la que nos vamos a ocupar, hecho esto en varias ocasiones en el Atril finsemanero a propósito de fechas como el Sitio de Cuautla, el natalicio o la muerte del Siervo de la Nación. 

En esta ocasión se trata de un personaje menor en la historia patria, más bien oscurecido por la sombra del padre y por sus inclinaciones conservadoras, exactamente malinchistas. Es en la grandeza de la obra social, jurídica y militar de José María Morelos donde radica el cuestionamiento de este último sábado de septiembre: ¿Qué razones llevaron al hijo del general Morelos, Juan Nepomuceno Almonte, a ser promotor de que México fuera gobernado por extranjeros? Si el padre peleó por romper con la dominación española, ¿por qué el hijo se convirtió en partidario de la sujeción a un país europeo? La biografía de Juan Nepomuceno se puede resumir así: de niño, insurgente y de adulto, imperialista. 

Juan Nepomuceno Almonte nació en algún pueblo de Valladolid un 15 de mayo de 1803. Fue militar, político y diplomático mexicano, veterano de la Batalla de El Álamo y partidario del emperador Maximiliano I. 

Por ser hijo natural del sacerdote José María Morelos y Pavón y de Brígida Almonte, el padre no pudo, no quiso o no le convenía ponerle su apellido, por lo cual fue bautizado con el materno. El niño Nepomuceno acompañó a su padre en algunos combates durante la guerra de independencia, incluido el Sitio de Cuautla. Ante los constantes peligros de la guerra, en 1814, cuando tenía  once años es enviado a Nueva Orleans, Lousiana, Estados Unidos, donde un año después recibe la noticia de la ejecución de su padre, el 22 de diciembre de 1815. Se resigna y en Nueva Orleans recibe formación, aprende inglés y trabaja como dependiente en un comercio. Juan Nepomuceno regresó a México al consumarse la independencia en 1821. Era un joven con dieciocho años, faz de fuerte ascendencia indígena-mulata, como su padre, y carácter más bien acomodaticio.  Nada que ver con la resolución paterna. 

Entre 1822 y 1824, los conocimientos del inglés permiten a Almonte formar parte del cuadro de ayudantes del líder Tres Palacios, en Texas, cuando todavía era territorio mexicano, y él es enviado a Londres acompañando al embajador José Mariano Michelena. Las negociaciones con los británicos formalizan un acuerdo comercial y de amistad que conducen al primer tratado internacional de la historia mexicana. Por esos méritos, el hijo del general Morelos fue designado embajador de México en Estados Unidos, puesto en el que se desempeñó durante los años cincuenta.

VERDADES 

Juan Nepomuceno Almonte fue uno de los oficiales que ayudó a Antonio López de Santa Anna durante la Guerra de Independencia de Texas. Participó en la Batalla de El Álamo, siendo uno de los oficiales que apelaron el perdón sin éxito de los 7 defensores capturados con vida, entre los cuáles se encontraba Davy Crockett. También estuvo en la batalla de San Jacinto y participó en la guerra mexicano-estadounidense.

Sin miedo a admitirlo, los mexicanos casi no tenemos memoria histórica. Por ejemplo, tendemos a olvidar que la pérdida de Texas llevó a la guerra de saqueo de 1846-1848 de Estados Unidos contra México, intervención en la que ocurrió la historia-leyenda de los Niños Héroes y la batalla de Churubusco. 

Dicha ocupación terminó con la “compra” bajo amenaza de La Mesilla en 1853, es decir, a la pérdida de más de la mitad del territorio nacional. En ese mutilamiento territorial el gran “tablajero” fue Antonio López de Santa Anna. La derrota de El Álamo fue para los texanos un mito fundacional, es decir, de la creación del Estado de Texas, y para los mexicanos algo que se pierde en las brumas de los años treinta del siglo XIX. La batalla de El Álamo, que ocurrió la madrugada del 6 de marzo de 1836, luego de doce días de sitio duró entre media hora y una hora y, salvo mujeres, niños y negros y tal vez un par de combatientes, los demás murieron en la refriega o acabaron pasados por las armas a manos de los soldados mexicanos de Santa Anna.  Entre ellos había 130 estadunidenses, veintidós europeos y diez anglo- texanos y texano-mexicanos.

Ya entrados en materia de la oscura participación de Juan Nepomuceno Almonte en la batalla de El Álamo, hay que decir que dentro de cientos de libros, filmes y series televisivas que los estadunidenses han hecho a lo largo de 175 años no faltan la “westernización” a lo John Wayne en la película “The Alamo”, uno de los filmes “aptos para Hollywood” y la “waltdisneyzación” de héroes que no lo fueron nunca. Una episodio épico que no fue convertido por historiadores y escritores, cineastas y gente de la televisión, dados como alimento a la media de los estadunidenses y en especial a los texanos. 

Se dice, por ejemplo, que los héroes mayores de la resistencia en El Álamo –William Travis, Jim Bowie y David Crockett– eran estadunidenses, y que, como muchos otros de los defensores, tenían en la Texas mexicana menos de cinco años. En suma, eran tan texanos como Santa Anna era cherokee o piel roja. En la Texas mexicana, en la que por la Constitución de 1824 no había esclavitud, los tres “héroes” eran esclavistas y especuladores de tierras, y algo esencial: ninguno de los tres tuvo una muerte heroica como se ha querido mostrar. Travis murió de un disparo en la frente apenas iniciada la batalla; Jim Bowie, el del famoso cuchillo, tenía días enfermo y lo remataron en uno de los cuartos del fuerte, y David Crockett –elevado por John Wayne a la categoría de ángel de la independencia texana–  estaba de paso en San Antonio, se refugió en el fuerte ante la inminencia de la batalla y al terminar ésta junto con otros pidió clemencia, pero Santa Anna enseguida los mandó fusilar. El cerco y la batalla terminaron con una carnicería de los mexicanos de Santa Anna contra los texanos. Las banderas rojas y el toque “a degüello” en los días del sitio ya amenazaban con lo que terminaría por pasar. Pero dijeran los clásicos: si de los sitiados no se salvó casi ni el perico, los mexicanos tuvieron mayores bajas, lo cual llevó a exclamar a Santa Anna una frase digna de Pirro: “Con otra victoria como ésta nos lleva el diablo.” 

De todo eso dio cuenta Juan Nepomuceno, y quizá la actitud de Santa Anna –más el abandono paterno– hizo que él mismo se convirtiera en todo aquello que su padre Morelos y Pavón combatió. 

IMPERIALISTA

Con sesenta años a cuestas, en 1863 Juan Nepomuceno fue parte de la comitiva de conservadores que ofrecieron a Maximiliano de Habsburgo la Corona Mexicana.  En reconocimiento a su entusiasmo malinchista y conservador, Almonte ocupó la Regencia  del Imperio entre el 13 de julio de 1863 y el 20 de mayo de 1864, y desde entonces hasta el 28 de mayo fungió como Lugarteniente del Imperio. 

Seguramente por ser hijo de quien era, Benito Juárez no lo mandó fusilar, como hizo con otros pro imperialistas afines a Maximiliano. Comparado con su padre, otra interpretación de la vida de Juan Nepomuceno es que en este caso se cumple al revés el dicho: “hijo de tigre… no necesariamente sale pintito”.

En 1867 Nepomuceno fue enviado a Europa en busca de apoyo para el derruido Imperio. Dos años más tarde moriría en París. Sus restos estarán en algún panteón parisino, con la misma maldición de los polvos de Porfirio Díaz: condenados a no regresar nunca a su tierra natal… ME LEEN MAÑANA.