Sinónimo de consumismo, y si nos descuidamos pretexto para dilapidar el aguinaldo –los que tienen–, las fiestas decembrinas son el resultado de una mezcolanza de tradiciones de distintos pueblos. El arbolito navideño y Santa Clós netamente anglosajonas, adaptadas para el acelere de las compras, los ahora en picada “intercambios de regalos”, por aquello de “regale afecto, no lo compre”. La colocación del nacimiento, las posadas y el arrullo del Niños Dios, elaboraciones entre íberas y mexicanas… Pero hay que detenerse en Las Posadas, la primera de las nueve que se celebran una por noche. El próximo sábado es la primera, cuya realización nos prepara para la Natividad o Navidad, la víspera que celebramos con la cena de Nochebuena.

No es por echar a perder las fiestas a los “reventados”,  que por otra parte no disminuye ni pizca la enjundia fiestera, pero Posadas y Navidad han pasado a ser celebraciones paganas con el telón de fondo de la incitación publicitaria que sustituye entre mucha gente al extraviado espíritu navideño. Excepciones no faltan, por supuesto, pero la masa celebra y esa es la realidad. Para contribuir, así sea en mínima parte, al recordatorio del origen de las muy mexicanas Posadas y Navidad “a la mexicana”, regresemos un rato en el tiempo para ver dónde se hunden las raíces de sendas celebraciones. 

NAVIDAD AZTECA 

Antes de la invasión española, los antiguos pueblos mesoamericanos celebraban numerosas ceremonias para venerar a sus dioses  y mantener vivas las tradiciones que daban sentido a su existencia. Una de las más importantes en su calendario era la llegada de Huitzilopochtli (“colibrí del sur” o “colibrí izquierdo”), que ocurría en los últimos días del mes de diciembre. Hay que recordar que Huitzilopochtli fue el nagual o dios que guió en su peregrinación a los aztecas o mexicas hasta, después de años de peregrinación, encontrar el designio anunciado por el mismo Hutzilopochtli: el águila devorando la serpiente sobre un islote del lago. La historia o leyenda es el punto de partida de México-Tenochtitlan y el futuro imperio azteca. 

Volviendo a la Navidad azteca, en el período o mes de veinte días conocido como veintena de “Panquetzaliztli” en el calendario azteca entre los días del 7 y al 26 de diciembre de nuestro calendario occidentalizado, en el cual ocurría el advenimiento o natividad de Huitzilipochtli, el Niño Sol que ya en sí tiene la connotación del llamado Niños Dios con que identificamos al recién nacido Niño Jesús. El nacimiento del Niño Sol o Huitzilopochtli se celebraba con una serie de fiestas populares, y así los antiguos pobladores nahuatlacas mantenían viva una de las tradiciones más arraigadas en la cosmovisión prehispánica que consistía en el renacimiento del Sol victorioso. En estos días la gente hacía ayunos, prendían fogatas con maderas aromáticas, purificaban sus hogares con la práctica de rituales antiguos, ofrendaban grandes manjares y hacían sacrificios en honor del Niño Sol que volvía para asegurar la vida al menos un año más.

Todo sucedía el día del solsticio de invierno. Justo cuando el sol ya había recorrido la bóveda celeste y se encontraba en su máximo desplazamiento hacia el sur, era cuando Huitzilopochtli volvía. Si tenemos la curiosidad de verificarlo un día que nos levantemos antes de la salida del astro rey, veremos que, en efecto, sale muy hacia el sur en la línea del horizonte. Según la costumbre mexica, en esta fecha el Niño Sol caminaba hacia el Mictlán, lugar de reposo o de los muertos… para  renacer en forma de colibrí. Al parecer, algunos historiadores aseguran que era entre el 24 y 26 de diciembre cuando este dios renacía trasmutado en esa pequeña ave para chupar la miel de las flores. 

El sitio donde los aztecas y pueblos del centro de México celebraban la Natividad de Huitzilopochtli y en el que se creía que el nuevo sol resurgía por completo, es la localidad de Malinalco  o Malinalxoch (ubicada en el estado de México), realizadas ahí las ceremonias y rituales tradicionales de los pueblos para demostrarle cariño y respeto, tal como ahora deberíamos hacer con el Niño Dios. Recordemos que Malinalco es pueblo mágico y está adelante de Chalma, un antiguo santuario mexica donde se veneraba a Tezcatlipoca, otro nagual mayor o dios mexica muy importante. Pero esa es harina de otro costal. Y acordémonos asimismo que Huitzilopochtli fue una de las deidades aztecas más veneradas. Hijo de Coatlicue, la diosa que representaba a la Madre Tierra, esta divinidad se relacionaba con la guerra y con el poder del sol. La leyenda del origen del Niño Sol dice que mató a sus 400 hermanos y a su hermana Coyolxauhqui con una serpiente de fuego, la decapitó y lanzó su cabeza al cielo, convirtiéndola así en la Luna.

Además de nacer en las mismas fechas en las que se celebra la navidad católica, el mito de Huitzilopochtli tiene una relación muy cercana a la forma en que se describe la concepción del Niño Jesús. La deidad azteca nace después de que su madre quedó preñada por una bola de plumas que cayó del cielo, para llegar al mundo en forma de un niño que le daba vida a su pueblo a través de la fuerza creadora de la luz del sol.

Por todo lo anterior, a los evangelizadores españoles no les costó tanto trabajo cambiar unos personajes con otros, pues en esencia los mitos de Huitzilopochtli o el Niño Sol y el Niño Dios guardan evidentes semejanzas. Entonces, ante tales pruebas ya muy conocidas es que hoy rescatamos estos datos, un día antes de la primera Posada. Más aún: para aquellos todavía desprevenidos sobre tantas coincidencias las Posadas son netamente mexicanas y, claro, aderezadas con el ingrediente cristiano una vez que a la conquista por la espada siguió la dominación con la cruz. 

COSTUMBRE PREHISPÁNICA

Todavía en muchos pueblos y barrios de México existe la tradición de los Peregrinos, la petición de posada, el rezo del novenario y romper la piñata, que simboliza la destrucción del mal y los malos pensamientos, para concluir con la repartición de las colaciones de dulces y frutas a los niños, el ponche para los adultos –opcional el “piquete” para los friolentos– y a veces un breve bailongo para rematar la celebración. Esa es la tradición. Otro asunto son los reventones en los antros, como preámbulo al Año Nuevo. Hay para todos los gustos, con o sin tradición de por medio. 

Más atrás en el tiempo, las fiestas de la ya citada veintena de “Panquetzaliztli” en el calendario azteca entre los días 7 y 26 de diciembre tenían  también, en las celebraciones en honor al dios Huitzilopochtli, una carrera encabezada por un corredor muy rápido que cargaba en los brazos una figura de esta deidad hecha con amaranto y miel, y detrás del portador de esta imagen corría una multitud de gente portando banderas de color azul siguiendo al líder por muchos de los barrios y pueblos que componían la antigua México-Tenochtitlan. Esta carrera iniciaba en la Gran Casa del Sol (“Huey Teocalli”) y llegaba hasta Tacubaya, Coyoacán y Churubusco, entre otros muchos lugares, dejando a su paso una gran alegría entre los pobladores que continuaban los festejos en sus hogares. Después de la Conquista, los evangelizadores vieron en dicha fiesta una oportunidad de sustituir a los antiguos dioses paganos por los católicos, sin perder la tradición y como una manera de convertir a la religión española en parte de la vida cotidiana de los indígenas.

Haciéndole un poco al historiador, diremos que con este antecedente Fray Diego de Soria consiguió  una bula papal para celebrar lo que en su momento se llamó “misas de aguinaldo”, y sustituir así las celebraciones en honor de Huitzilopochtli con la historia de María y José en su peregrinar por Nazareth hasta llegar al pueblito de Belén. Con este cambio de personajes, convirtiendo la carrera de Huitzilopochtli en la peregrinación de los progenitores del Niño Dios, las primeras posadas se celebraron en 1587 en el pequeño pueblo de San Agustín Acolman, cerca de San Juan Teotihuacan.  

EN LA COLONIA

Pero no todo fue terso para los evangelizadores y la “grilla” contra las Posadas que vino con la misma autoridad colonial. Después llamadas “misas de aguinaldo”, estas celebraciones fueron prohibidas en el siglo XVIII por Carlos III, y no fue hasta que éste murió que se volvieron a celebrar pero de manera diferente, ya no sólo con misa en el atrio de las iglesias, sino con cantos y representaciones en los barrios y en las casas, haciéndose más populares con usos y costumbres de cada región de las posesiones españolas. 

Como bien se sabe, el sentido de las Posadas es representar el camino de María y José, de Nazareth a Belén, y las dificultades para encontrar alojo. Es por eso que surgió la tradición de pasear a los peregrinos, la mayoría de las veces en imágenes de barro, José de pie, en camino, y María sobre el borrico, aunque en algunos lugares acostumbran representarlos con personajes en vivo, lo que les da mayor realismo. Estas escenificaciones inician el día 16 de diciembre y terminan el 24; son la “novena” de preparación, recordando los nueve meses de Jesús en el seno de María. Para ver que no se pierde la tradición de las Posadas, basta con recorrer colonias y barrios de cualquier ciudad donde siguen al pie de la letra el ritual prenavideño. 

PARA QUE PERDURE

Del ponche tradicional se ha pasado al exceso de alcohol, de los villancicos a la música para bailar, entre otros consumistas cambios. De nosotros depende no dejar morir estas tradiciones que unen a las familias, a las comunidades y fortalecen nuestra identidad. No se pueden recordar todos estos cuadros de costumbres sin evocar el aroma del pelo de las trenzas quemadas a las niñas con las velitas de los chamacos atrevidos, sin faltar quien robara o quemara la piñata con cohetes. Travesuras inocentes en medio de las tradiciones que no mueren… afortunadamente… ME LEEN MAÑANA.

Atril dominical
José Manuel Pérez Durán
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