En Tepoztlán es habitual que de un momento a otro el día más soleado nuble el valle sagrado, las nubes bajen de las serranías del Tepozteco y el Chalchi en forma de neblina. Inédito fue que el año antepasado, en plena festividad de los Fieles Difuntos, aparecieron negras nubes entre rayos y truenos para soltar un tremendo chubasco que desconcertó a propios y extraños. Literalmente la festividad se aguó, pero no así el ánimo de los deudos por evocar a sus seres queridos. Un auténtico ambiente del reino de Mictlán se apoderó de la de por sí mágica atmósfera del mítico pueblo. Colinas abajo, desde Jiutepec se miraban nubes y truenos en una auténtica manifestación del dios Tláloc que hizo sentir todo su poder. Al otro día, el jueves, desató otro fuerte chubasco en el valle de Cuernavaca. Sorprendida por estas alteraciones climáticas, la gente se preguntó: ¿por qué seguía lloviendo en noviembre? Aparentemente el onceavo mes de este año será la excepción. A dar respuestas aproximadas dedicamos este espacio.

¿NIÑO O NIÑA?

De vez en cuando, por las zonas del Pacífico Tropical suele pasear un par de chicuelos que ponen en alerta a poblaciones enteras. Tan pequeños y traviesos son, que se les denomina “El Niño” y “La Niña”. Sendos fenómenos que provienen de la interacción entre la atmósfera y las superficies oceánicas del Pacífico Tropical, con una periodicidad de 2 a 7 años. Rascándole un poco, también encontramos denominación oficial: Fenómeno ENOS (El Niño/Oscilación del Sur y su opuesto, La Niña). En inglés, las siglas son ENSO, o sea, El Niño Southern Oscillation.

El origen del nombre “El Niño” hace referencia a la llegada del niño Dios, porque a finales del siglo XIX en la época de Navidad pescadores peruanos descubrieron una corriente anormalmente cálida que se desplazaba de norte a sur, paralela a la costa de Sudamérica, provocando alteraciones importantes en la fauna marina capaces de disminuir en forma drástica la producción pesquera.

A mayor explicación de los especialistas, “El Niño” produce el aumento de la temperatura de la superficie del Pacífico Tropical. Es la que se conoce como “fase cálida”. Consiste, por un lado, en la influencia de la atmósfera en el océano a través de los vientos Alisios que impulsan las corrientes oceánicas superficiales y, por otro, la influencia del océano en la atmósfera a través del calor de la superficie del mismo. Este fenómeno consta de dos partes: la oceánica (“El Niño”) y la atmosférica (la “Oscilación del Sur”). Después de todo esto llega “La Niña”, en otras palabras, lo opuesto a lo anterior que produce la disminución de la temperatura de la superficie oceánica del Pacífico Tropical. Es la fase fría.

Especialmente estos fenómenos afectan a América del Sur, Indonesia y Australia, pero de rebote influyen sobre la meteorología del resto del mundo hasta recalar, como sucedió el miércoles 2 de noviembre de 2016, en Tepoztlán. Y además por adelantado, pues así como se anticipan los fríos de invierno las lluvias se retrasan en retirarse, y de la misma manera también se adelantan los calores en el hemisferio sur. Vuelto, pues, octomesino y hasta sietemesino con las consecuencias advertidas, El Niño ya no se espera a la Navidad.

Otros fenómenos aparejados en el continente americano son las lluvias intensas, disminución de la intensidad de la Corriente de Humboldt, pérdidas pesqueras en ciertas especies y un incremento en otras, así como intensa formación de nubes en la zona de convergencia intertropical, períodos muy húmedos y baja presión atmosférica.

En el Sudeste de Asia lluvias escasas, enfriamiento del océano, baja formación de nubes, períodos muy secos y alta presión atmosférica. En el mundo, incluidos Tepoztlán y Chicatlacotla (esto último queda en Tlaquiiltenango), hay cambios de circulación atmosférica y de la temperatura oceánica, pérdida económica en actividades primarias (en la producción agrícola), según lo vimos ya con las sequias y las plagas del pulgón amarillo que en 2015 provocaron severas pérdidas a productores de sorgo de Morelos y otras entidades del país. 

Y todo ello continuará. 

Como todos los fenómenos meteorológicos intensos, La Niña y El Niño están en constante vigilancia, a fin de prevenir a gobiernos y a los campesinos sobre acciones anticipadas y disminuir en lo posible los efectos de tales alteraciones.  

SEQUÍAS

Pero no se crea que las lluvias invernales (como las de 2014) representan las únicas manifestaciones del Niño. Después de las intensas e inusuales lluvias que propicia, viene el efecto contrario: la Niña. Vista arriba la explicación técnica, ahora viene la traducción a los hechos.  

Frente a la peor sequía padecida cuatro años atrás en el norte de México, el gobierno comenzó a alertar a la población y activar los primeros programas para reducir sus efectos. Y con otra mala noticia: eventualmente las sequías se extienden a la zona centro del país en la que está Morelos.

En 2012 y 2013, los estados más afectados fueron Sonora, Chihuahua, Coahuila, Durango, Nuevo León y Zacatecas. La falta de agua por la escasez de lluvias de ese bienio en esas entidades provocó la pérdida de 450 mil cabezas de ganado, principalmente vacas.

Ganaderos y dependencias de gobierno tuvieron que usar tanques permanentes y camiones cisterna para el reparto de agua en las poblaciones afectadas, lo cual además previno enfermedades por deshidratación, gastrointestinales y de la piel.

El panorama pareció apocalíptico, espantó. Las temporadas de lluvias en 2012 y 2013 dejaron muy bajos niveles del líquido vital en las presas. La escasez de agua se acentuó en los cultivos del norte del país, en especial de maíz y trigo. Mientras, la capacidad de las presas siguió bajando en el noroeste y norte, por lo que no había seguridad de que se pudiera abastecer la demanda de agua de los próximos años. Diecinueve estados padecían problemas de sequía medios, graves o excepcionales y, como ya dijimos, el fenómeno de las sequías por la Niña amenazaba extenderse a los estados del centro del país, lo cual por fortuna no sucedió. El 35% del ganado de México estaba prácticamente en los huesos por la falta de agua y de forrajes, así que los ganaderos norteños solicitaron un fondo extraordinario de 10 mil millones de pesos de apoyo por las pérdidas registradas. Su situación era desesperada.

Es un síndrome o alteración climática con más de 7 mil años de presentarse, pero que ha intensificado sus consecuencias debido a la elevación de la temperatura del planeta y de las aguas costeras durante las últimas décadas a causa de la quemazón del petróleo en industrias y automóviles. 

Además de mega huracanes de magnitudes nunca vistas antes, existen especies que no sobreviven al cambio de temperaturas, generando enormes pérdidas en el mercado de los alimentos. El Niño, la Niña y su cambio de régimen climático propician epidemias de cólera y dengue. Están el chikongunya y sika, muy difíciles de erradicar, como vectores de origen tropical que han mudado a regiones donde eran desconocidos.

INCENDIOS

Los extremos calurosos de la Niña provocaron que durante la temporada de estiaje de 2015 se registrara un histórico  acumulado en todo el país de mayor número de conflagraciones, con 10 mil 300 incendios y 413 mil hectáreas siniestradas. El siguiente dato deja claro que no todos los tiempos pasados fueron siempre mejores: de 1989 a 1998 fue la peor temporada de incendios en la historia del país, pues se presentaron 14 mil 446 incendios y fallecieron 75 combatientes en todo el país. Esto, sin dejar de considerar que en 2014 Morelos puso su cuota con tres brigadistas apaga fuegos fallecidos combatiendo el fuego en Tepoztlán. 

En el tenor de las cifras catastróficas, en 2011 se registraron 12 mil incendios con casi un millón de hectáreas afectadas. Hubo 9 fallecimientos de combatientes. El 99 por ciento de los incendios en México son provocados por la gente, aunque no hay gran diferencia a nivel mundial, pues el 90 por ciento son generados por los seres humanos, y el resto, un irrisorio diez por ciento, se deben a causas naturales. Dirían los clásicos: en materia de piromanías el hombre sigue siendo el lobo del hombre.

SECUELAS

En julio del 2015, poco después de la aparición del pulgón amarillo, en mil 300 hectáreas de las 40 mil cultivadas de sorgo hubo insólitas granizadas en campos de Popotlán (municipio de Temoac), Cuautla y Tlaquiltenango que arrasaron parcelas completas. Se parecieron al chubasco de la noche de muertos en Tepoztlán y Los Altos de Morelos. La mayoría estaban aseguradas, pero eso no evitó la afectación a los productores. 

El Niño, con su carga de humedad y frío, y la Niña, con su bagaje de sequías y altas temperaturas. Resultado: el cambio climático y el calentamiento global que todos propiciamos con nuestros hábitos de consumo y la forma de deshacernos de los desechos han convertido a Morelos en una entidad de riesgo con zonas agrícolas proclives a la inundación y, derivado de estos abruptos cambios, la aparición de plagas recrudecidas, enfermedades de cultivos y personas. 

Los pobladores del México antiguo encomendaban y agradecían al dios Tláloc las lluvias propicias; le pedían alejar las granizadas y sequías. Hoy, según están las cosas no nos queda sino repetir las tradiciones e implorar a los dioses para que el chamaco y la chamaca no aparezcan nuevamente y hagan de las suyas. Tal, no sin dejar de insistir en que los procesos de producción a base de petróleo y nuestros hábitos de consumo deben cambiar en forma radical. Y no echarle toda la culpa al par de escuincles climatológicos… ME LEEN MAÑANA.

atril dominical
José Manuel Pérez Durán
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