Inmersos en la vertiginosa cotidianeidad citadina, hostigados por una realidad de administraciones públicas tercas en dejar las cosas a medias y las adversidades particulares que no faltan, se convierte en una necesidad el mirar hacia el interior de lo que somos como sociedad llena de contrastes y de un pasado rico en expresiones. Y por esto, hacer un alto en el camino para advertir las señales del pasado y recordar que a cada época y su gente le ha correspondido lidiar con sus propias dichas y desdichas.
Abordado el domingo anterior, a manera de darle continuidad al tema del día de la resistencia indígena el comentario viene al caso porque hoy se realiza en el pueblo de Ocotepec el Cuarto Congreso de los Pueblos de Morelos, cuyo título en náhuatl es “Mochipa zentlahtoltiloyan altepeme Morelos”. El encuentro será en el auditorio comunal Noxtin Calli (“Casa de Todos”) de este pueblo del norte de Cuernavaca. Participará la propia comunidad, pueblos originarios de toda la entidad y, entre ellos, representantes de los cuatro municipios indígenas que van rumbo a su creación, Hueyapan, Xoxocotla, Tetelcingo y Coatetelco.
El recuento puede ser,  también, para recordarnos que con todo y violencia, cambios urbanísticos, políticos y sociales, hay un sustrato de identidad que nos permea como ciudadanos nativos o radicados en Morelos. Valdría la pena darse una vuelta hoy por Ocotepec, para ver de qué se trata este congreso, pero para no ir tan descobijados, antes echarle un vistazo a la civilización indígena de la que provienen los ancestros de los pueblos que este domingo tienen reunión de consejo.
 
TLAHUICAS
La civilización tlahuica habitó en el altiplano central de México, principalmente en lo que hoy es Morelos y una parte del suroriente del estado de México. También llamado atzinca u ocuilteco, el idioma tlahuica es una lengua afiliada al grupo otopame, de la familia lingüística otomí. Una de las variantes conocidas de esta lengua, es el matlatzinca. Su máximo desarrollo fue en el periodo Posclásico (1100 d.C-1521 d.C). Las ciudades más grandes del reino tlahuica fueron Cuauhnáhuac y Huaxtepec.
Venida como parte de las tribus nahuatlacas que salieron del mítico Aztlán, esta civilización contaba con una rica arquitectura, cultura en artes y templos-pirámides donde adoraban a sus deidades de los que conservamos en Coatetelco, Teopanzolco, Xochicalco  y el Tepozteco, así como la pirámide-adoratorio de Yautepec, aún sin explorar del todo. Algunas de las características de dicho lugares evidencian la influencia tolteca y mexica. Por ejemplo, la zona arqueológica de Coatetelco, cuyo nombre significa “Lugar de Montículos de Serpientes”, está dedicada a Ehécatl, “Dios del Viento”,  y al juego de pelota.
Teopanzolco o “Templo Viejo” al oriente del centro de Cuernavaca, se desarrolló alrededor del siglo XIII, su plaza ceremonial consta de dos pirámides dedicadas a las deidades de la lluvia y de la guerra, Tláloc y Huitzilopochtli, además de dos templos menores dedicados a Ehécatl, Dios del Viento y a Tezcatliploca, el Dios del Humo en el Espejo. Este conjunto de templos es una reproducción del Huey Teocalli o Gran Templo de México-Tenochtitlan, y simbolizaba además el dominio azteca sobre el territorio tlahuica que era tributario de aquél.
Xochicalco Ciudad de las Flores, pero cuyo nombre original se desconoce, es considerada como la ciudad-fortaleza más importante de Mesoamérica y reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Este vestigio fue un importante centro político, científico y artístico de influencia maya-tolteca. Destacan en la zona la Gran Pirámide, la Pirámide de las Serpientes Emplumadas, el Observatorio y el Juego de Pelota.
El adoratorio del Tepozteco fue edificado entre 1150 y 1350 d.C.,  estuvo dedicado a Ometochtli-Tepoxtécatl, deidad del pulque, la fecundidad y la cosecha. La pirámide mide 9.50 metros de altura y en ella se encontró el ídolo Dos Conejo, representación de Ometochtli. El Tepozteco también fue un dios, hijo de Ehécatl, el Dios del Viento. La pirámide se encuentra en la cima del cerro, a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar y 600 metros sobre el valle de Tepoztlán. Las noches de los 8 de septiembre se hace su fiesta, cuando suben los pobladores para llevar ofrendas a Ometochtli.
Los pueblos tlahuicas estaban organizados en unas sesenta  pequeñas ciudades-estados, cada una gobernada por un rey o tlatoani quien heredaba el título. Estos estados chicos cooperaban entre ellos a través del ritual, el comercio y la diplomacia, aunque también competían por medio de la guerra y en el juego de pelota. El más poderos de los tlatoani se adueñaba de sus vecinos y los obligaba a pagar tributos. Con el tiempo, las capitales de los estados que se imponían se convirtieron en ciudades más grandes.
Además de la clase gobernante, sacerdotal y los guerreros, los antiguos pobladores de lo que hoy es Morelos eran mercaderes, artesanos y campesinos. Los cultivos básicos eran el maíz, el frijol y el algodón. La demanda de ropa de algodón era alta, y como para el crecimiento de éste el ahora territorio morelense era el único que tenía las condiciones necesarias, se convirtió en un producto importante en la economía tlahuica. Con un poco de esfuerzo no es difícil imaginar los campos blancos de algodón en los valles de Cuernavaca y Cuautla, sustituidos siglos después por las verdes extensiones de la caña de azúcar.
Así, la agricultura fue una de las labores en la que la civilización tlahuica de Morelos se destacó en comparación con otros pueblos del centro de México. Utilizaban dos tipos de agricultura intensiva. Una era la irrigación, practicada a lo largo de los ríos, diques y canales para llevar agua a los campos, y otra, el terraceado o procedimiento de hacer terrazas en los cerros, como en las tierras alrededor de Xochicalco.
Muchas de las costumbres de los tlahuicas tuvieron una influencia en la historia y la sociedad del territorio de Morelos, desde el período colonial hasta el presente. El conocimiento de la técnica agrícola fue transmitido a sus descendientes. Usos y costumbres del antiguo reino tlahuica de Morelos han sobrevivido y pueden ser vistas hoy en día, como sería el caso del mencionado Cuarto Congreso de Pueblos en Ocotepec.

LOS PUEBLOS
Los 33 municipios tienen sus propios pueblos de origen tlahuica. La comuna capitalina conserva doce que, y pese a la conurbación mantienen actividades y culturas locales que los preservan como barrios o pueblos. Cuernavaca estuvo dividida en cinco barrios en su parte central: Tecoac, San Juan, San Francisco, Santo Cristo y San Pablo, además de la mencionada docena de poblados de los cuales hacemos recordatorio:
Al norte, Santa María Ahuacatitlan, cuyo nombre recuerda el sabroso fruto del árbol de aguacate de los que todavía hay cosechas. Del mismo lado está la capilla de los Santos de los Reyes, de Tetela del Monte, el pueblo que primero y por años se mantuvo de la fabricación de carbón y en la actualidad es un gran productor de flores, caracterizado por sus abundantes apantles que conducen el agua a los viveros.
Alrededor de la capilla de San Lorenzo Chamilpa creció el poblador del mismo nombre, por allá del siglo XVI, partido a la mitad por la vía del tren en 1894 y luego por la autopista “Miguel Alemán”, en 1964. Esta es una de las muchas muestras de la forma en que el desarrollo arrasa a los pueblos, pero no a su identidad.
Ocotepec es el caso de un convento franciscano que nunca se terminó o fue derruido. A la fecha se mantiene incompleto, pero con notoria actividad comunitaria. En el pueblo de Tlaltenango  su capillita de San José es quizá la primera que se construyó en América, y a un lado el santuario de la Virgen de los Milagros, del siglo XVIII.
San Antón, al poniente capitalino, fue  el barrio de los alfareros y huertos de guayabos por excelencia. Se desarrolló alrededor de la capilla de San Antonio de Padua, igual que la mayoría de los poblados donde los evangelizados españoles destruyeron adoratorios de dioses aztecas para construir capillas y templos cristianos.
 A juzgar por su tamaño y la categoría del Teocali que sirvió de basamento a la Iglesia de San Miguel Arcángel, el barrio de Acapantzingo debió haber sido importante. Hacia el oriente del Palacio de Cortés está el barrio de Amatitlán, cuya capilla ha desaparecido y en su lugar se levantó otra mucho más reciente. Por otra parte, en el sitio que hoy ocupa el Teatro Morelos estuvo el Templo de San Pedro, erigido sobre el antiguo Tecpan.
Al sur de la capital se encuentra el barrio de Chipitlán, donde según la tradición se construyó un templo, hoy desaparecido, sobre el teocali dedicado al dios azteca Chipe Totec. De allí el nombre del barrio. En este rápido recuento se advierten los elementos tlahuicas y cristianos que se fusionaron para dar paso a la nueva forma de religión, de formas de producción y vida pero, en esencia tlahuicas de corazón.  

ACERVO
Antes que morelenses, los pobladores de estas tierras ocuparon el paraíso terrenal del Tamoanchan, según el mito olmeca; después tlahuicas en la época de las civilizaciones originarias, vasallos durante la Colonia y ciudadanos morelenses cuando Benito Juárez creó el Estado de Morelos. En la actualidad se estima que en Morelos hay alrededor 70 mil indígenas, es decir, el 3.6 por ciento de los casi dos millones de personas, y este sector minoritario el que preserva el grandioso acervo de nuestra identidad.
De ahí la importancia del mencionado Cuarto Congreso de los Pueblos de Morelos en Ocotepec, una muestra de que usos y costumbres indígenas siguen vivas. Se cumple así la etimología náhuatl del  vocablo tlahuica como nuestra primera identidad: “lo que yo soy, lo que yo hablo”… ME LEEN MAÑANA. 

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]

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