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Al circular por el Paso Exprés –la obra no agradecida sino odiada por los cuernavacences–, al que pronto se le quedó el alias de Paso de la Muerte, el automovilista advierte el drástico cambio del paisaje. El piso de concreto hidráulico satura la mirada; hay una explanada pelona y sin vida. ¿Capufe y las empresas concesionarias de la ampliación de carriles en el libramiento de la autopista plantarán árboles y arbustos a los costados y alrededores de la vía? No. La pregunta también viene al caso cuando las lluvias han exhibido las consecuencias de la deforestación, con inundaciones urbanas y suburbanas donde antes fluía el agua por sus cauces naturales. O sea, además de la alteración del paisaje citadino están los efectos sobre los asentamientos urbanos y los recursos naturales, entre otros, el socavón que engulló las vidas de dos humanos y evidenció omisiones criminales de autoridades.    

A propósito del cambio de fisonomía del libramiento, en el cual ya desaparecieron los pocos espacios verdes que conservaba, si volteamos la mirada unos veinte años atrás y hacemos un recorrido mental por calles y avenidas de Cuernavaca caeremos en la cuenta de la depredación de los árboles del paisaje urbano capitalino. De 1997 a 2009, cuatro administraciones municipales fueron suficientes para dejar casi a rape a la ciudad y en su lugar un reguero de plazas comerciales, negocios y restaurantes transgresores de la ley de uso de suelo. 

No menos ocurrió en parques y jardines, en ámbitos verdes públicos y privados. Las autoridades se llenan la boca difundiendo “políticas sustentables”, pero lo cierto es que aquí y allá, de día y de noche sigue la tala de árboles al por mayor; no hay quién ni para cuándo detenga el ecocidio de una ciudad cuyo antiguo nombre en náhuatl castellanizado, según las interpretaciones más aceptadas, son “cerca de la arboleda” o “lugar de los árboles muy juntos”. 

La toponimia describe lo que fue Cuauhnáhuac, un lugar otrora exuberante y pródigo donde abundaron los huertos de frutales y, claro, el árbol del guayabo como el origen de la identidad guayabera de Cuernavaca. 

En descargo de la deforestación consumada en el Paso Exprés, la Secretaría de Desarrollo Sustentable el Gobierno del Estado hizo varias recomendaciones a la Secretaría de Comunicaciones y Transporte, al Ayuntamiento de Cuernavaca –por estar la obra en la jurisdicción municipal– y a las compañías constructoras para que repusieran los cerca de mil 500 árboles que fueron talados para dar paso a la ampliación. Si consideramos la avalancha de autos que sale de la Autopista Urbana Sur de la CDMX, pocos negarán la necesidad de obra, pero resulta deprimente el “paisaje pelón” en la plancha de concreto que recibe al viajero, huérfano de la flora y los árboles que le dan nombre e identidad a Cuernavaca.

DEPREDACIONES

Haciendo un poco de historia, en materia de talas en Cuernavaca recordamos un caso emblemático de destrucción de los “árboles muy juntos”. Entre otros, fue uno muy, muy sonado en 2009 y en San Miguel Acapantzingo, donde fue eliminado un número no determinado de árboles nativos para construir una universidad privada. En otro predio localizado sobre el boulevard Díaz Ordaz talaron especies arbóreas mixtas, es decir introducidas y nativas, para dar lugar al armatoste de un supermercado. 

En noviembre de 2009, fueron echados abajo dos laureles de la India, atrás del jardín Borda en la avenida Álvaro Obregón. Resultó que el permiso de tala fue autorizado por la administración panista de entonces. 

Un caso más ocurrió en noviembre de 2010, cuando ambientalistas denunciaron la “tala criminal” en lo que fuera el estacionamiento de Superama ubicado sobre la calle Pericón de colonia Lomas de la Selva, donde todos los árboles fueron talados subrepticiamente, durante la noche, a pesar de que estaban sanos y existía el compromiso de respetarlos.

Por esas fechas, el recién designado alcalde Manuel Martínez dispuso que un predio en pugna de Tlaltenango fuera adquirido por el Ayuntamiento para un parque, en lugar de una mega tienda que ya estaba proyectada. 

TALA 

Biólogos, ambientalistas, investigadores y uno que otro ciudadano cuestionado para esta entrega dominical confirmaron que el punto más alto de la “veintena trágica” panista en materia de talas de árboles sucedió entre el trienio de José Raúl Hernández (2000-2003) y el de Adrián Rivera (2003-2006). Esto, sin olvidar que Cuernavaca le estará “agradecida” por los siglos de los siglos a Sergio Estrada, por haber consentido la invasión de cemento, tabiques y acero en lo que fuera el hotel Casino de la Selva que destruyó no sólo un espacio cultural, también un sitio relacionado con la identidad de Cuernavaca. 

Enseguida vino el sospechosísimo otorgamiento de la licencia de construcción de los edificios Atitud a cargo del luego frustrado aspirante a gobernar, Adrián Rivera. Ahí, sumado a la destrucción de una zona arbolada hay otro daño irreversible: el de la sobre explotación irracional de los mantos de agua que antaño abundaban en ese pedazo de la ciudad. Si a los manantiales del barrio de Gualupita, dentro del parque “Melchor Ocampo”, se los acabó la mancha urbana, el conjunto vertical de condominios engulle el agua del rumbo. 

Con la aprobación de sucesivos alcaldes han sido exterminadas grandes extensiones verdes en los últimos veinte años, pese a denuncias ciudadanas y asociaciones de ambientalistas cuyo dictamen de sus representantes es tajante: “no se ha hecho nada para detener la tala de árboles”.

PREVENCIÓN

Detener la aniquilación del sello característico de Cuernavaca requiere de acciones como las que enseguida se anotan: Que autoridades federales, del estado y municipios promuevan el Día del Árbol como un recordatorio contra la tala. Tal día se conmemora el segundo jueves del mes de julio de cada año. Que la fecha dedicada a los árboles no se limite a festivales y discursos sino a acciones concretas, por ejemplo, iniciar la reforestación del Paso Exprés.  

También, que para que un jardinero pueda podar o talar un árbol, además de contar con el permiso por parte de la Dirección de Ecología, deberá tener una licencia de podador. El Ayuntamiento implementaría un programa de cursos para poda y derribo de árboles urbanos, impartidos por arboristas certificados y podadores profesionales contratados por la autoridad municipal.  Cada interesado debería pagar por recibir esta capacitación, y si pasa el examen tendría su licencia. Asimismo, el Ayuntamiento deberá formar y educar a la ciudadanía sobre la forma correcta de podar un árbol de acuerdo a las técnicas autorizadas. 

Se deben designar árboles en áreas públicas y privadas como “inafectables” o protegidos y, salvo condiciones de plaga o longevidad, podrá autorizarse su poda o tala. Existen las normas establecidas en instancias como la Dirección de Ecología y otras, para declarar la inafectabilidad de muchos árboles. No como ahora, que de buenas a primeras desaparecen y nadie responde por ellos.  

Según apuntamos antes, los árboles de la antigua Cuauhnáhuac deben ser podados solamente por expertos. Este trabajo, sugieren los ambientalistas, lo deben realizar arboristas certificados por la Asociación Internacional de Arboricultura (ISA) y la Asociación Mexicana de Arboricultura (AMA). La Dirección de Parques y Jardines no se haría cargo de la poda y mantenimiento de los árboles de Cuernavaca, excepto de los ficus que requieren de un mantenimiento constante. Por cierto, en otras ciudades mexicanas hace tiempo que prohibieron los ficus, “por plagados”.  

Es urgente y muy necesario un censo de árboles en la vía y los y parques públicos. Cuantificar cantidad de ejemplares en estado crítico de enfermedad y cuántos están sanos. Se trata de tener conocimiento claro de la cantidad de árboles del territorio municipal. Con ellos se levanta un mapa de la situación de la flora mayor urbana y se sabe por dónde empezar a tomar acciones de salvamente y dónde de prevención.

Otra acción debe ser la restitución arbórea: muchos los árboles en la vía pública están afectados y enfermos debido a las podas inadecuadas que se les ha practicado durante años. Es procedente, con la información que arroje el mencionado censo, un programa gradual de restitución arbórea, pero siempre y cuando se planten árboles adecuados al lugar, condiciones climáticas y de urbanismo, y sobre todo, que se planten en la estación del año adecuada. ¿Cuántos miles de arbolitos se han perdido por las reforestaciones de relumbrón “tipo partido verde”? 

El siglo XXI se estrenó en Morelos con una clase política depredadora en muchos sentidos, los recursos ambientales en la capital de Morelos no fueron la excepción y luego de la primera década de la centuria la tendencia en la tala de árboles en Cuernavaca no va a la baja. No es asunto ya de trienios ni de sexenios, de quien llega o no al poder político; lo que se necesita es que cada quien haga su parte, que entre todos cuidemos los árboles de nuestro entorno inmediato y también los bosques. 

Por ejemplo, a Cuernavaca le toca la reserva natural del Chichináutzin, donde en la época de calor los incendios son el pan de cada día con cientos de hectáreas afectadas por el fuego. El 90 por ciento son provocados por manos negligentes y mentes torcidas. 

Hoy queda claro que no deben aumentar los claros sin árboles. Hay formas de lograrlo sin esperar a que sea la autoridad la única que actúe, pero también muchos intereses y corruptelas de por medio. Sin embargo, no hay peor lucha que la que no se hace. Si la esencia del nombre de Cuernavaca proviene del significado náhuatl “el lugar de los árboles muy juntos”, trabajemos por mantener la semántica original no nada más de dientes para afuera sino en todo el emblemático y simbólico sentido ambientalista y arbóreo del término. 

Por ahora la cuestión es: ¿existe un plan para reforestar el Paso Exprés? Si lo hay, los cuernavacenses no tenemos información. Un asunto que no puede quedar en meras recomendaciones; ya vimos cómo se las gastan empresa y la Secretaría de Comunicaciones y Transportes para incumplir sus obligaciones… ME LEEN MAÑANA.

Atril dominical
José Manuel Pérez Durán
jmperezdura[email protected]