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Si hubiera tenido un mejor caballo, no habría sido aprehendido; al comandante realista que lo apresó y quien había traicionado a los insurgentes le regaló un reloj; el traje militar de Generalísimo con el cual le hicieron el retrato al óleo más famoso y de autor anónimo –después de la toma de Oaxaca– sólo una vez lo vistió; siendo sacerdote tuvo tres hijos.
Pudo haber sido el Primer Presidente de la República de Anáhuac, designación oficial con la que fue nombrado México en sus Sentimientos de la Nación, considerada como la primera Constitución de la Nación Mexicana. El Congreso de Chilpancingo lo nombró Capitán General de los Ejércitos de América, pero, al rechazar la designación de Alteza Serenísima, se autonombró Siervo de la Nación.
Sin embargo, quizá la más controversial de las anécdotas y hechos históricos es la supuesta retractación, y también la –al parecer– inventada revelación que hizo de los planes del Congreso de Apatzingán y de las ubicaciones de las fuerzas insurgentes.
Por encima de títulos y adjetivos, José María Morelos y Pavón es considerado el fundador de México. El jueves 15 de este mes se cumplieron 201 años de su fusilamiento en Ecatepec, estado de México. Después de leer la profusión de artículos y ensayos publicados a propósito de la efeméride, surge la interrogante: ¿qué tipo de conocimientos y habilidades poseía el general Morelos como para llegar a ser el hombre fundador de la Nación Mexicana?
Antes de entrar en las respuestas, basadas en las numerosas biografías de nuestro personaje, revisemos algunas incógnitas que forman parte del mito. Y de paso, insistir una vez más: “El Morelotes” no puede seguir rodeado de puestos de garnachas, ropa y bisutería. Es justo y necesario darle un sitio digno: regresarlo a la Plaza de Armas.  
           
EL MARTIRIO
En 1981, el escritor, periodista y dramaturgo Vicente Leñero escribió el guión de “El Martirio de Morelos”, en el cual lo describe en su condición humana como un hombre enfrentado a la muerte segura, y como católico ante el riesgo de perder la vida eterna al ser excomulgado, capaz de traicionar al movimiento independentista, forzado por la maquinaria militar, eclesial y virreinal echada a andar por Félix María Calleja, su acérrimo enemigo, primero comandante de las fuerzas realistas y después virrey.
Leñero recreó una parte de los últimos días de Morelos, el martirio que sufrió desde que lo apresan hasta que lo asesinan, los tres juicios a que fue sometido, el militar, civil y eclesial. Como pieza teatral, “El Martirio de Morelos” describe a un hombre que ironiza su paso de hijo de un carpintero, a arriero, estudiante, seminarista y cura. En los monólogos del montaje, José María Teclo (su nombre de pila completo) es un hombre de contradicciones y debilidades; como cualquier ser humano reaccionaría en manos de sus adversarios, quienes lo odian por  despojarlos de sus privilegios.
Por considerarla “ofensiva” a la memoria del caudillo, la obra de Vicente Leñero fue censurada durante el sexenio de Miguel de la Madrid, quien tomó al insurgente como estandarte político y, por tanto, desde el poder presidencial se tomó como una ofensa al Presidente el exhibir a “su” héroe como una persona con dudas y miedos.

MANIFIESTO APÓCRIFO
Hay un par de conclusiones sobre si Morelos abjuró o rechazó la Constitución de Apatzingán, y si en verdad reveló los planes de la insurgencia. Tras años de leer y comparar las actas del juicio y el supuesto “Manifiesto”, un grupo de historiadores llegó a la conclusión de que se elaboró un documento apócrifo y fue hecho firmar al reo acusado de “hereje contra la iglesia y traidor al rey Fernando VII”. El análisis comparativo de los documentos escritos por Morelos y esa supuesta retractación concluye que la redacción no corresponde ni al estilo ni al pensamiento del caudillo.
Otro motivo de tal sospecha es que las autoridades del virreinato no publicaron el documento enseguida del asesinato de Ecatepec, sino esperaron meses para hacerlo y argumentaron que el ex cura lo había redactado después de haber realizado unos “ejercicios espirituales”. Así le llamaron a las sesiones de tortura física y psicológica a las que sometieron al rendido jefe insurgente sus inquisidores del Santo Oficio y los esbirros de Calleja. Es más: nunca se encontró el original del supuesto manifiesto y sólo se presentaron “copias de la copia”.
Otra conclusión de los investigadores de este asunto es que Morelos habría hecho algunas “concesiones” a sus interrogadores, pero no al grado de renunciar a sus principios de lucha; consecuentemente, la retractación se la sacaron con tirabuzón, de dientes para afuera, y luego un escribano redacto tal declaración arrancada al más puro estilo de la “Santa” Inquisición.

LAS CAMPAÑAS
De las cinco que realizó Morelos en el lustro de 1810 a 1815, hay una veintena de acciones que pusieron en jaque al sistema virreinal. Para afianzar la Suprema Junta Nacional Americana (tatarabuelo del Gobierno Mexicano), el poder virreinal temía la combinación de hechos de armas triunfales y acciones jurídicas posteriores
Por ejemplo, al tomar el puerto de Acapulco y el fuerte de San Diego, en 1813, Morelos incauta las remesas de oro y plata provenientes de los minerales de Taxco, El Oro y Tlalpujahua hacia España vía Las Filipinas. Despojar de esa riqueza a la ávida Corona Español en constante guerra contra Europa era suficiente motivo del odio de las jerarquías religiosas, militares y virreinales.
Entre las tomas de ciudades principales de estas campañas, sobresalen la de Tenancingo, el 22 de enero de 1812, y el Sitio de Cuautla, de febrero a mayo de ese mismo año, donde Morelos prácticamente pasó por encima de los españoles dejando en ridículo a Calleja.
En octubre y noviembre se apoderó de Orizaba y Oaxaca, sendas ciudades de importancia estratégica comercial y de comunicaciones del virreinato. En la segunda fue donde se popularizó el sobrenombre que cundió junto con el prestigio del caudillo. Está en su apogeo como jefe militar, con osadía y fortuna arrebata plazas importantes de los realistas. Tiene el control político de la Junta Nacional Americana y a sus adversarios en ella; dirigidos por Ignacio López Rayón, los deja fuera del mando de la misma y sin cargos militares.
La trayectoria militar de José María Morelos lo colocó en el centro del movimiento por la Independencia, pero no fueron sus batallas, sino sus argumentos ideológicos a favor de la revolución insurgente los que lo situaron como “fundador de la Patria”. Una revisión del perfil del Siervo de la Nación permite entender su radical ruptura con la estructura jurídica de la monarquía española.

LA CAPTURA
El 5 de noviembre de 1815, Morelos fue apresado en Temalaca, Puebla, por las tropas españolas al mando del coronel Manuel de la Concha. Situadas en el municipio guerrerense de Atenango del Río, durante la marcha del Congreso hacia Tehuacán las tropas realistas supieron del desplazamiento de los insurgentes a Tehuacán. De inmediato, al amanecer Manuel de la Concha salió de la guarnición junto con una brigada de 500 hombres.
Pocas horas después lograron alcanzar a las fuerzas insurgentes comandadas por Morelos, quien iba al centro, y Bravo en la retaguardia. El Congreso, que viajaba con ellos, logró evadir la captura realista gracias a los esfuerzos de las tropas de Bravo. Morelos intentó salvar la vida de uno de sus soldados y en ese momento fue aprehendido por diez soldados realistas. No era la primera vez que Morelos era capturado. En la acción militar de Lomas de Santa María, en Valladolid, 24 de diciembre de 1813, donde Agustín de Iturbide derrotó a Morelos, fue apresado por un soldado realista, pero las tropas de Matamoros lo salvaron antes de ser conducido al campamento realista.
En México la noticia se supo el 9 de noviembre, y se mandó celebrar con un Te Deum oficiado por el arzobispo Pedro de Fonte. A pesar de que la ley y el derecho canónico permitían ejecutar a los eclesiásticos sorprendidos con las armas en la mano, Calleja, la Inquisición española y el gobierno vieron en su captura la posibilidad de juzgar y castigar a toda la insurgencia. Manuel de la Concha pidió que el juicio se realizara en Puebla y Calleja ordenó que fuera en la Ciudad de México. Morelos llegó a la metrópoli el 13 de noviembre de 1815. Pero antes, los días 14 y 15 de ese mes, el jefe insurgente estuvo preso en el Palacio de Cortés de Cuernavaca, hoy Museo Cuauhnáhuac. La celda que ocupó hoy es una de las salas del mismo y su presencia se recuerda con una placa alusiva.

VOCACIONES
La cuestión planteada arriba, acerca de las cualidades de un hombre para forjar una nación, provienen de tres vocaciones vitales adquiridas por Morelos.  Primera, el trabajo de arriero y comerciante que ejerció en la zona calentana de Michoacán y Guerrero. Segunda, el conocimiento que de él tenía la gente, además de su desarrollado talento de organizador que se avenía muy bien a la hora de armar las campañas. La rapidez y sagacidad de sus acciones le ganaron entonces el mote de “El Rayo del Sur”. Tercera, la preparación humanística basada en los filósofos de la Ilustración y los ideólogos de la Revolución Francesa (lecturas clandestinas, por cierto, debido a sus diatribas antimonárquicas) fueron adquiridas por Morelos en sus estudios de bachiller y Teología en la Universidad de San Nicolás y en el Seminario de Valladolid, donde Miguel Hidalgo fue su maestro.
La tercera cualidad de Morelos no se debe descartar. Era un ferviente católico y creyente guadalupano. Más que religioso, por su condición de sacerdote (las carreras de abogado o militar estaban vedadas a su condición de mulato-mestizo) era un hombre de fe en sí mismo, en las potestades divinas dentro de él y totalmente convencido de su misión en la vida. Perdidos como aguja en el pajar, ¿hoy día con cuántos “Rayos del Sur” se podría llegar a topar alguien en la vida?  Tan escasas están las convicciones… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]