El jueves inició el último mes de 2016. Este año que ha visto derrumbarse la economía de la gente, del recrudecimiento de la desconfianza hacia políticos y funcionarios de gobierno y la decepción hacia personajes de otros ámbitos metidos a la política por puro interés económico. Este 2016 que será recordado porque se llevó a la inmortalidad al comandante Fidel Castro, hecho que mueve la idea de la finitud del tiempo y de la vida, y sirve de pretexto para la revisión de algunos sistemas calendáricos como parte del afán de las civilizaciones por trascender más allá del tiempo y de la muerte, incluidas su influencia definitiva en tradiciones y consumo.

PREHISPÁNICO

Los antiguos mexicanos hacían uso de dos calendarios, uno muy viejo y adivinatorio, lo que hoy vendrían siendo los horóscopos, y el otro solar o civil. El primero era de 260 días y el segundo de 360, ambos corrían paralelamente, el primero de trece en trece días y el segundo de veinte en veinte y 18 “cortes” de una veintena de días que venían a representar los meses. Éstos se llamaban, precisamente, veintenas. Cada año solar tenía cinco días aciagos, inútiles o nefastos que en náhuatl se llamaban “Nemonteni” y tenían la importancia de completar el ciclo solar. 

Los calendarios mexicano y Gregoriano, este último por el cual nos regimos ahora, nunca pueden coincidir. El primero está dividido en 18 porciones o meses de 20 días y el segundo tiene doce meses, uno de 28 días, cuatro de treinta y 7 meses de 31 días. En cambio, lo que sí sucede con mucha frecuencia es el sincretismo o mezcla de cultos. Como se sabe, los españoles impusieron cultos de santos y santas en donde antes había deidades indígenas. La más conocida es la Virgen de Guadalupe que, mediante las apariciones en el cerro del Tepeyac, permutó la devoción de la Tonantzin por la Guadalupana. 

En el santuario-caverna del Santo Señor de Chalma se veneraba a Tezcatlipoca, el dios “del humo en el espejo”, y así una larga lista de sustituciones en las cuales los mexicanos invertimos tiempo y esfuerzos en las peregrinaciones y celebraciones religiosas.

 

GREGORIANO

Se llama así porque en 1582 el Papa Gregorio XIII, El Magno, asesorado por astrónomos y matemáticos hizo la reforma al Calendario Juliano, pues arrastraba una diferencia de once días. El cambio se efectuó el 4 de octubre de aquel año, por lo que al amanecer de ese día se convirtió en 11 de octubre, y con dicho “salto” o ajuste se puso en orden al mundo cristiano. No se eliminaron los años bisiestos, lo que sólo se hacía cuando el último año de un siglo no fuera divisible entre cuatro. En los primeros años de dicha corrección, los más sorprendidos fueron los mismos cristianos, ya que muchos de sus ritos están relacionados con los solsticios y equinoccios del sol a lo largo del año. La Iglesia Católica expidió un edicto y, por ser una de las organizaciones más complejas pero a la vez más extendida en toda Europa y América, casi de golpe estableció el calendario Gregoriano en todo el mundo. 

 

LITÚRGICO CRISTIANO

Es el calendario que revela la evolución histórica de la comunidad católica, son fechas que recuerdan sus orígenes y pueden ser fijas o móviles. Comienza con el primer Domingo de Adviento, el más cercano al día de San Andrés, y termina el sábado siguiente al vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés. En esas fechas se reviven los misterios de Cristo y se trata de inculcar el espíritu de la Iglesia para que los feligreses vivan hondamente la vida cristiana. Los días domingos se estructura la celebración del Señor, paralelo a lo cual son celebradas las fiestas de los santos que la Iglesia Católica venera, pues el santoral se compone de fiestas fijas aunque la Pascua tiene fiestas “movibles”. La celebración de los misterios se divide en dos partes: el ciclo de la Navidad y el ciclo de la Pascua. Cada uno de ellos se dividen a su vez en “tiempos para preparar” las grandes fiestas. La Iglesia recorre la vida de Cristo en el curso de un año. Cuando son terminadas las fiestas de Pentecostés, la segunda parte del año se dedica a repasar las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles. 

 

CÍVICO NACIONAL

Es el que se compone con las fechas de las conmemoraciones y fiestas cívicas. De ellas tenemos los ejemplos más sobresalientes, como el 5 de Febrero, día de la promulgación de la Constitución de 1917; 21 de marzo, natalicio de Benito Juárez, 10 de abril, muerte del general Emiliano Zapata, 1 de mayo, Día del Trabajo, y así un largo etcétera entre los que caben el 15 de septiembre, Día del Grito de Independencia, y el 20 de noviembre, del inicio de la Revolución Mexicana. 

Hay más conmemoraciones cívicas específicamente morelenses: 2 de enero, Día del Policía; 21 de agosto, Día de la Alfabetización; 13 de agosto, Mártires de Tlaltizapán; 15 de octubre, Día del poeta, la cultura y del arte, y hasta el Día del Preso que se conmemora el 18 de noviembre, creado por decreto de la vigésimo cuarta Legislatura local el 31 de mayo de 1936. Pero de  este último nadie se acuerda; habida cuenta el incremento de ingresos a los reclusorios, ¿quién se va a poner a celebrar a tanto malandrín? 

 

CONSUMO

El anterior repaso de los diferentes tipos de calendarios, cuyos resabios se asoman en nuestras herencias culturales, nos lleva a unas cuantas conclusiones en estos días de obligada reflexión ante la proximidad del fin de año. En tales cavilaciones no pasa inadvertido el cambio de tradiciones por meras tendencias de consumo. No se crea que sólo hablamos de la sustitución del Miquixtli por el “jalowin”, o de la Navidad por profecías milenaristas basadas en especulaciones en torno a la innegable sabiduría no únicamente de los mayas sino de todas las civilizaciones mesoamericanas. Vienen luego otras sustituciones, como la del día de los Santos Reyes por Santa Claus y la plena francachela, la maratón de brindis en lugar de las conmemoraciones familiares que al final no implican que estemos en contra del consumo etílico  puesto que cada quien tiene derecho a festejar como mejor le plazca. 

El punto es que la mercadotecnia guía los pasos, hábitos y conductas de las nuevas (y no tan nuevas) generaciones, para convertir mitos y tradiciones en oportunidades de promociones y “ofertas” que nomás son de pantalla. 

Eso que se traduce en conductas individualistas, tiene su antecedente en el ámbito colectivo y se puede ver en la forma en que ha evolucionado la economía local y regional de Morelos, mudadas al globalismo y al creciente aumento de cadenas comerciales que barrieron con la tienda de abarrotes, la farmacia, tortillería y panadería de barrio y colonia.

 El propósito es captar a compradoras (principalmente amas de casa) que se ven empujadas a hacer sus adquisiciones en la “tienda de la esquina” aunque todo sea más caro, en vez de gastar menos en el transporte para ir hasta “el súper” o al mercado más cercano. El asunto es que el comercio a gran escala es acomodaticio, y entre esas estrategias no faltan las fechas de las celebraciones litúrgicas y cívicas para incrementar el consumo por el consumo. 

Por fortuna exista un sector de la población de Morelos que se sustrae a uno y otro efecto de la mercadotecnia. Poblaciones como Tepoztlán, en donde si el lector lo ha notado no han entrado las franquicias y cadenas de tiendas avasallantes. En “Tepoz” la economía local es hasta cierto punto autosustentable; se basa en la producción agrícola, el comercio de productos regionales, la agricultura, los servicios, el comercio y el turismo. No hay pordioseros, franeleros o chicleros, y los que son llegados a ver provienen de otros municipios, según comentan los lugareños. Por otra parte, a los llamados “tepoztizos” no les ha sido tan fácil avecindarse claro, contadas las excepciones de los dineros que abren las puertas de usos y costumbres allanando los requisitos para las constancias de posesión de la tierra. El punto radica en que otras comunidades así como como Xoxocotla y Tepoztlán, mantienen economías hasta cierto punto “cerradas” o de tradición proteccionista en materia económica y, por lo tanto, en tradiciones. Una razón de ser que explica el carácter autónomo, rebelde y renuente a permitir el asentamiento de grandes proyectos comerciales, turísticos o de servicios en un comprensible afán de preservar sus territorios frente al embate “progresista y desarrollista”. Aún a mediados del siglo pasado, localidades como Jojutla y Cuautla preservaban esa economía regionalista. La transformación de Morelos en un estado urbano y económicamente globalizado data de unas pocas décadas, convertidas algunas de sus zonas en ámbitos de alta densidad comercial donde se reproducen los patrones de consumo en el cambio de tradiciones, por la publicidad y la mercadotecnia. 

Los temas del tiempo, calendario, celebraciones religiosas y cívicas y las tradiciones degeneradas en modas de consumo se entremezclan. Conforman un entramado que nos define y explica como mexicanos y morelenses, pero sobre todo como objetos del tiempo en el que inexorablemente vamos a un final. Dicen que no hay mayor humildad que recordar que un día nos vamos a morir; los calendarios nos lo hacen patente, pero habría que hacérselos notar más seguido a políticos soberbios y gobernantes codiciosos. 

Recordar que el tiempo no pasa, los que pasamos somos nosotros. Pasó a mejor vida Fidel Castro, que a la cabeza de los “barbudos”, Camilo Cienfuegos, Ernesto “Che” Guevara y Raúl Castro hicieron realidad la utopía de la revolución cubana aquel de enero de 1959. El tiempo y la muerte hicieron lo que no pudieron más de doscientos atentados de la CIA, el Pentágono y sus cómplices anticastristas desde Miami. Con la poesía de Renato Leduc y calendario en mano, debemos cuidarnos de lamentar de “cuánto tiempo perdí, ay, cuanto tiempo…”. Aquella dicha inicua –la felicidad malvada, injusta, de perder el tiempo– se paga, y se paga muy caro. “Sabia virtud de conocer el tiempo…”. ME LEEN MAÑANA.  

Atril dominical
José Manuel Pérez Durán
[email protected]

 

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