A este año le restan apenas 29 días, y ante la precipitación de los acontecimientos a este espacio dominical se le adelantaron las reflexiones que por lo común nos llegan entre el 31 de diciembre y el 1 de enero. 

Aciago el contexto, nos aplasta el tiempo la forzada “obligación” de celebrar. Abruma la avalancha de anuncios anticipados con ofertas, promociones, descuentos, meses sin intereses so pretexto de Navidad y Año Nuevo. Es la “tradición” comercial normal, pero cada vez resulta más ramplona, simple y fastidiosa.  No se diga los deseos mediáticos e impostados de paz, salud, prosperidad...

A manera de paréntesis entre tanta estulticia del poder y la tragedia del prójimo, repasemos diferentes formas de contar los días. Más que despedir el año, ya nos urge darle la bienvenida al próximo con la esperanza de que el porvenir nos agarre confesados. No por nada se dice que la esperanza fue el último de los males en salir de la mítica caja de Pandora. 

PREHISPÁNICO

Los antiguos mexicanos hacían uso de dos calendarios, uno muy viejo y adivinatorio –lo que vendrían a ser los horóscopos de hoy– y el otro solar o civil. El primero era de 260 días y el segundo de 360, ambos corrían paralelamente, uno de trece en trece días y el segundo de veinte en veinte que representa lo que nosotros conocemos como “meses”. Éstos se llamaban veintenas y tenían cinco días “aciagos”, “inútiles” o “nefastos” que en náhuatl se llamaban Nemontemi pero tenían la importancia de completar el ciclo solar. 

Los calendarios mexicano y Gregoriano, por el cual nos regimos ahora, nunca pueden coincidir porque el primero está dividido, como ya vimos, en 18 porciones o meses de 20 días, mientras  el segundo tiene doce meses, uno de 28 días, cuatro de 30 y siete de 31. 

Pero lo que sí sucede y con mucha frecuencia es la mezcla o sincretismo de cultos. Como se sabe, los españoles impusieron el culto a santos y santas en donde antes había deidades indígenas. La más conocida de esa unidad es la Virgen de Guadalupe, que mediante las apariciones del cerro del Tepeyac cambió la devoción de la Tonantzin por la Guadalupana. 

En el santuario-caverna del Santo Señor de Chalma, cerquita de Cuernavaca, en el vecino estado de México, los mexicanos antiguos veneraban a Tezcatlipoca, el dios “del humo en el espejo”, y así una larga lista de sustituciones en las cuales los mexicanos invertimos tiempo y esfuerzos para las celebraciones religiosas. No es coincidencia, por tanto, que las peregrinaciones a la Basílica de Guadalupe y a Chalma sean de las más antiguas y concurridas de nuestro país. 

GREGORIANO

Se llama así porque en 1582 el Papa Gregorio XIII El Magno, asesorado por astrónomos y matemáticos hizo la reforma al Calendario Juliano, pues arrastraba una diferencia de once días. El cambio se efectuó el 4 de octubre de aquel año, por lo que al amanecer de ese día se convirtió en 11 de octubre y con dicho “salto” o ajuste se puso en orden al mundo cristiano. No se eliminaron los años bisiestos y esto sólo se hacía cuando el último año de un siglo no fuera divisible entre cuatro. En los primeros años de dicha corrección los que más se desconcertaron fueron los mismos cristianos, ya que muchos de sus ritos están relacionados con los solsticios y equinoccios del sol a lo largo del año. La iglesia expidió un edicto, y al ser una de las organizaciones más complejas pero a la vez más extendida en toda Europa y América, estableció el calendario Gregoriano casi de golpe en todo el mundo. 

CALENDARIO LITÚRGICO

Es el que revela la historia de los católicos, es decir, fechas que recuerdan sus orígenes y pueden ser fijas o móviles. Comienza con el primer Domingo de Adviento, el más cercano al día de San Andrés, y termina el sábado siguiente al vigésimo cuarto domingo después de Pentecostés. En esas fechas se reviven los misterios de Cristo, se trata de inculcar el espíritu de la iglesia para que los feligreses vivan hondamente la vida cristiana. 

En los días domingo se estructura la celebración del Señor, y paralelo a esto se celebran las fiestas de los santos que la iglesia católica venera, ya que el santoral se compone de fiestas fijas en tanto la Pascua establece fiestas movibles. 

La celebración de los misterios se divide en dos partes: el ciclo de la Navidad y el ciclo de la Pascua o Semana Santa, cada uno de los cuales se dividen a su vez en “tiempos para preparar” las grandes fiestas. La iglesia católica recorre la vida de Cristo en el curso de un año, y una vez terminadas las fiestas de Pentecostés la segunda parte del año se dedica a repasar las enseñanzas de Cristo y sus apóstoles. 

CALENDARIO CÍVICO

Es el que se compone con las fechas de las conmemoraciones y fiestas cívicas, de las cuales tenemos ejemplos sobresalientes como el 5 de febrero, día de la promulgación de la Constitución de 1917; 21 de marzo, natalicio de Benito Juárez; 10 de abril, muerte de Zapata, 1 de mayo, Día del Trabajo, más un largo etcétera entre los que caben el 15 de septiembre, Día del Grito, y el 20 de Noviembre, del inicio de la Revolución Mexicana. 

Morelenses hay otras conmemoraciones cívicas: 2 de enero, Día del Policía; 21 de agosto, Día de la Alfabetización; 13 de agosto, Mártires de Tlaltizapán; 15 de octubre, Día del Poeta, la Cultura y el Arte. Una más sepultada en el olvido del tiempo fue creada por decreto de la 24 Legislatura local el 31 de mayo de 1936: El Día del Preso que se conmemoraba el 18 de noviembre pero ni quién se acuerde, no obstante el exponencial aumento de la población penitenciaria  y la impunidad que también crece. 

CONSUMO VS TRADICIONES

El anterior repaso de los diferentes tipos de calendarios, cuyos resabios asoman en nuestras herencias culturales, nos lleva a unas cuantas conclusiones en estos días de la reflexión acostumbrada de fin de año. En tales cavilaciones no pasa inadvertido el cambio de tradiciones por meras tendencias de consumo. No se trata solamente de la sustitución del Miquixtli por el jalowin o de la Navidad por ofertas, promociones  y los gasolinazos. 

Luego vienen otras sustituciones como la del Día de los Santos Reyes por Santa Claus y la plena francachela, los inacabables brindis en lugar de las conmemoraciones familiares, dicho esto sin que implique que estemos en contra de que cada quien tiene derecho a festejar como mejor le plazca. El punto es que la mercadotecnia guía los pasos, hábitos y conductas de las nuevas y no tan nuevas generaciones para convertir mitos y tradiciones en el “buen fin” y el consumismo. 

Jolgorio y consumo han cambiado. De ser fiestas tradicionales han degenerado en mercadeo global de cadenas comerciales que barrieron con la tienda de abarrotes, la farmacia, tortillería y panadería de barrio y colonia. Ahí están las cadenas poderosas que cambiaron tradiciones de compra y consumo. En otra estrategia de ventas optaron por construir pequeños “supermercados”, “tiendas grandes” o “bodegas” en zonas proletarias con el objeto de captar a compradores que se ven empujados a “la tienda de la esquina” aunque todo sea más caro”, en vez de gastar menos transportándose hasta “el súper” o al mercado municipal más cercano. El caso es que el comercio a gran escala es acomodaticio, busca y consigue la forma de ganar más vendiendo caro, practicante de tácticas en las que no faltan las fechas de las celebraciones litúrgicas y cívicas que incrementan el consumo por el consumo mismo. 

Por fortuna sobrevive un sector de la población morelense que se sustrae de uno y otro efecto de la mercadotecnia. Pueblos como Tepoztlán, dónde si usted lo ha notado no han entrado las franquicias y cadenas de tiendas avasallantes, protegida y por eso conservada la economía local en cierto punto autosustentable puesto que se basa en la producción agrícola local, el comercio de productos regionales y los servicios al turismo. En Tepoztlán no hay pordioseros, franeleros ni chicleros, y los que raramente se ven provienen de otros municipios. Por lo demás, a los llamados “tepoztizos” no les ha sido fácil asentarse, contadas las excepciones del dinero que abre puertas y allanan requisitos de constancias de posesión. 

Al final el asunto radica en que Tepoztlán, entre otras comunidades como Xoxocotla, son economías de cierta manera “cerradas” o proteccionistas y por lo tanto la razón de tradiciones que explican el carácter autónomo, rebelde y renuente a permitir el asentamiento de grandes proyectos comerciales, turísticos o de servicios en un afán plausible de preservar sus territorios del embate “progresista y desarrollista”. 

Hasta mediados del siglo pasado ciudades como Jojutla y Cuautla conservaban esa economía regionalista, hasta que la integración de Morelos a la megalópolis (junto con el ex D.F., el estado de México, Puebla y Tlaxcala) destruyó viejos patrones de consumo y de paso tradiciones ancestrales. 

Es así que los temas del tiempo, calendario, celebraciones religiosas y cívicas e incluso las tradiciones convertidas en modas de consumo se entremezclan para conformar un entramado que nos define como fiesteros y consumidores, pero sobre todo como sujetos del inexorable paso del tiempo.

Y por estos días las reflexiones adelantadas por el final del año, motivadas esta vez porque México y Morelos están tristes, frescas las heridas del terremoto de septiembre pasado aquí cerquita, en Jojutla. En lo personal y familiar podremos celebrar, pero como sociedad y nación sabemos que mucho está mal en México. Víctimas y familiares de la descomposición creciente son independentistas, rebeldes, insurgentes, revolucionarios contra la impunidad y la corrupción que envuelve al país. De uno o de otro modo, directa o indirectamente, todos estamos dañados, y así muy pronto la cuenta regresiva de los últimos diez segundos de este 2014, dígito tras dígito hasta llegar al cero nos sumirán en la inevitable pregunta: ¿qué nos espera en 2015? ¡Que Dios nos agarre confesados!.. ME LEEN MAÑANA.