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Atrapado entre el socorrido recurso del eufemismo y severos cuestionamientos por las malas artes de sus “militantes distinguidos”, que incluyen al presidente de la República y a una docena de gobernadores, el PRI llegó a su 88 aniversario con la posible pérdida de la elección de  gobernador, en junio próximo, de su principal bastión que es el estado de México, lo que podrá significar una probada del  resultado de la elección presidencial en 2018.

Durante la semana previa a este sábado, dirigentes priistas acuñaron la salida retórica de “hacer de este aniversario un ejercicio de reflexión”. En lugar de enfrentar la crisis de credibilidad, apelan a la comprensión de la gente con el pretexto de que “es de humanos errar”. En tanto, menudean las opiniones, no de sus contrincantes políticos de la competencia que padecen la misma crisis de confianza, sino de investigadores y politólogos que ven el teatro de cabaret y parodia musical en que está convertido el PRI a sus ochenta y tantos años. 

Comprobado está que no va a cambiar de nombre, no va a renunciar a utilizar los colores de la bandera ni proponer la eliminación de las pensiones millonarias a los expresidentes, como tampoco va a expulsar ni a hacer procesar a sus militantes corruptos. Ello y más, porque salvo contadas excepciones el PRI se quedaría sin direcciones y dirigentes. 

Aprovechemos entonces el espacio y la fecha, para resaltar el parecido del actual PRI-gobierno con el sistema plutocrático, autoritario, insensible, entreguista y represor de Porfirio Díaz.

DE PLUTARCO AL PRI

En los mismos pasos que, detalles más detalles menos, andaba Don Porfirio cuando lo hicieron renunciar con el levantamiento armado de la Revolución Mexicana que culminó con la promulgación de la Constitución de 1917, la revuelta de 1910 fue un movimiento que trastocó el orden de cosas existentes para dar paso a un nuevo régimen. Igual como se escucha hoy cada día con mayor insistencia, en aquellos días, para sustituir el autoritarismo porfiriano, fue necesario diseñar instituciones que le dieran sustento al régimen revolucionario. Fue así que surgió la idea de un partido político revolucionario.

A principio de 1929 estaban vigentes las facciones revolucionarias, entre las que se encontraban carrancistas, villistas, obregonistas, zapatistas y otras más, rejegos sus cabecillas a entrar a la etapa de las instituciones políticas. Finalmente, el 1 de marzo de 1929 el “jefe máximo”, Plutarco Elías Calles, impuso el Partido Nacional Revolucionario, el PNR.

Al PNR pertenecieron civiles y militares que habían luchado en la primera revolución social del siglo XX, a favor de los principios de no reelección, democracia y justicia social. Nueve años más tarde, después de la ruptura entre el general Calles y el presidente Lázaro Cárdenas, hubo una purga en las directivas del partido (hoy les llaman reestructuraciones), para incluir a varias centrales obreras del país que habían estado fuera del partido; además, Cárdenas, para liquidar la sombra de Elías Calles, cambió el nombre por el de Partido de la Revolución Mexicana (PRM).

El PRM se transformó en un partido de masas, y se le tachó incluso de socialista por su lema de “por una democracia para los trabajadores“. Reclamados por la clase media, se abrieron espacios políticos y, al concretar la alianza del pueblo trabajador con los grandes sindicatos, se agrupó a los campesinos, a las organizaciones populares y también la unión en un sólo organismo de federaciones y frentes de jóvenes revolucionarios. 

En 1946, el PRM se convirtió en el PRI con dos objetivos básicos y pragmáticos, más que ideológicos, que se conservan vigente, según la moda economicista en boga en Estados Unidos: preservar la hegemonía gubernamental y la creación de un nuevo modelo económico abiertamente capitalista que debía industrializar a México. 

EL ENTREGUISMO

Este sistema económico funcionó en el contexto del fin de la Segunda Guerra Mundial  y los inicios de la Guerra Fría, además de que en la política internacional los gobiernos priistas optaron por una posición al lado de las “democracias”, es decir, de conformidad con los Estados Unidos pero sin perder la soberanía nacional, lo que sí sucedió a partir de los gobiernos tecnócratas de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo hasta el vergonzoso entreguismo de Fox y Calderón, los  protagonistas de la ”docena trágica panista”.

Durante las primeras cuatro décadas de gobiernos emanados del PNR, PMR y PRI, el país logró altas tasas de crecimiento económico, en  una época a la cual se le conoce como “El milagro mexicano”. La estabilidad política y económica fue el origen de esta era que, por cierto, los mexicanos de los años setenta sólo conocemos de oídas. De ahí en adelante, México ha padecido una crisis tras otra. No obstante, por una débil oposición el dominio del PRI fue absoluto en todo el país. 

ALTERNANCIA

Los politólogos consideran que el dominio total del PRI obedecía a su capacidad para controlar las leyes y la organización de los procesos electorales. Pero aun así, en la década de los ochenta perdió elecciones municipales y en capitales de estados del norte de la República que dieron inicio a un largo ciclo de reformas electorales. Éstas iniciaron en 1983 con la creación de los “diputados de partido”, y concluyeron en 1997 con el registro de nuevos partidos que hicieron contrapeso o el caldo gordo al “partido aplanadora”, según el caso.

Fue hasta 1989 que el PRI fue derrotado en la elección estatal de Baja California, cuando ganó Ernesto Ruffo Appel, del PAN. Antes, en 1988 el PRI sufrió la primera amenaza electoral seria en el país, a manos del Frente Democrático Nacional, una alianza formada por líderes de izquierda y ex miembros del PRI, entre quienes se recuerda a Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez que formarían el PRD.

La necesidad de contar con mejores cuadros dentro de la administración pública para emitir políticas públicas más racionales y administrar ésta más profesionalmente, atrajo a una nueva camada de funcionarios públicos, la mayor parte de ellos con estudios de posgrado, quienes desplazaron a la generación anterior formada en las prácticas clientelares que habían caracterizado al partido tricolor. 

CAÍDA EN PICADA

El desplome del PRI es una agonía iniciada hace ya casi 30 años. De nada le sirvió al grupo en el poder priista estar doce años fuera de la Presidencia de la República. Con Peña Nieto se recargaron y remasterizaron las viejas mañas; al fraude cibernético se sumaron la compra descarada del voto y la explotación electorera de las necesidades la gente.  

No es necesario ser politólogos ni hacerle al brujo para asegurar que la caída en el nivel de aceptación de Peña Nieto y la desaprobación de la mayoría de la población impactará de manera directa en el 2018. Pero todo el actual rechazo puede servir para lo mismo que se le unta a la mantequilla, si la gente se apanica o con regalos electoreros se vuelve amnésica de los gasolinazos y tarifazos.

Obvio: mientras no se solucionen los problemas económicos del país y la población siga resintiendo los efectos de los incrementos de combustibles, Peña Nieto continuará a la baja en credibilidad, pero ni eso podría evitar las malas artes en las elecciones y la manipulación del voto. 

Ante la desaprobación hacia Peña Nieto que aumenta las posibilidades de que el PRI pierda la presidencia en la antesala de los comicios de este año próximo, están los problemas en seguridad y educación.

Al PRI le van a afectar los malos resultados de una presidencia que abrió el sexenio asegurando que acabarían con los problemas heredados por el PAN y otros de su propia autoría. No los ha solucionado sino incrementado, como el de la inseguridad. 

EL PRI HOY

En un PRI-gobierno que pierde imagen nunca se había visto a un presidente con tan bajo nivel de aprobación. Esto es como un anticipo de lo que vendrá. Los gurús de café y de cubículo aseguran, no sin razón, que parecerán actores de la política como representantes de opciones para la sociedad. Mientras que en materia de tozudez, por no decir más feo, sigue la mata dando, la secretaria general adjunta del CEN del PRI, Georgina Trujillo –prima de Peña– señaló que “el partido llegó a su aniversario en un proceso de reflexión sobre la transformación que debe tener para generar un nuevo reencuentro con la sociedad…” Pero lo transa ya nunca se quita, dicen las abuelitas.

El PRI asegura “estar consciente” de los retos de este año y se prepara para ganar las elecciones en estado de México, Coahuila y Nayarit y la elección presidencial en 2018. Pero su historia pasada y reciente desenmascara la palabrería. Ausentes las propuestas y subsistente el arsenal de mañas, las campañas de 2016, por ejemplo, son consideradas “las más sucias en la historia de la democracia mexicana y una pésima señal de lo que va a pasar en las elecciones del 2018”. 

El año pasado sintieron que la maquinaria del PRI y sus aliados bastarían para ganar la mayoría de las gubernaturas, para darle vuelta a la gran tendencia de rechazo al gobierno de Peña Nieto y al PRI, pero no fue suficiente: apenas ganó en cinco de doce estados disputados.

El primer gran obstáculo para remontar la popularidad del PRI y de Peña Nieto, es la corrupción e impunidad. En ellas caben una docena de gobernadores acusados de malversación de fondos públicos y enriquecimiento, los escándalos presidenciales por la Casa Blanca y los gasolinazos. Dada la forma en que sigue actuando la dirigencia priista,  tiro por viaje metiendo la pata, con su jefe en Los Pinos a la cabeza de las listas de impopularidad todos ellos parecen seguir suspirando: “¡Ah qué tiempos aquellos, señor Don Porfirio!”…  ME LEEN MAÑANA.   

Atril dominical
José Manuel Pérez Durán
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