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A mediados de los noventa  me confió un amigo a cuya familia conocía de años atrás: “era exactamente lo mismo que nos decía por teléfono el jefe de la banda de secuestradores que tenían a  mi carnal”. Se refería al secuestrador de su hermano mayor, consignadas las palabras de las amenazas telefónicas en la tarjeta informativa que el día anterior le había llevado a su negocio un empleado de la Procuraduría General de Justicia (PGJ) quien, impulsado por motivos al menos sospechosos, le aconsejó que acudiera al Ministerio Público para que señalara y acusara formalmente al criminal. A lo cual se negó rotundamente, por desconfianza en el gobierno pero sobre todo porque ya tenía consigo a su hermano y eso era lo importante. El tiempo le dio la razón: tres años después, medios nacionales de comunicación, internacionales y locales reseñaban el escándalo político por las imputaciones a funcionarios de la PGJ y a mandos de la Policía Judicial como protectores de bandas de plagiarios. Surgió así el estigma de Morelos como tierra de secuestradores, que de manera diferente aunque no menos preocupante a finales del sexenio reeditaría la violencia del crimen organizado cuando sembró el estado de cadáveres en luchas de violencia inaudita por “las plazas” que, no obstante venir de más a menos, sin embargo continúan. Subrayado el hecho por el gobernador Graco Ramírez, de que comparados con el sexenio anterior  en Morelos el secuestro y la extorsión han bajado un setenta por ciento, representantes de más de 40 países, jefes policiacos y funcionarios de procuración de justicia de los 32 estados mexicanos comparten experiencias de trabajo en el IV Congreso Internacional contra el Secuestro y la Extorsión que inició el miércoles  y culminará hoy viernes en el recinto de Jardines México ubicado en el municipio de Jojutla. Se trata de un evento al más alto nivel en materia de combate al secuestro y la extorsión, entre cuyas primeras propuestas trascendió la creación de una Agencia Internacional Antisecuestro que de ser materializada habrá nacido en Morelos, algo que aquí fue impensable en los noventa y durante el primer decenio del siglo XXI. Veremos y comentaremos… A diferencia de hace uno o dos años, sobre secuestros habla menos la gente. Aparte la frialdad de cifras oficiales, la percepción social se ha venido dando en este sentido. Ello es reflejo de datos duros como estos: de acuerdo a la Fiscalía Especializada en el Combate al Secuestro y la Extorsión, durante el 2014 y los primeros meses de 2015 más de 150 criminales fueron detenidos y sentenciados por el delito de secuestro. Llama la atención el caso de tres hombres y una mujer condenados a 150 años de prisión por haber secuestrado, en julio de 2014, a una mamá, a su bebé y a su otro hijo pequeño en Cuautla. Eran una banda proveniente del estado de México que venían a secuestrar a empresarios de la zona oriente de Morelos. Aunque ejemplares, las sentencias de un siglo y medio de cárcel equivalente a la cadena perpetua no borran los traumas de los secuestrados que permanecen indelebles, como el joven estudiante de esta historia ocurrida en 1997: Lo tenían cautivo en una casa de seguridad. Confiaba en que su familia pagaría, pero lo angustiaba la idea de que la suma reclamada estuviera fuera del alcance de sus familiares, que los secuestradores no les creyeran y él terminara muerto. Eso pensaba en el momento en que uno de sus cuidanderos le dijo: “¡Ya la hiciste, chavo! El jefe no vino pero se comunicó. Te vas a ir a tu casa. Ponte estos trapos”. Le quitó la cadena para que pudiera sacarse el pantalón y cambiarse, y luego supo que era de noche cuando percibió el silencio y lo subieron al coche que por el ruido del motor dedujo era el mismo taxi en el que lo habían “levantado”. Pasado un rato lo dejaron tirado boca abajo. Advertido de que estarían vigilándolo, le ordenaron que esperara diez minutos para quitarse la venda. Obedeció aterrado, y sólo hasta calcular que había pasado media hora se la arrancó. La ardían los ojos pero pudo ver luces de coches a unos quinientos metros, caminó y llegó a una carretera donde un automovilista se compadeció a llevarlo con los suyos. Entonces lo asaltó un tropel de sentimientos confusos. Se sentía vivo, pero aún no sabía que su vida ya no sería la de antes de la pesadilla del secuestro, que debería ir al sicólogo, que jamás olvidaría los olores, los ruidos, el miedo de saber que podría ser asesinado en los largos días de su cautiverio… ME LEEN EL DOMINGO.