Antes de que aterrizaran las quincenas en las tarjetas de débito, miles salieron de vacaciones, otros esperaron hasta el último momento para desafanarse y muchos más se resignaron a quedarse en casa. Ni modo. Los que tienen alberca pretextan “no estamos” (dices que sí estás y te cae la marabunta de invitados espontáneos, dispuestos al saqueo de los refris y el bar) y los que no, también procurarán guarecerse ante la invasión mayoritariamente chilanga. Tantos lo dicen: para viajar en Semana Santa, solamente estando locos. Salen los obligados a visitar parientes que viven en latitudes lejanas, los urgidos de áreas abiertas y verdes, los que sobreviven en la estrechez del departamento de interés social, el infierno de las grandes ciudades y el hacinamiento urbano. Los chavitos están de asueto y desde el primer día de la Semana Mayor se ponen casi histéricos. Les urge que los lleven a la playa, o mínimo al balneario. Por fortuna, de éstos tenemos en Morelos para dar y prestar, desde el balneario rústico para los que gustan del turismo ecológico (¿qué tal el agua azufrada  de Las Huertas, en la ribera del río tibio surcando el verde de la selva medio baja caducifolia del municipio de Tlaquiltenango?), hasta los juegos acuáticos para los masoquistas que disfrutan de la adrenalina, lanzados  desde  lo alto del tobogán largo y sinuoso donde viven la emoción fugaz de sentir que se les botan las canicas de los ojos, en medio del griterío de las muchedumbres hacinadas de semi encuerados en El Rollo, de los Rodríguez, o la ex hacienda de Temixco, de los Álvarez. Cosas de la semana de guardar que pocos guardan, para colmo, cuando todo se pone caro y endiabladamente complicado. Gente, mucha gente por doquier, de noche y de día. Los “súpers” atestados de clientes frenéticos, haciendo compras como de pánico para la despensa extraordinaria, pues hay que llevar los trajes de baño para los chicos, y para los grandulones la botana, los pomos y las chelas. Igual las plazas comerciales: repletas de mirones, cinéfilos y comensales desesperados, como si el mundo se fuera a acabar. Ídem los restaurantes, botaneras, cantinas, bares y antros en general, incluso los tables pese a ser días para el espíritu y no para darle vuelo al cuerpo. El campo ideal para el picnic, donde a los despistados cualquier arroyo se les hace bueno y se dan un chapuzón, ignorantes de que está contaminado porque río arriba recibe las aguas negras de la comunidad que no ves. O las carreteras, de sur a norte y de este a oeste, circulando a paso de tortuga carros, camionetas, autobuses, tráileres y camiones cargueros, porque entre todos suman cientos de miles o por los atorones en los retenes policíacos de los operativos semansanteros, cuantimás en Morelos que tenemos hombres de armas tomar y la calaca no descansa ni en Semana Santa. Y las autopistas que, debiendo ser rápidas y fluidas, resultan tan lentas como caras, estrecho el tramo de La Pera, en eterna reparación la Del Sol, mal hecha desde su inicio, cuando Carlos Salinas la cacareó como “una autopista de primer mundo”, y más cara que hacer una nueva tras décadas de reparaciones sin fin y mantenimiento perenne. Entonces, al puente de Mezcala nos lo presumieron como un portento de ingeniería por su diseño, altura (abajo cabría la torre Latinoamericana) y seguridad. Pero tanto dinero invertido ahí no le alcanzó a Capufe para detectar que los tirantes del puente estaban flaqueando, y a la hora en que sus ingenieros se dieron cuenta ya tenían encima la Semana Santa. Sucedió por estas fechas de hace siete años, apurado el a la sazón director de Caminos y Puentes Federales, Humberto Treviño, a declarar que el puente volvería a quedar listo para aguantar el peso del tráfico vehicular. Ya encarrerado, le puso crema no a los tacos de Felipe Calderón, sino de Vicente Fox (¡los farsantes más farsantes!), diciendo que en los últimos tres años del gobierno foxista se invirtieron mil quinientos millones de pesos en la Autopista del Sol. (Pensamos: pues ni que fuera de oro). Después vendría el destape de un fraude en Capufe por 930 mil pesos, pequeño, irrelevante, apenas la punta de iceberg que nunca salió de abajo del agua, inhabilitados para taparle el ojo al macho en agosto de 2010 por la Secretaría de la Función Pública nueve empleados del área de la gerencia del tramo de Oaxaca. Mas este no era el tema, sino el calvario y la alegría de los vacacionistas semansanteros. ¡Salud!.. (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán
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