Guerrerense de origen y dedicado por años al robo a establecimientos comerciales, Pedro Bello Jaramillo fue un famoso delincuente que se evadió hasta en dos ocasiones de la desaparecida Penitenciaría de Atlacomulco. Un día de 1981 fue presentado a la prensa en la oficina del director de la Policía Judicial (PJ), Luis Villaseñor Quiroga. Se había anotado un éxito y había que publicitarlo. Llamados los reporteros de “la fuente” y uno que otro “metiche” que cubríamos otras áreas de información, vimos a Pedro sentado en el medio de la estancia. Lucía recién bañado, peinado e incluso maquillado, en vano intento por borrar las huellas de la sesión de tortura a la que había sido sometido. No lo amilanó la presencia del jefe policíaco. Antes de que fuera callado por el agente que estaba parado a su espalda, alcanzó a espetarle:

–Tú y yo, pero solos...

De tiempo atrás se sabía que Bello “se la había sentenciada” a Villaseñor. Aprehendido luego de haber asaltado una platería de Taxco, Pedro se quejó con los reporteros:

–Yo aguanto. No chillé cuando me quitaron un coche, dinero y otras cosas (el botín). Pero lo que no se vale es que amenacen a mi mamá y mi señora.

Un año y meses más tarde, el destino puso juntos a Pedro Bello y Luis Villaseñor en la antigua “peni”. Para fortuna del para entonces ex director de la PJ, la barda interna lo separaba de las negras intenciones de Pedro.

El director del centro de reclusión, Jesús Octavio Solís Meraz era reconocido por los reos como un hombre justo. Años después, comentaría al columnista que Pedro le pedía, insistente:

–Jefe, déjeme pasar nomás un rato al otro patio (donde se encontraba Villaseñor, metido en un camper exprofeso llevado al vejo penal).
Naturalmente, Solís se negó a la petición del interno.

Mas si nunca pudo o realmente no se propuso salvar la barda para saltar sobre Villaseñor, el escurrido ladrón sí planeó y ejecutó una de las evasiones más “limpias” de Atlacomulco. Durante meses cavó pacientemente un túnel, escarbó noche tras noche, lo fue apuntalando con tablas de unos treinta centímetros que sacaba de la carpintería del penal, hacía viajes de su celda al patio para tirar y esparcir la tierra que extraía de los bolsillos del pantalón e ideó un “extractor de aire” usando las aspas de una licuadora con los polos invertidos.

Terminado el túnel, aprovechó una que tarde llovía a cántaros. Alcanzó la libertad por un “boquete” pegado a la barda del lado norte, al cual tuvo la precaución de tapar con una piedra. Fue hasta la mañana del día siguiente, en el primer pase de lista, que los custodios se dieron cuenta de que Pedro ya no estaba.

Mas como quien mal anda, mal acaba, un día Pedro fue muerto en una ciudad del Bajío. Le ganó un policía al que se le hizo sospechoso, disparándole antes de que el delincuente alcanzara a reaccionar.

La historia viene a cuento por otra del mismo Pedro en el panteón de Acapantzingo. Andaba a salto de mata, fuera de Morelos, y Villaseñor estaba empeñado en atraparlo. Así que inventó que la mamá de Pedro había fallecido y sería sepultada en el pequeño panteón de Acapantzingo. El evasivo delincuente cayó en el garlito, acudió al camposanto, brincó la barda chaparra, caminó hacia el grupo de personas que vio junto a una fosa y en ese momento lo atraparon los policías disfrazados de dolientes.

El mismo panteón cuya barda es hoy utilizada para la campaña del candidato del PES a la alcaldía de Cuernavaca, Jorge Argüelles Victorero. Enterado de la protesta de la gente de Acapantzingo, ¿tuvo la humildad de pedir a su pintor de bardas que despintara la propaganda irreverente? Una cuestión de ética que como se cuenta en esta historia hasta los delincuentes suelen tener. El domingo pasé junto a la barda y ahí seguía el letrero con el nombre de Argüelles. (Me leen después).

Por José Manuel Pérez Durán / jmperezduran@hotmail.com