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Enviadas por el Ejecutivo sendas iniciativas preferentes al Congreso Estatal y controlado éste por el PRD, seguramente serán aprobadas antes del plazo constitucional de cuarenta días hábiles. Una tiene que ver con la reforma energética del presidente Enrique Peña Nieto, para allanar trámites en la apertura de gasolinerías tanto a empresas nacionales como extranjeras, y la segunda para que, sin que ello pase por la autorización del Legislativo, el mismo Ejecutivo pueda vender terrenos de la reserva territorial estatal a desarrolladores inmobiliarios. Una especie de “simplificación administrativa” insertada en el mundo de los negocios que a unos les gustará pero a otros no, y ambas especies relacionadas con la planeación urbana que de manera histórica simplemente no ha existido en Morelos. Los hechos: a los municipios de la zona conurbada los separaban sembradíos de caña, maíz y arroz. Cuernavaca llegaba al Polvorín y al hospital del IMSS de Plan de Ayala; otro tanto ocurría en Cuautla, que acabaría unido a la Villa de Ayala, y Jojutla, al que la explosión demográfica adhirió a Tlaquiltenango y Zacatepec. Pero si fue hasta los ochenta que el discurso oficial empezó a advertir el desorden del crecimiento de las manchas urbanas, los planes elaborados por especialistas jamás fueron ejecutados no obstante que desde entonces pronosticaron la anarquía hoy día agudizada en múltiples espacios. Alcaldes coludidos con desarrolladores de unidades habitacionales hicieron un negocio personal del uso del suelo. Pegados tantos municipios tabique con tabique, el desorden borró del mapa miles de hectáreas cultivables que fueron convertidas en colonias populares y, desbocado el negocio de los conjuntos de casas de interés social y medio, alteró los paisajes campestres de Jiutepec, Yautepec, Temixco, Zapata y Xochitepec. Sin embargo, ante la indiferencia de la autoridad, que ve acercarse la lluvia y no saca el paraguas, a lo largo y ancho del estado continúa la venta de tierras ejidales y comunales para la instalación de negocios y la edificación formal o informal de viviendas. Las ciudades hacia arriba, a los lados no deben seguir extendiéndose aunque de vez en cuando surjan mamotretos como las Torres Altitude que tapan el paisaje, contrastan con la arquitectura tradicional de la ciudad y causan conflictos viales. El crecimiento horizontal de Cuernavaca no da más que para las lomas del poniente. La nostalgia: al cabo invadido por el hombre el hábitat natural de la flora y fauna, por allá de los sesenta algún bisabuelo platicaba al columnista que cuando era joven iba a cazar venados en las cercanías de Emiliano Zapata. Con más que hoy, pájaros multicolores, tlacuaches y tejones poblaban las huertas de Palmira, Acapantzingo, Leyva, Juárez. La transformación: ciertos animales terminaron por adaptarse a los espacios que no les eran propios. En Cuernavaca no nacieron las primeras parvadas de periquitos y loros, cuyos griterío y vuelos se volvieron comunes, apreciados. Sobre los pericos pequeños hay una versión en el sentido de que fueron traídos a Santa María, para un criadero y venderlos, pero el negocio no “pegó”, costaba alimentarlos, los soltaron, se adaptaron y se reprodujeron. Algo parecido debió ocurrir con los loros. Habituadas a la convivencia con las personas, las palomas del Zócalo son cada vez más confianzudas, y en jardines convertidos en restaurantes las ardillas se pasan de listas buscando restos en los platos recién dejados, caminando a la vuelta y vuelta cerca de los pies de clientes y meseros; pero no debemos agredirlas, sino cuidarlas. Y la realidad: en eso del crecimiento de las ciudades los ambientalistas coinciden: todo hacia arriba y nada a los lados. El crecimiento debe ser vertical, no horizontal, acaso fantasioso pero imaginable el paisaje dentro de no muchos años con segundos pisos en las avenidas Morelos, Zapata, Plan de Ayala, Cuauhtémoc, Domingo Diez o Teopanzolco en una ciudad como la nuestra de topografía accidentada, calles serpenteantes y trazos caprichosos; diseñada  en los tiempos viejísimos para la circulación de carros jalados por mulas, no para el promedio actual de tres o cuatro vehículos automotores por cada habitante. Un tema de muchas aristas que también tiene que ver… con los panteones, saturados la mayoría por fosas perpetuas y la cultura ancestral de enterrar a los muertos, no incinerarlos. Sucede en el Parque de la Paz, en La Leona y en cementerios de pueblos y ciudades del interior. Así vivimos en Morelos, y ni para cuándo llegue el reordenamiento urbano… ME LEEN EL DOMINGO.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]