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Automovilistas y peatones que pasan frente al Rincón del Bife, en Vista Hermosa, se inquietan por la imagen de una docena de soldados y dos vehículos del Ejército apostados afuera del restaurante. ¿Se trata de un operativo? Por si las dudas unos y otros aceleran la marcha. Una o dos semanas después se repite la escena a la misma hora, la de comer, y con el mismo resultado, el sobresalto de quienes circulan enfrente del restaurante Atilio, en el costado norte de la iglesia San Miguel Arcángel de Acapantzingo. A los comensales del viernes pasado en la Casa Gabilondo no les va mejor. En el momento en que uno de ellos ha salido a fumar a la calle, aparece una camioneta negra y otra blanca, aquélla Lincoln o Cadillac, y ésta Suburban. De la primera descienden un individuo que viste jeans y camisa de manga corta y un sujeto con traje azul, custodiados por seis u ocho escoltas. Los jefes cruzan la puerta, salvan el patiecito empedrado, giran a la derecha y se acodan en una mesa del saloncito medio privado. Pero también entran al menos tres guaruras, visibles las armas que asustan a la clientela. Uno alto y de lentes se queda en el patio, entrenado, vigilando la mesa de su jefe al que tiene cerca, observando con miradas que pretenden ser discretas a los comensales que pasan al baño, a los meseros que van y vienen, a los encargados del bar que despachan bebidas. El joven de las mangas mochas y el viejo trajeado han penetrado a la casa que se dice fue del compositor Gabilondo Soler, “Cri-Crí”, en la calle Comonfort, sin saludar a nadie y sin que los clientes, que no son turistas sino gente de Cuernavaca, los saluden. Porque ninguno de los dos conocen a los cuernavacenses, aunque éstos sí conozcan  a uno del par. Llevan  años viéndolo en la televisión y en los periódicos, pero de todos modos les resulta extraño. Hace rato que el columnista oyó al hombre y la mujer de la mesa de junto que están ahí celebrando algo. Comen animadamente, elogian el sabor de los alimentos, piden los postres, se nota que van para largo, pero en cuanto ven que entran los escoltas y sus jefes, él le dice a ella: “Te debo el café y el digestivo. ¡Vámonos! Así no se puede comer en paz”. Ordenan la cuenta, se las llevan y se van, pero otros permanecen porque apenas están en la sopa o porque quieren creer que no pasará nada. El alcalde Cuauhtémoc Blanco tiene derecho a comer. También su acompañante, José Manuel Sánz, según alguien  lo ha identificado porque sobre él ha oído o leído. Así que abunda: “Es un español”. Y su interlocutor bromea: –Como Hernán Cortés... “No. Es español naturalizado mexicano. No es de Cuernavaca. Dicen que dice que tiene casa en Cuernavaca, pero nadie de aquí lo conoce. De acuerdo a su status migratorio, puede ser funcionario pero no de elección popular, como presidente municipal o diputado. Pero en la práctica es el segundo de Cuauhtémoc en el Ayuntamiento. Se ve que son uña y mugre, muy amigos, pues. Creo que este tipo fue su representante en el fútbol o algo así por el estilo”. –Te digo: otro Hernán Cortés… “Eso es otra cosa. Lo que sí, que por protocolo de seguridad los presidentes municipales deben traer escoltas, no nomás aquí, sino en todo México. Se supone que se los pone Gobernación, y con mayor razón a Cuauhtémoc por ser famoso. Antes traía soldados cuidándolo. Era su trabajo. En el estadio Azteca no lo dejaron sólo ni en los vestidores, el día del partido (5 de marzo) América-Monarcas cuando ‘El Cuau’ fue homenajeado. Iba a todos lados con su escolta de militares: a su oficina del ex hotel Papagayo, a sus viajes al Distrito Federal, a la casa que rentó o compró en Tabachines en donde los vecinos perdieron la tranquilidad pero se aguantan, y a los restaurantes porque como toda persona debe alimentarse, y si es sabroso, mejor. Pero como la escolta de soldados le daba una mala imagen social, se la cambiaron por policías federales”. Esa fue la razón, según el comensal que salió experto en cuestiones políticas y de seguridad. En lo cual concuerda toda persona con dos dedos de frente, incluido el señor al que la presencia del alcalde y sus escoltas cancelaron la intención de los cafés y los digestivos. Antes de retirarse recomendó: “No es mala onda, pero ojalá salga lo menos que pueda a comer en restaurantes. Ahuyenta a la clientela, pierden los restaurantes, los clientes no comemos a gusto”. Y Cuauhtémoc podría optar: “Llevo lunch a mi oficina”… ¿Será?.. ME LEEN MAÑANA.