Noche del jueves pasado. Un joven de entre 17 y 20 años aborda un microbús de la Ruta 19 en la calle Morelos, a la altura de la colonia Amador Salazar de Yautepec. Saca de entre sus ropas un cuchillo, procede a asaltar al chofer, éste se resiste, forcejean por la posesión del arma, el operador descuida el volante y choca la unidad; se acuchillan mutuamente en pecho, cabeza, brazos y piernas; el delincuente saca la peor parte, desciende malherido de la ruta e intenta huir, pero se desvanece y cae al piso. Atendido por los paramédicos de la ambulancia que ha sido llamada, es trasladado al Centro de la Ciudad, donde fallece. Feroz, la pelea ha sido presenciada por los pasajeros, hombres, mujeres y niños que regresan a casa. Se asustan, pero no se extrañan gran cosa porque de alguna manera se han habituado a las noticias de violencia criminal que hace años campea en Yautepec… Tarde-noche de anteayer. Armados de cuchillos, cuatro sujetos asaltan a los pasajeros de una ruta 17, en la colonia Guadalupe de los Arenas de Emiliano Zapata. Los despojan de efectivo y objetos de valor, le quitan el dinero de “la cuenta” al chofer que se resiste y es lesionado en la mejilla izquierda. Una vez consumado su “trabajo”, los delincuentes bajan del “micro” en la zona del canal y huyen. Gastarán el dinero del botín, puede que en drogas y alcohol, y volverán a su “especialidad” de robar en las rutas… Nada que no haya pasado antes en ese ambiente de temor social en el que muy pocos pasajeros han tenido la buena suerte de no ser asaltados. Algunos han pasado por la experiencia de ser atracados más de una vez. Les roban teléfonos celulares, cientos globalmente pues los latrocinios son rutinarios a lo largo y lo ancho de Morelos, así que la lógica advierte un mercado negro de estos aparatos, por ejemplo, los tianguis de Chamilpa y Xoxocotla. Recurrente el modus operandi de los atracadores, les sacan a los pasajeros el poco efectivo que su pobre economía les permite traer, y a los choferes las monedas y los billetes de la recaudación del día, abandonan las unidades y se dan a la fuga impunemente. Actúan de noche y de día en cualesquier lugares. Por lo regular operan en parejas, son jóvenes, violentos y rápidos; se hacen de unos cuantos pesos y celulares, se reparten el producto del botín y a los dos o tres días asaltan otra ruta. A veces son atrapados por el mando único de la Policía Estatal, pero más tardan en salir de la cárcel que en regresar a las andadas, de modo tal que los pasajeros se han vuelto precavidos. Antes de abordar los microbuses o combis se persignan, los hombres ocultan sus teléfonos móviles en los calcetines, las mujeres en los corpiños y se dejan unas pocas monedas en las carteras y bolsos. Ya se la saben; muchos han sido víctimas de más de un asalto en un estado de indefensión en el que necesariamente deben transportarse al trabajo, la casa, las escuelas… y protegerse como Dios les da a entender. Sin embargo, al ser este un fenómeno delincuencial  producto del desempleo y la descomposición social que daña a miles de familias de bajos recursos, nada o muy poco realmente efectivo hace la autoridad para combatirlo. Una cosa es que nunca las rutas han garantizado condiciones de seguridad y comodidad, sacadas de la calle las carcachas sólo cuando amenazan romperse y dadas las típicas manitas de gato a las que todavía aguantan, pintándolas para engañar  a los usuarios. Era así y sigue siéndolo desde que las combis y microbuses simulaban la aprobación de la revista mecánica, comprados en paquetes por los concesionarios las calcomanías en una  práctica de corrupción que duró años hasta que esa revisión falsa fue cancelada por la actual Secretaría de Movilidad y Transporte. Y otra, que al final y de cualquier manera que sea de lo que se habla en las ciudades y pueblos de Morelos es que los asaltos a las rutas son un problema de seguridad pública que afecta a miles. El 75% de la población morelense es transportada diariamente en las 25 mil unidades que se desplazan en el territorio estatal, y de éstas unas 17 mil son de modelos anteriores al 2005 que deberían estar en los “deshuesaderos”, no circulando. Las cámaras de video en todas las rutas inhibirían los robos a bordo, evitarían muertes y heridos, facilitarían la identificación de los asaltantes. Las cámaras ya no son caras como antes, pero, avaros, a  menos que la SMyT los obligue los permisionarios no invertirán ni peso partido por la mitad en la seguridad de los usuarios… ME LEEN EL DOMINGO. 

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]

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