Las horas hábiles de ayer comenzaron en las redes sociales con las alertas de imágenes del interior del penal de Atlacholohaya, de internos lanzando bombas molotov al área de máxima seguridad donde están los líderes del cártel Los Rojos que se dice detentan el autogobierno del centro de reclusión. Al mediodía, el saldo oficial era de dos fallecidos, pero extraoficialmente se habló de “cuatro o cinco” muertos. Fue la tercera explosión de la olla de presión que autoridad alguna ha podido o querido controlar, luego de las riñas colectivas que ahí mismo tuvieron lugar el martes 29 y el miércoles 30 de octubre, con el saldo hasta entonces de siete presos asesinados. Doce días después, cerca de treinta internos considerados de alta peligrosidad fueron trasladados a prisiones federales ubicadas en diferentes entidades del país. Además, el comisionado estatal de Seguridad de Morelos, José Ortiz Guarneros, reconoció que la medida era insuficiente, por lo que había pláticas con el gobierno federal para llevar a cabo nuevos traslados de reos a otros penales. Consignada su declaración en medios nacionales, dijo: “Al menos 200 reos más de la cárcel estatal de Atlacholoaya deben ser reubicados en otros penales del país para despresurizar el centro de reinserción del estado y reducir al máximo el riesgo de nuevas crisis penitenciarias”. Y el tiempo le dio la razón, ayer, incluso con la ausencia de detalles y precisiones del evento de Atlaholohaya, donde también se dijo fue desalojada la parte de los juzgados… Pero si los “incidentes” son una cosa y la sobrepoblación el fondo del problema, ello lo explica esta historia que viene a cuento: El Parque Ecológico San Miguel Acapantzingo está cumpliendo diecinueve años de haber sido inaugurado. Enclavado en la avenida paralela a Plan de Ayala, ofrecía el espectáculo de las fuentes danzarinas. Es el predio que durante siete décadas ocupó la Penitenciaría de Atlacomulco. Siendo gobernador, a don Vicente Estrada Cajigal le tocó poner a funcionar la “peni” –llamada así por sucesivas generaciones de cuernavacences–, el 17 de abril de 1934 en su último día como jefe del Ejecutivo de Morelos, referida por el desaparecido historiador Valentín López González la presencia en el acto inaugural del presidente de la República Abelardo L. Rodríguez. Proyectada para una población de doscientos internos, cuando en el otoño de 2000 fue cerrada ya tenía mil quinientos. Entonces los hombres y las mujeres que se hacinaban en la prisión obsoleta fueron trasladados al penal de Atlacholohaya, y ocupando el mismo cargo que don Vicente, a su nieto Sergio Estrada Cajigal Ramírez le correspondió demolerla. Puertas adentro de los muros de la prisión extinta convivieron tanto culpables como inocentes, igual que en todas las cárceles mal llamadas “centros de readaptación social”. Compartieron anhelos de libertad, sueños cristalizados o frustrados, esperanzas, deseos de venganza y propósitos de redención. Pero también fueron testigos mudos de historias como de novela. La fuga de Pedro.  Guerrerense de origen y dedicado por años al robo a establecimientos comerciales, Pedro Bello Jaramillo se evadió hasta en dos ocasiones. Durante meses cavó pacientemente desde su celda. Apuntalado el “túnel” con tablas de unos treinta centímetros que obtenía subrepticiamente en la carpintería y luego esparcía puños de tierra que sacaba de los bolsillos del pantalón mientras cada mañana daba largas caminatas en el patio. Ideó un “extractor de aire” usando las aspas de una licuadora con los polos invertidos. Terminado el túnel, aprovechó que una tarde llovía a cántaros para escapar. Alcanzó la libertad saliendo de un “boquete” pegado a la barda al cual tuvo la precaución de tapar con una piedra, para que no fuera visto. Fue hasta la mañana del día siguiente, en el primer pase de lista, que los custodios se dieron cuenta de que Pedro ya no estaba. Pasados unos meses, la portada del periódico “La Prensa” dio cuenta del asesinato de un policía. Pedro lo “cazó” cuando llegaba o salía de su casa, en el estado de México; lo dejó irreconocible, le roció el rostro con una ráfaga de metralleta. Mas como quien mal anda, mal acaba, un día Pedro fue muerto en una ciudad del Bajío. Le ganó el saque un policía al que se le hizo sospechoso cuando paseaba en una calle cualquiera, disparándole antes de que el delincuente sin remedio alcanzara a reaccionar... (Me leen el lunes).

 

José Manuel Pérez Durán
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