Le decían “la ruta del sol”. Los adoradores de Baco arrancaban las noches de fines de semana en el centro de Cuernavaca, seguían en El Polvorín, compartiendo la cena de madrugada; luego a Temixco y a Zapata, pillados allí por los primeros rayos del astro rey; dependiendo del aguante, el regreso a Cuernavaca era a las siete u ocho de la mañana, rematada la parranda maratónica con una pancita en el mercado López Mateos, y sólo hasta entonces, secos los bolsillos y agotada la gasolina, retirarse a casa. Se podía, había seguridad, y el único riesgo eran las peleas a puñetazos o los “borrachazos” por accidentes de tránsito que a veces arrojaban saldos fatales. Sucedió hasta fines de los ochenta, y desde antes ya se hablaba de controlar los bares, botaneras, restaurantes con venta de bebidas alcohólicas y toda suerte de antros. Un tema más viejo que la tos que la corrupción ha hecho imposible tanto en la capital como en pueblos del interior, donde cualquiera puede abrir un negocio de vicio y ampararse para que no le sea clausurado por la autoridad. Hoy, urgido de ingresos monetarios, el Ayuntamiento anuncia que abrirá una ventanilla única que actualizará el padrón de licencias de funcionamiento, o sea, para regularizar establecimientos “pirata” que venden bebidas espirituosas. Y suena bien, pero mejor si va acompañada del alcoholímetro. Cuernavaca lleva años esperándolo, catorce a partir de 2003 cuando el programa Conduce sin Alcohol fue implementado en el ex Distrito Federal y pronto demostró que evita accidentes automotrices de conductores pasados de copas. Para el 2011, en la Ciudad de México el alcoholímetro había sacado de circulación a 90 mil conductores ebrios, muchos de los cuales probablemente se salvaron de perder la vida o de quedar lisiados en accidentes de tránsito vinculados a la ingesta de alcohol. De acuerdo con estudios de organismos internacionales en materia de vialidad, en 2006 México ocupaba el séptimo lugar a nivel mundial en muertes por accidentes de tránsito ligadas al consumo excesivo de alcohol, de modo fallecían aproximadamente 24 mil personas al año por accidentes de tránsito y 55 cada día. Seis años más tarde, el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CNPD) señaló que la principal causa de muerte entre los jóvenes seguían siendo los accidentes automovilísticos, y que en estos hechos el 50% involucraba la ingesta de bebidas alcohólicas. El CNPD destacó el costo anual promedio de los accidentes: 120 millones de pesos, aunque en ocasiones la cifra se disparaba; subrayó que los accidentes de tránsito representaban la cuarta causa de muerte en nuestro país y que los principales efectos que los provocan pueden ser evitadas en un 90%, como el exceso de velocidad, el consumo etílico o drogas, no respetar los señalamientos, no usar el cinturón de seguridad así como portar un objeto en las manos. Todo lo cual no ha cambiado mucho pero no está de más enfatizarlo. Según estudios coincidentes en la misma materia, si no existiera el alcoholímetro en la capital mexicana y en otras entidades del país la cifra de decesos sería un setenta por ciento más...  Sucedió en Cuernavaca: Veinteañero, Rafael acariciaba el sueño de llegar lejos y pronto. Sería ingeniero, y para serlo nomás le faltaban tres años. Cursaba la carrera en las mañanas y, magro el ingreso de su familia a la que pensaba sacar adelante, por las tardes trabajaba en una empresa constructora. Pedro le llamó al celular: “Voy por ti para que vayamos al pozole”. Le contestó que saldría tarde, pues haría horas extras, pero Pedro, que era su cuñado, insistió: “No le hace, ahí nos vemos”. Pasadas las doce, Rafael iba de copiloto en el coche de Pedro. Había poco tráfico, Pedro vio el verde del semáforo a unos veinte metros de distancia y calculó: “paso”. La desgracia sucedió en segundos fugaces, impactado justo en el lado donde viajaba Rafael el automóvil del borracho que salió de la calle transversal. El futuro ingeniero ya no pudo llegar lejos, rotas sus ilusiones por la guadaña del cafre a quien su compañero no vio aparecer. Ambos fallecieron, el copiloto en el lugar del encontronazo y el conductor llegando al hospital de la Cruz Roja… Anunciada por sucesivas administraciones municipales, en Cuernavaca   la implementación del programa Conduce sin Alcohol se ha quedado en intentos, excusas y la oposición de los dueños de antros, restaurantes y hoteles so pretexto de que, al ser la nuestra una ciudad turística, la prueba de alcoholemia correría a los visitantes de fines de semana… ME LEEN MAÑANA.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]

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