Conducir pasado de copas o lo que es lo mismo: hacerle cosquillas al tigre, latente el riesgo de choques, volcaduras y atropellamientos, llevándose a veces los imprudentes entre las patas a personas inocentes. Eso es sabido de sobra. También que el alcoholímetro reduce el peligro de accidentes relacionados con el consumo excesivo de bebidas espirituosas entre el 35 y el 40 por ciento, variables pero incuestionables las cifras publicadas por organismos privados y oficiales como la Organización Panamericana de Salud (OPS). En cierta ocasión el asesor internacional en Seguridad Vial de la OMS y de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Roy Rojas, alabó las bondades del programa Conduce sin Alcohol del gobierno capitalino como un modelo que pudiera aplicarse en otras ciudades del país y de América Latina. En México, advirtió, mueren unas 24 mil personas al año en accidentes automovilísticos, en su mayoría relacionados con el consumo de alcohol, arrojando una cifra que ubica a nuestro país en el séptimo lugar de incidencia, con 55 muertos al día. Pero el programa del alcoholímetro va más allá de salvaguardar la integridad física de los ciudadanos mediante operativos permanentes de revisión de vialidades efectuando pruebas de alcoholemia a los conductores para reducir la probabilidad de accidentes. Abarca tres líneas estratégicas como son la formativa, para educar a niños y jóvenes; informativa, por medio de trípticos y lonas, y la coordinación interinstitucional con delegaciones, organizaciones no gubernamentales y gobierno. Puesto hace catorce años a funcionar en el entonces Distrito Federal e imitado paulatinamente en múltiples ciudades del país, el programa Conduce sin Alcohol ha salvado docena de miles de vidas y evitado mutilaciones, discapacidades permanentes y pérdidas económicas. Sin embargo, durante tanto tiempo en Cuernavaca las autoridades no se han puesto de acuerdo, y no obstante que la Legislatura local hizo obligatorio el alcoholímetro, por un lado algunos alcaldes se resisten a implementarlo, aduciendo falta de recursos, y por otro, el tema ha servido para el protagonismo político. Más práctica y sobre todo más sincera que los políticos, de lo que habla la gente común es de los accidentes de tránsito en fines de semana que producen muertos y heridos. Infestado de antros, el Paseo Cuanáhuac es una de las zonas con un alto índice de percances fatales relacionados con la ingesta de alcohol. Pero hay otras áreas igualmente peligrosas en el interior del estado: de La Joya a Cuautla, el crucero de Galeana en el conurbado cañero de Zacatepec, las avenidas Reforma e Insurgentes de Cuautla y más. Chavos trasnochados manejan como enajenados, e infortunadamente la m
ayoría de las víctimas resultan menores de 30 años. Algunos fallecen y otros suelen quedar lisiados de por vida. Las historias son recurrentes, de parrandas prolongadas hasta horas de la madrugada, el amanecer o ya entrada la mañana, conduciendo a gran velocidad, volcados o estrellados contra vehículos tripulados por personas en su sano juicio que sin deberla ni temerla encuentran la muerte. Borrachos siempre habrá, pero hasta practicar el “deporte” de empinar el codo es posible con cierto orden. Uno: cerrar los antros más temprano, máximo a las dos de la madrugada, e imponer el alcoholímetro no sólo en Cuernavaca, ya, también en los demás rumbos con altas incidencias de accidentes vinculados al consumo de alcohol donde no existe este programa. Primero está la vida de los clientes que las utilidades de los dueños de discotecas, bares, tables dance, botaneras, restaurantes. Estos datos, que no son nuevos pero resultan invariables, ilustran la bondad del alcoholímetro: puesto en práctica el 19 de septiembre de 2003 en el ex De Efe las noches y madrugadas de jueves, viernes y sábados así como en temporadas festivas, durante el primer semestre de 2014 hasta 36,893 conductores no pasaron la prueba del alcoholímetro. Arrestados, de haber continuado manejando borrachos probablemente muchos habrían fallecido. Los registros de edades y género de los infraccionados en el periodo 2003-2009 destacaron a 134 menores de edad, 6,585 menores de 25 años y 34 mil 732 mayores de 25, de los cuales 39,348 fueron hombres y 2,102 mujeres. Y esto no ha cambiado gran cosa. De hecho, a sólo ocho meses de su aplicación el alcoholímetro “chilango” ya había reducido en 21 por ciento las muertes provocadas por accidentes de tránsito. Pues sí, ¿pero en Cuernavaca hasta cuándo?.. ME LEEN EL DOMINGO.

Por: José Manuel Pérez Durán /  [email protected]